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¡Qué bello es vivir!… con Frank Capra

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Una extraña visita le demandó que pusiera su talento al servicio de Dios y los demás

Sencillos, honestos, generosos, dispuestos a bombear su sangre hacia todo tipo de causas perdidas, los protagonistas del director siciliano son el prototipo de seres humanos que todos quisiéramos tener como amigos. ¿De dónde brotaba ese optimismo corajudo que tan alejado estaba de su desgarradora época, con la crisis del 29 anegándolo todo, y cuyas consecuencias le morderían también en su propia carne?

Frank Capra (1897-1991) había llegado con seis años a Estados Unidos desde su Sicilia natal con sus padres y tres hermanos. “Odié ser pobre, odié ser un chico voceador de prensa atrapado en el ghetto siciliano de Los Ángeles. Mi familia no sabía ni leer ni escribir”, diría más tarde. A golpe de trabajo extenuante (incluso se planteó entrar en la Mafia, según ha dicho), sacó su carrera de Químicas y se alistó, con la disconformidad de su familia, para ir a la Primera Guerra Mundial.

Tras volver impactado por la crueldad del conflicto, retomó la senda del cine que había recorrido brevemente antes de vestir el uniforme. En ese mundo, conoció a la judía divorciada Hellen Howell, con quien se casó en 1921, para tramitar la ruptura cuatro años más tarde por los problemas de ésta con el alcohol.

Su primera película, La pensión de Fultah Fischer,  vio la luz en 1922. En esos años comenzó su andadura con el cómico Harry Langdom, con el que hizo varios filmes. En 1927 le llegó una propuesta de una productora desconocida, Columbia, con quien se emparejó durante varios años y con la que abrazó su ansiado primer Óscar, como director, por Sucedió una noche (1934), película que fue también la primera en lograr cinco estatuillas, pues a la antedicha, se unieron Película, Guión, Actor y Actriz.

Un acontecimiento que le cambió

Aquel 1934 llegó el éxito para Capra tras perseguirlo insistentemente y, así, compensar a su familia por su marcha a la contienda bélica. De su triunfo no es ajeno su guionista, Robert Riskin, con el que lograría otros como Horizontes perdidos (1937), Vive como quieras (1938) y Juan Nadie (1941), entre otras. Ávido de reconocimiento, se empantanó en él hasta llegar a fingir una enfermedad que le diera más lustre en aquel mundo de neón y flashes de Hollywood. Tal vez por sugestión, acabó padeciéndola y estuvo a punto de morir.

Uno de esos días que se encontraba algo mejor, le visitó un amigo de una familia conocida, que le descerrajó estas palabras: “Es usted un cobarde. Y lo que es más triste, una ofensa a Dios. ¿Oye a ese hombre? (y indicó la radio donde hablaba Hitler). ¿A cuántos habla? ¿15 ó 20 millones? (…). Usted puede hablar a cientos de millones durante dos horas, y en la oscuridad. Sus talentos no son suyos por derecho propio. Dios se los ha dado. Cuando usted no usa esos dones, ofende a Dios y a la humanidad”.

Así de sentencioso desapareció el visitante, al que nunca más volvió a ver. Frank fue a confesarse y afloraron potentemente en él las ganas de vivir. Este hecho cambiaría el resto de su vida. A partir de entonces, puso su talento a servir causas altruistas en vez de dedicarlas al transitorio éxito, del cual tenía experiencia sobrada. Entre ellas, hay que agradecerle la continuidad de la Academia de Cine, cuyas riendas tomó en momentos tormentosos.

Los paradigmas de Capra

Si en El secreto de vivir, Gary Cooper daba un testimonio vital sobre cómo y para qué utilizar el dinero en provecho de los demás y desvelar las consecuencias de la avaricia estéril; en Horizontes perdidos (1937), nos introduce en el Paraíso. Un utópico lugar, Shangri-La, donde Ronald Colman desconfía de la veracidad de la existencia de aquel lugar henchido de felicidad, paz y justicia.

Pudiera parecer lo contrario, pero a Capra la vida no le ahorró trallazos, como la muerte de uno de sus hijos, y muchos sinsabores. El cometido por el dirigente de la Columbia, Harry Cohn, fue uno de ellos, pues el magnate firmó con el nombre del siciliano una de sus películas que fracasó en Inglaterra, que Capra no había dirigido. Tras un pleito de largos años, éste lo ganó y, lo que es más importante, perdonó la villanía a Cohn.

Con James Stewart a la cabeza de un reparto de lujo, rodó Vive como quieras (1938), filme que definió como una parábola de “amor al prójimo”. No pudo asistir al estreno por la muerte de su hijo, uno de los que tuvo con su segunda esposa, Lou, el amor de su vida. Por esta razón, tampoco disfrutó su tercer Óscar.

Con Caballero sin espada (1939), nos presenta al prototipo del político honrado, dispuesto a dedicar sus energías en servicio a los demás que choca con las corruptelas del sector. Encontronazo, también en la vida real, con los burócratas, que le acusaron de sembrar sospechas en ciernes de la Segunda Guerra Mundial. Nueve nominaciones: un Oscar. Era el año de Lo que el viento se llevó.
Pero aquel viento que arrasó con las estatuillas, le extinguió también su contrato con la Columbia, momento que aprovechó para montar su productora, junto a su inseparable Robert Riskin. Juan Nadie (1941) fue su primera obra en la que un tan sencillo como teledirigido por la prensa Gary Cooper se erige en estandarte de los que no cuentan. El público le dona su representación, pero aquella revolución no tenía cabida en quienes le crearon.

Hollywood se va alejando

Por patriotismo y entrega, Capra volvió a marchar a los campos de batalla para la nueva gran conflagración del siglo XX. Allí concibió la serie documental Why we fight para motivar inteligentemente a los soldados sobre las razones de participar en aquella barbarie. Churchill, Roosevelt y Stalin quedaron impresionados por los resulados.

A su vuelta del conflicto, creó Liberty Films con George Stevens, William Wyler y Samuel Briskin, cuyo resultado fue la firma de su película más famosa, no en aquel tiempo, sino posteriormente: ¡Qué bello es vivir!, (1947). Un James Stewart, en el papel de un padre ejemplar y comprometido con el prójimo, padece, como Job, una sucesión de reveses que le llevan a maldecir su existencia y a un no consumado suicidio, por intervención divina. Su ángel salvador le proyecta su vida de buenas obras, imposibles de existir si no hubiese nacido. Capra nos dice nuevamente que toda existencia es valorable y obedece al designio de Dios, presente en lo “buenos” y “malos” avatares de la vida.

Con la absorción de Liberty por la Paramount, aumenta el poder de actores y productores sobre los filmes en detrimento de la dirección, control que siempre había reivindicado Capra con su frase “un hombre, una película”.

A partir de entonces, el cineasta comenzó a recorrer amablemente el tramo final de su carrera. Llegarían varios proyectos hasta concluir su filmografía con Un gángster para un milagro (1961), en la que la prepotencia del actor Glenn Ford consumó un rodaje agobiante.

Por otro lado, su cine no era el de la violencia y erotismo que inundaba la producción cinematográfica del momento, por lo que escogió el autoexilio. Escribió su autobiografía con ojos magnánimos sobre las debilidades ajenas, donde retrataba sus 39 años de experiencias y sus más de 50 películas. Posteriormente, las llevarías por medio mundo, como conferenciante. De sus memorias diría John Ford que eran “el único balance auténtico que he leído sobre Hollywood”.

En 1991, moría uno de los más grandes creadores de sueños que hizo de su optimismo un arma de choque para reivindicar el lado humano más luminoso, el que dio impulso antes y lo puede hacer ahora para magnificar, también con el dolor, la belleza del existir.
 
 

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