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¿Cuáles son hoy los desafíos pastorales de la familia?

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El gran reto es el miedo al compromiso, asegura el relator general del próximo sínodo sobre la familia, el cardenal Peter Erdö

"Hay un miedo general y una profunda desconfianza hacia las instituciones, también hacia el matrimonio y la familia", destaca el relator general del próximo sínodo sobre la familia, el cardenal Peter Erdö. "Si, hace 30 años, el Magisterio se ocupaba del problema de los divorciados vueltos a casar civilmente, hoy el problema más grave es otro: que la mayoría de las parejas que viven juntas no están casadas".

En la siguiente entrevista publicada por Alfa y Omega, el arzobispo de Budapest habla de los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización, tema de la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, en octubre de 2014. A este Sínodo extraordinario, seguirá en 2015 una Asamblea General Ordinaria del Sínodo, igualmente dedicada a la familia, aunque centrada sobre todo en cuestiones de tipo antropológico. 

El Papa le ha nombrado Relator general del próximo Sínodo de los Obispos. ¿Va a hablarse allí de la propia institución del Sínodo, en esa perspectiva de la mayor sinodalidad que quiere impulsar el Santo Padre?
 
El Sínodo extraordinario que ha convocado el Santo Padre para octubre de 2014 se ocupará de los retos de la familia en el contexto de la nueva evangelización. Estará unido en su temática al Sínodo ordinario previsto para el año 2015, aunque el acento de este segundo Sínodo sobre la familia estará puesto en aspectos antropológicos, una cuestión muy profunda y de gran actualidad.
 
¿Cuáles son esos retos antropológicos, y relacionados con la nueva evangelización, que afronta hoy la familia?
 
Desde hace muchos decenios, la institución familiar sufre una grave crisis. Por esto, Juan Pablo II se ocupó tanto de la familia. Publicó la Exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, y está la Carta de los Derechos de la Familia, del Consejo Pontificio para la Familia. Ha habido diversas declaraciones pontificias en los últimos decenios, porque se veía que la familia está en crisis.
 
Tenemos hoy el deber de subrayar la importancia teológica de la familia, sobre todo en el plano de la creación. La cuestión es si la naturaleza tiene o no verdaderamente aspectos con efecto normativo para nuestro comportamiento humano, leyes morales que se derivan de esa naturaleza. Somos herederos de la convicción de que existe una invitación divina inscrita en la naturaleza. Creemos en la naturaleza creada por un solo Dios, creador del cielo y de la tierra. Para nosotros, la naturaleza es una manifestación de la voluntad divina, por decirlo con las palabras del gran autor español Francisco Suárez.
 
La familia, en los últimos 20 años, se enfrenta a nuevos retos respecto a la situación de los años 60 ó 70. Por una parte, la gente comienza a tener miedo de todas las instituciones, ya sean estatales, eclesiásticas, sociales… Y hay cambios en la legislación de diversos países, con respecto al matrimonio y la familia. Aquí se incluirían aspectos antropológicos que quizás serán profundizados en el segundo Sínodo sobre este tema.
 
Si, hace 30 años [en el Sínodo de 1980 sobre La familia cristiana], el Magisterio se ocupaba del problema de los divorciados vueltos a casar civilmente, en el contexto de la indisolubilidad del matrimonio, hoy el problema más grave es otro: que la mayoría de las parejas que viven juntas no están casadas, ni siquiera civilmente.

Será interesante lo que digan sobre esto las Conferencias Episcopales. En algunos lugares, la mitad de las parejas de mediana edad que conviven no están casadas, y entre los jóvenes el porcentaje llega al 80%. Ésta es una realidad pastoralmente relevante; también entre los católicos practicantes hay parejas que viven así.
 
Ciertamente, hay miedo al compromiso definitivo, no solamente en el matrimonio, o en la vocación sacerdotal, también en la elección de una profesión.

Cuando era rector de la Universidad Católica de Budapest, vi que centenares de estudiantes, cada año, querían cambiar de Facultad. Habían estudiado 3 ó 4 años para licenciarse en Historia, y después decidían que querían pasarse a Informática. Hay una gran inseguridad y un miedo a tener una ocupación estable, definitiva.

Hay un miedo general y una profunda desconfianza hacia las instituciones, también el matrimonio y la familia. Eso tiene otro tipo de consecuencias. Por ejemplo, existe una correlación entre la nupcialidad y los nacimientos. Estadísticamente, las parejas que viven juntas, sin casarse, tienen menos hijos que las parejas que viven casadas. Por tanto, el matrimonio expresa un mayor deseo de estabilidad y seguridad y predisposición a aceptar hijos.
 
Ante situaciones como la de los divorciados en nuevas uniones, se plantea siempre el debate sobre cómo conciliar verdad y misericordia…
 
Antes de nada, hay que aclarar que la misericordia, tanto en el sentido judío como en el cristiano de la palabra, no es contraria a la verdad. Las dos expresiones que a menudo se encuentran en los Salmos y en el Antiguo Testamento son justicia y misericordia, que no son contrarias. Ambas son atributos del mismo Dios. En el Nuevo Testamento, se habla de justicia y misericordia, conceptos a los que acudió el Derecho Canónico Medieval para resolver conflictos de interpretación jurídica.

Hoy diría que la misericordia requiere de nosotros dar más de lo que debemos, perdonar cuando no estamos obligados, la donación… El perdón es un aspecto fundamental de la misericordia, sobre todo, en sociedades donde el ethos común está herido, donde la sociedad está polarizada… En este contexto, el aspecto de la misericordia requiere una nueva urgencia para la reconciliación.
  
Ha hablado usted en Madrid sobre las conferencias episcopales a la luz del Concilio Vaticano II. ¿Qué papel cree que están llamadas a tener en esa mayor sinodalidad que quiere impulsar el Papa?

 
El Concilio Vaticano II habla con acento especial de la colegialidad. El Colegio episcopal, según la fórmula adoptada por el Código de Derecho Canónico, tiene el poder supremo pleno y universal en toda la Iglesia. Pero el Colegio episcopal no está completo sin su cabeza, el Papa, y sólo puede proceder con el consentimiento del Romano Pontífice, en unidad con él. No son, pues -el Colegio episcopal y el Romano Pontífice-, dos sujetos con suprema y plena potestad sobre la Iglesia, sino un solo sujeto.
 
En lo que se refiere a las conferencias episcopales, es importante dejar claro que no son portadoras de todas las competencias del Colegio episcopal, porque el Colegio es indivisible.

¿Cuál es la misión de las conferencias episcopales? En primer lugar, manifiestan la colegialidad de los obispos y expresan la misión de cada obispo, de manera individual, en la Iglesia universal, porque el obispo es pastor de la propia Iglesia local; pero, al mismo tiempo, tiene una vocación en la Iglesia universal.

En diferentes países, existían ya las conferencias episcopales nacionales, mucho antes del Concilio, pero después esta institución fue prescrita para cada país. Cada país tiene su propia situación pastoral, sus circunstancias jurídicas y las relaciones con el Estado son muy diferentes. Por esto, es razonable que las conferencias episcopales se organicen teniendo en cuesta esta realidad nacional.
 
Por lo que respecta a su vocación, su misión principal es la consulta fraterna sobre los problemas pastorales. No son órganos de poder por sí mismos, salvo cuando reciben la autorización del Santo Padre, o del Derecho universal de la Iglesia, y asumen entonces competencias de tipo legislativo, como puede ser la negociación de un Concordato con el Gobierno del país.

La Conferencia ejercita también una especie de magisterio eclesiástico. No es un magisterio universal, pero sí un magisterio que puede ser un ejercicio conjunto del magisterio individual de los obispos.

Sin embargo, según la Carta apostólica Apostolos Suos, de 1998, cuando hay una mayoría de dos tercios de los obispos de la Conferencia Episcopal y una posterior revisión por parte de la Santa Sede, se pueden hacer declaraciones magisteriales para el propio territorio.

Es interesante ver cómo, en los primeros siglos, la función de enseñar y la disciplina no estaban separadas en lo que se llamaba tradición apostólica…

Vemos también en el funcionamiento de las Conferencias Episcopales una señal de la relación estrechísima entre las funciones del gobierno eclesiástico y la función magisterial.
 
Hungría acaba de firmar un tratado con la Santa Sede sobre la financiación de la enseñanza. ¿Qué novedades incorpora?
 
Entre Hungría y la Santa Sede existen cinco Acuerdos parciales, entre ellos, un Acuerdo de 1997 sobre diversas cuestiones de financiación de actividades de la Iglesia de utilidad pública. Este Acuerdo ha sido modificado en algunos aspectos, obligado por la nueva Constitución y por la nueva legislación sobre libertad religiosa, que ha sido cambiada…
 
¿Mejorada?
 
Cambiada. Nosotros, como Iglesia, no podemos pronunciarnos sobre esto… Los cambios requerían técnicamente añadidos al Acuerdo, y esto es lo que se ha hecho. Algunos asuntos vienen de muy atrás, entre otros, aspectos derivados del Acuerdo de 1964 de la Santa Sede con la Hungría comunista.

Teníamos también la restitución de escuelas confiscadas -con determinadas condiciones- por parte de los últimos Gobiernos. Esto planteaba el problema para la Iglesia de cómo mantener esos centros, en el contexto de la libertad de elección de los padres reconocida desde 1990. Son detalles importantes para la vida cotidiana y para el bien común.
 
¿Cómo contribuye, a través de la enseñanza, la Iglesia al bien común?
 
Hablar de bien común presupone una profunda visión antropológica. El funcionamiento de cualquier Estado presupone un mínimo consenso sobre los valores antropológicos generales. ¿Cómo podemos servir al bien común, si no decidimos antes lo que es bueno; por ejemplo, qué valor tiene la vida humana, qué es la libertad y tantas otras cosas? Hay una base natural para un consenso mínimo sobre los valores. Sin embargo, cuando alguna ideología irrumpe en este ámbito, dificulta la posibilidad de encontrar un mínimo consenso. Pero no hay que dejar morir la esperanza de reencontrar un consenso, también con los que no son creyentes.
 

Por Ricardo Benjumea

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