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Guillermo Rovirosa, apóstol de la clase obrera

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Recorrió España viajando siempre en tercera, alojándose y viviendo como pobre entre los pobres, viviendo lo que decía, encendiendo entusiasmo

Guillermo Rovirosa Albet, fue el promotor y primer militante de la HOAC. En el Seminario de Apostolado Seglar de la Fundación Pablo VI fue propuesto como modelo y testigo para los laicos de hoy. 
 
¿Quién fue realmente este hombre, encarcelado por el general Franco y perseguido y difamado por los cristianos tanto burgueses como progresistas? ¿Se ha reconocido su papel en la Iglesia de España y de Cataluña? ¿Qué papel jugó en la promoción de militantes obreros? 
 
Guillermo Rovirosa nació en un pueblo costero, Vilanova i la Geltrú situado al sur de Cataluña. Como estudiante fue brillante. Cursando sus estudios en las escuelas de directores de Industrias Eléctricas en Barcelona se ganó las consideraciones del mismo Albert Einstein.
 
Hombre no amigo de las concertaciones, encontrarse a Cristo supuso la entrega radical de su existencia para él y para su esposa Caterina. No eran medias tintas y no dudaron en afirmar la radicalidad de su existencia.
 
Al estallar la guerra civil habitaban en un suburbio de Madrid que llegó a ser frente de combate. Se vieron obligados a desplazar su residencia al interior de la ciudad y cayeron en un sótano donde había amontonado, en espera de ser quemados, los libros de fomento social de los padres jesuitas. Durante dos años se consagró a profundizar en la lectura social. Descubriendo que el mejor servicio podría prestar a la Iglesia era dedicarse al apostolado en el mundo obrero.
 
Durante la guerra civil, sin pertenecer a ningún partido político y sindicato, fue elegido en la empresa en la que trabajaba como presidente del consejo obrero de la empresa por unanimidad, incluidos los afiliados a otros sindicatos.
 
Por esto el general Franco le meió en la cárcel al final de la guerra civil condenándole a 12 años de prisión. Su capacidad científico-técnica le libró de bastantes años permitiéndole la redención de penas con su trabajo.
 
Ante la apostasía de la clase obrera
 
Pio XI en 1930 había denunciado que la apostasía de la clase obrera era uno de los hechos más importantes del momento histórico. Los trabajadores, los pobres de entonces, habían abandonado la Iglesia.
 
Rovirosa se consagraría, en cuerpo y alma, a este fenómeno desde entonces y diría con el Papa que había que renovar este mundo desde sus cimientos, yendo a las raíces.
 
El gran sentido de la justicia que tenía Guillermo Rovirosa le llevó a descubrir y a encarnar esa forma de vivir la unión con Dios que es la espiritualidad de encarnación.
 
Aceptó a Cristo no por el peso tradicional y cultural sino por el encuentro personal con Él abriendo su corazón al don de la conversión que Dios concede a todo ser humano convirtiendo su vida en un proceso de conversión.
 
Su gran amor a lo pequeño lo demostró durante toda su vida, siendo humilde con los pequeños y no rebajándose ante los grandes.
 
Ante la responsabilidad apostólica laical
 
Él desde el principio soñó con la responsabilidad apostólica laical asociada en razón de la evangelización de los pobres.
Así en mayo de 1946 fue el hombre providencial que promovió la Hermandad Obrera de Acción Católica, HOAC que tendería los puentes entre la Iglesia y la clase obrera. La mayoría de sus miembros conversos procedían de organizaciones anarcosindicalistas, comunistas y socialistas.
 
En la HOAC volcó su vida. Veía como un mal la burocracia oponiéndose a ella con uñas y dientes. Idearía la forma de vivir y al mismo tiempo estar disponible para la labor apostólica. Así recorrería muchas veces toda España viajando siempre en tercera, alojándose y viviendo como pobre entre los pobres, viviendo lo que decía, encendiendo entusiasmo. Sin acuerdos ni asambleas, sin pedir la solidaridad de nadie. Sintió que había que hacerlo y lo hizo, mostrando así que el militante no es que el crea problemas sino es el hombre sin problemas.
 
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