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Papa Francisco: el cristiano es el que se siente amado por el Señor

© NELSON ALMEIDA / AFP
Papa Francisco em Missa no Santuário de Aparecida
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Homilía de hoy en San Pedro, texto completo

El Papa Francisco ha celebrado esta mañana en la Basílica de San Pedro en el altar donde está custodiada la tumba del Beato Juan Pablo II. Estaban presentes más de un centenar de sacerdotes y de varios fieles. El Papa ha comentado las lecturas del día: la carta de San Pablo a los Romanos en el que los apóstoles de los gentiles habla de su amor por Cristo y el pasaje del Evangelio de San Lucas en el que Jesús llora por Jerusalén que no ha entendido que él la ama.
 
“Nadie puede alejarme del amor de Cristo”. El Papa parte de esta certeza de Pablo: “el Señor le había cambiado la vida” y ahora “este es el amor del Señor” es el centro de su vida. “En las persecuciones, en las enfermedades, en las traiciones” y todo lo que ha vivido o le puede pasar no puede separarlo del amor de Cristo:
 
“Era el centro propio de su vida, la referencia: el amor de Cristo. Y sin el amor de Cristo, sin vivir este amor, reconocerlo, nutrirnos de ese amor, no se puede ser cristiano: el cristiano, es el que se siente mirado por el Señor, con esa mirada tan bella, amado por el Señor y amado hasta el final. Siente… el cristiano siente que su vida ha sido salvada por la sangre de Cristo. Y esto hace el amor: esta relación de amor”.
 
Está la imagen de la “tristeza de Jesús, cuando mira a Jerusalén” que no ha entendido su amor que compara con una clueca que quiere recoger a los pollitos bajo las alas.
 
“No ha entendido la ternura de Dios, con esa imagen tan bella, que dice Jesús. No entender el amor de Dios: lo contrario de lo que sentía Pablo. Dios me ama, Dios nos ama, pero si es una cosa abstracta, si es algo que no me toca el corazón y me arreglo en la vida como puedo. No hay fidelidad allí. Y el lamento del corazón de Jesús hacia Jerusalén es este; “Jerusalén, tú no eres fiel; tú no te dejas amar; y te has confiado a muchos ídolos, que te prometían todo, te decían que te lo daban todo, después te han abandonado”. El corazón de Jesús, el sufrimiento del amor de Jesús: un amor no aceptado, no recibido”.
 
El Papa invita a reflexionar sobre estas dos imágenes: “la de Pablo que permanece fiel hasta el amor de Jesús” y en este amor, él “que se siente débil, se siente pecador”, “encuentra la fuerza para ir adelante, para soportar todo”. Y por otra parte está Jerusalén, el pueblo infiel, “que no acepta el amor de Jesús, o peor todavía “que vive este amor a mitad: un poco sí, un poco no, según su conveniencia”.

“Miremos la fidelidad de Pablo y la infidelidad de Jerusalén y en el centro vemos a Jesús, su corazón, que nos ama tanto. ¿Qué podemos hacer? La pregunta: ¿me parezco más a Pablo o a Jerusalén? ¿Mi amor a Dios es tan fuerte como el de Pablo o mi corazón es un corazón tibio como el de Jerusalén? Que el Señor, por intercesión del Beato Juan Pablo II, nos ayude a responder esta pregunta. ¡Así sea!”.
 
TEXTO COMPLETO de la homilía del Papa:
 
En estas lecturas hay dos cosas que llaman la atención. La primera la seguridad de Pablo: “Nada puede alejarme del amor de Cristo”. Pero tanto amaba al Señor –porque lo había visto, lo había encontrado, el Señor le había cambiado la vida- tanto lo amaba que decía que nada podía separarlo de Él. Es este amor del Señor el que estaba en el centro, justo en el centro de la vida de Pablo. En las persecuciones, en las enfermedades, en las traiciones, pero, todo lo que él ha vivido, todas estas cosas que le han sucedido en la vida, nada ha podido alejarlo del amor de Cristo. Es el centro de su vida, su referencia: el amor de Cristo. Y sin el amor de Cristo, sin vivir este amor, reconocerlo, nutrirnos de ese amor, no se puede ser cristiano: el cristiano, es el que se siente observado por el Señor, con esa mirada tan bella, amado por el Señor y amado hasta el final.

Siente… el cristiano siente que su vida ha sido salvada por la sangre de Cristo. Y esto hace el amor: esta relación de amor. Esta es la primera cosa que a mí me llama tanto la atención. La otra es la tristeza de Jesús, cuando mira a Jerusalén: “Pero tú Jerusalén, que no has entendido el amor”. No ha entendido la ternura de Dios, con esa imagen tan bella que dice Jesús. No entender el amor de Dios: es lo contrario de lo que sentía Pablo. Dios me ama, nos ama, pero si es una cosa abstracta, es algo que no me toca el corazón y me arreglo la vida como puedo. No hay fidelidad ahí.  Y el lamento del corazón de Jesús hacia Jerusalén es este: “Jerusalén, tú no eres fiel, no te dejas amar, te has confiado a tantos ídolos que te prometían todo, te decían que te darían todo, pero después te han abandonado”. El corazón de Jesús, el sufrimiento del amor de Jesús: un amor no aceptado, no recibido. Estas dos imágenes hoy: la de Pablo que permanece fiel hasta el final a este amor de Jesús, de donde encuentra la fuerza para seguir adelante, para soportar todo. Él se siente débil, se siente pecador, pero tiene es sí la fuerza del amor de Dios, en aquel encuentro que tuvo con Jesucristo. Por otro lado, la ciudad y el pueblo infiel, no fiel, que no acepta el amor de Jesús o peor todavía ¿eh? Que vive este amor pero a mitad: un poco sí, un poco no, según las propias conveniencias.

Miremos a Pablo con su valentía que viene de este amor y, miremos a Jesús que se lamenta de esta ciudad, que no es fiel. Miremos la fidelidad de Pablo y la infidelidad de Jerusalén y en el centro miremos a Jesús, a su corazón que nos ama tanto. ¿Qué podemos hacer? La pregunta: ¿me parezco a Pablo o a Jerusalén? ¿Mi amor a Dios es tan fuerte como el de Pablo o mi corazón es un corazón tibio como el de Jerusalén? Que el Señor, por intercesión del Beato Juan Pablo II, nos ayude a responder esta pregunta. ¡Así sea!
 

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