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La vida comienza con el «Pulgarcito» que hemos sido cada uno

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Ante la nueva ley del aborto, el genetista Jérôme Lejeune nos lleva por las primeras fases de nuestra vida

La propuesta de un parlamentario de Unión del Pueblo Navarro (UPN) de enseñar una radiografía a las madres que deseen abortar airea la cuestión del aborto, que el Gobierno español prevé reformar antes de que termine el año con una nueva ley, anunciada casi desde que pisó La Moncloa. El choque entre los pro-vida y los pro-aborto está servido y se prevé un fin de año caliente.

En otras latitudes, el presidente Correa, populista-socialista, ha dicho que se marcharía antes de aprobar una ley del aborto en Ecuador. Parecida fractura sobre el reconocimiento de la vida humana se va dando en Brasil y en otros países sudamericanos, cuyas posturas pro-vida se han ido resquebrajando por el avance de los proabortistas. En la vieja Europa, urge una pedagogía capilar para valorar la existencia desde su concepción, puesto que las actitudes favorables a la interrupción del embarazo hace tiempo que han conquistado mayoritariamente la legislación y la opinión pública, debido a los medios de comunicación. 

Esta pedagogía necesaria la ejerció incansablemente el genetista francés Jérôme Lejeune, fallecido en 1994, que se paseó por medio mundo para exponer y probar científicamente que lo que estaba en juego era el reconocimiento prístino de la vida humana.

"Cada uno de nosotros –dirá- tiene un momento preciso en el que comienza. Es el momento en que toda la necesaria y suficiente información genética es recogida dentro de una célula, el huevo fertilizado, y este momento es el momento de la fertilización. Sabemos que esta información está escrita en un tipo de cinta a la que llamamos ADN. La vida está escrita en un lenguaje fantásticamente miniaturizado”.

El Nobel y su “materialismo”

Descubridor del cromosoma que provocaba el síndrome de Down y de otros hallazgos sobre los efectos de la radiología en las
células humanas, a Lejeune se le negó el Premio Nobel por su postura contraria al aborto, al acusar a la Organización Mundial de la Salud de traicionar su sentido porque era “una institución para la salud que se ha transformado en una institución para la muerte”.

A quienes le reprochaban mezclar su catolicismo con la ciencia, les aclaraba que él “era el más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un huevo después de su fecundación”.

Para alguien que, como él, manejase cotidianamente el inicio de dónde empieza todo, no podía haber controversia de ningún tipo, y consideraba acientíficos a quienes esgrimían “la ideología del preembrión” para negarle valor constitutivo. En este sentido, expondrá que “la genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida".

Con un milímetro, detiene la menstruación

Buena parte de su pensamiento lo recogió una de sus hijas en un libro editado hace varios años, en el que enfatizaba a quienes dudan o niegan del inicio de cada individuo: “Al principio del todo, dos o tres días después de la fecundación, sólo hay un pequeño amasijo de células. ¡Qué digo! Al principio se trata de una sola célula, la que proviene de la unión del óvulo y del espermatozoide. Ciertamente, las células se multiplican activamente, pero esa pequeña mora que anida en la pared del útero ¿es ya diferente de la de su madre? Claro que sí, ya tiene su propia individualidad y, lo que es a duras penas creíble, ya es capaz de dar órdenes al organismo de su madre”.

Incansable en su defensa de la vida, desarrollará su creatividad para proponer de diversos modos sus conocimientos ante una opinión pública manejada cada vez más por las ideologías que negaban lo evidente. Así, desvelará en sus comparecencias qué hace un embrión al sexto o séptimo día: “Con tan sólo un milímetro y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de las operaciones. Es él, y sólo él, quien detiene la menstruación de la madre, produciendo una nueva sustancia que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse en marcha”.

Un continuo de hombre

Las declaraciones de la ex ministra Bibiana Aído diciendo que el embrión es un ser vivo pero no un ser humano son sintomáticas de una posición ideológica que anida, en mayor o menor medida, en cualquier parte del espectro político español. Unos por progresistas y otros por respetar la “libertad” de elección de las mujeres (como si fuera el feto una propiedad, como en la Edad Media) se apuntan al sinsentido y al asesinato. No quieren ver lo que hay en juego, por muy milimétrico que sea. Lejeune, dirá que “a los quince días del primer retraso en la regla, es decir a la edad real de un mes, ya que la fecundación tuvo lugar quince días antes, el ser humano mide cuatro milímetros y medio. Su minúsculo corazón late desde hace ya una semana, sus brazos, sus piernas, su cabeza, su cerebro, ya están formándose”.

Ya no hay duda de que lo que crece en la guarida materna es un ser humano y no un calamar o un repollo, y eso se va haciendo más evidente en el trascurso de las semanas, puesto que a “los sesenta días, es decir, a la edad de dos meses, cuando el retraso de la regla es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos tres centímetros. Cabría, recogido sobre sí mismo, en una cáscara de nuez. Sería invisible en el interior de un puño cerrado, y ese puño lo aplastaría sin querer, sin que nos diéramos cuenta. Pero, extiendan la mano: está casi terminado, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro… todo está en su sitio y ya no hará sino crecer. Miren desde más cerca, podrán hasta leer las líneas de su palma y decirle la buenaventura. Miren desde más cerca aún, con un microscopio corriente, y podrán descifrar sus huellas digitales. Ya tiene todo lo necesario para poder hacer su carné de identidad”.

Un Pulgarcito real

Cada paso refrenda la identidad genuina del embrión frente a otros individuos. Así se echan por tierra los argumentos acientíficos de que el feto no está formado plenamente. A los que mantienen que hasta los cinco o seis meses el cerebro está inconcluso, les puntualiza: “El cerebro sólo estará completamente en su sitio en el momento del nacimiento; y sus innumerables conexiones no estarán completamente establecidas hasta que no cumpla los seis o siete años; y su maquinaria química y eléctrica no estará completamente rodada hasta los catorce o quince”.

En resumen, lo que está en juego no son ideas religiosas o posturas reaccionarias contra las mujeres: lo que se ventila es el ¡hecho, hecho!, de ese “increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que un pulgar, que existe de verdad; no se trata del Pulgarcito del cuento, sino del que hemos sido cada uno de nosotros”.

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