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Vientres de alquiler: Madre no hay más que una

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¿Una mujer puede aceptar tener un hijo a través de otra sin ningún tipo de repercusión para su integridad? ¿Y la mujer que lleva a término una gestación puede considerarlo sencillamente un trabajo?

El fenómeno de la maternidad a través de otra mujer que lleva a cabo físicamente el embarazo presenta aspectos poco conocidos en los que a veces se prefiere conscientemente no pensar. Por eso se ha creado en Italia el Comité “Mamá sólo hay una”, presentado el pasado 5 de noviembre en el Congreso de los diputados de este país europeo, que sensibiliza y denuncia la “maternidad por comisión”.
 
“El útero de alquiler, gestación en terceros, maternidad subrogada: son las diferentes expresiones que se refieren a un fenómeno en expansión en todo el mundo: el de mujeres, generalmente indigentes y muy a menudo analfabetas, que a cambio de dinero, afrontan un embarazo y un parto sabiendo que después entregarán a su hijo a quien lo ha encargado, más o menos legalmente”, destaca el grupo.
 
En esta materia faltan leyes y regulaciones entre países y continentes y se producen numerosos contenciosos jurídicos, porque difícilmente todos los participantes en este proceso se encuentran en el mismo estado.
 
No por casualidad -denuncian los promotores de la iniciativa-, el resultado del rompecabezas entre las personas y las naciones implicadas es un niño legalmente huérfano y apátrida (Avvenire 2 de noviembre).
 
Normalmente al afrontar este fenómeno se destaca la legitimidad o no del deseo de la pareja de tener un hijo; se reflexiona menos en los aspectos relacionados con la autodeterminación de la mujer que se presta a parir un hijo que no será suyo y de la dignidad del cuerpo femenino.
 
“Me sorprende que las feministas de hoy no rechacen, excepto algunas, un mercado del cuerpo femenino que entre otras cosas lo descompone, usa piezas para la procreación asistida y algunas técnicas de fecundación in vitro y trata de disociar estas “piezas”, declara a Aleteia la presidenta del Comité, también vicepresidenta de la Comisión de Asuntos Sociales de la Cámara, Eugenia Roccella.
 
“Si una pareja gay, por ejemplo, quiere un hijo mediante la procreación asistida, en resumen toma los óvulos de una mujer y el útero de otra, así que no hay una mamá única sino una fragmentación de los componentes de la maternidad”, continúa.
 
“Todo esto crea un mercado que es una profunda explotación del cuerpo femenino –denuncia-. A veces esta explotación siniestra se da con mujeres jóvenes y pobres porque las que “donan” los óvulos, en realidad suelen ser mujeres jovencísimas, estudiantes pobres lo hacen para pagarse los estudios o de los países de Europa del Este que necesitan dinero”.
 
Según Roccella, hay episodios gravísimos: hace pocos meses murió una joven india de diecisiete años que había realizado por tercera vez el tratamiento hormonal para vender sus propios óvulos.
 
“Hay situaciones muy duras que las mujeres del mundo occidental rico parecen ignorar: es necesario ser consciente porque un derecho no puede estar a expensas de otras personas”, advierte.
 
En los países donde el fenómeno está creciendo en una medida alarmante, como la India, al menos desde el punto de vista jurídico comienzan a organizarse: “La regulación de la maternidad subrogada es cada vez más objeto de restricciones contra el creciente número de parejas heterosexuales y homosexuales que eligen la India como un semillero de hijos a medida”, explica Roccella.
 
Allí, desde principios de año se ha dado una vuelta de tuerca en el mercado oficial de las maternidades subrogadas para las parejas gay, con la supervisión de la recién nacida Instar, la Sociedad india para la reproducción asistida.
 
La Instar comprende expertos de infertilidad, embriólogos y juristas que pretenden dar reglas para el respeto y bienestar de las madres subrogadas, señalando que hoy en día las madres de alquiler se ha convertido en una verdadera y propia industria nacional.
 
El presidente de Instar, Himanshu Bavishi, declaró que en el reciente congreso científico organizado por el nuevo instituto se ha establecido un salario mínimo para las mujeres que alquilan su útero y una compensación a las familias de aquellas que mueren a causa de complicaciones vinculadas con la maternidad. Se prevén indemnizaciones para las que se vieran sometidas a histerectomía o extirpación de las trompas” (Avvenire 31 de octubre, recogiendo la información de los artículos del Times de India).
 
Fenómenos similares interesan a mujeres pobres de entornos rurales de Marruecos (Avvenire 19 de agosto), de China, de Vietnam, de Tailanda (Avvenire 13 de agosto) así como de Panamá o Guatemala (Avvenire 8 de agosto) o bien en Rusia y Ucrania (Avvenire 7 de agosto).
 
¿Verdaderamente una mujer puede aceptar tener un hijo a través de otra sin ningún tipo de repercusión para su integridad psíquica y su propia vida?
 
¿Y la mujer que lleva a término una gestación durante nueve meses puede considerarlo sencillamente un trabajo, aunque se vea empujada por la desesperación de condiciones económicas precarias?
 
“El dolor de una mujer que quisiera ser madre y no lo consigue, explica la psicoterapeuta Giuliana Mieli, se respeta, comprende y en la medida de lo posible se minimiza. Pero el egoísmo de quien transforma la realización de su propio sueño en la pesadilla de otro no se puede apoyar”.
 
Se puede tener una idea de las dinámicas que se ejercen en los casos de las mujeres que han decidido llevar a cabo un embarazo para después dar al hijo en adopción. Son experiencias de las que se sale destrozado aunque se sepa desde el principio de lo que sucederá después del parto y se haya decidido en total autonomía, sin constricciones” afirma Mieli, que está segura de que “la condición emotiva y emocional en la que se encuentran es idéntica”. Quizás peor. “Porque el hijo que llevan en su seno no lo han cedido. Lo han vendido”: “Una herida que marca a las dos mujeres y a la criatura que tenía derecho a una concepción basada en el amor” (Avvenire 14 de agosto).

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