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Jubileo de las familias: El verdadero amor conyugal

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La Iglesia tiene que dar una respuesta clara a las cuestiones fundamentales de la existencia, como el amor

El Secretario del Dicasterio, mons. Jean Laffitte, en Verona, el pasado 27 de septiembre, ha hablado del amor humano en el plan de Dios.
 
El Secretario del Pontificio Consejo para la Familia, mons. Jean Laffitte, ha sido invitado por la Confederación italiana de los Centros de Regulación natural de la fertilidad, en Verona, el 27 de septiembre de 2013, para una relación sobre el tema: "El amor humano en el plan de Dios". «Vemos avanzar cada vez más y difundirse una mentalidad anti-familia y anti-humanidad, también a la luz de los actuales desarrollos políticos que en Italia y en Europa ponen en peligro los valores humanos, familiares y naturalmente cristianos, sobre los cuales debe basarse una sociedad que quiera crecer y mejorar», declaran los organizadores del encuentro.
 
Afirma mons. Jean Laffitte: «En los últimos diez años, en especial, el pensamiento cristiano, principalmente a través de las enseñanzas de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, ha profundizado en la dimensión teológica, espiritual y antropológica del amor humano». En un contexto cultural de vaciamiento antropológico, de incapacidad de «dar una respuesta clara a las cuestiones fundamentales de la existencia, como la del amor», en la que «prevalece una visión reductiva del matrimonio y de la familia», que hace «todavía más indispensable la necesidad de manifestar el plan de Dios sobre el amor humano", la Iglesia católica "efectúa hoy lo que ninguna otra institución está en condiciones de hacer».

«Definir 'permisiva' a la sociedad occidental actual es un lugar común», dice el Secretario. «En efecto, si se observan la moral, la sexualidad, el matrimonio, nos encontramos ante una sociedad permisiva, en cuyo seno son exaltados los valores subjetivos o parciales, no verificados según un perfil ético. entre estos, la libertad individual absolutizada, el bienestar bajo la forma hedonística (es decir, la búsqueda del mayor placer posible), la debilitación de los vínculos morales y, en el ámbito afectivo, la emoción inmediata, el bienestar afectivo individual y el deseo físico como los elementos constitutivos del amor».

La dimensión física del amor no debe ser olvidada. «Tradicionalmente, el respeto del propio cuerpo y del cuerpo ajeno ha sido considerado hasta hace poco una actitud virtuosa y digna de aprecio». En la sociedad post-moderna, relativista e individualista, en cambio, la cultura del cuerpo, de las relaciones humanas y «también de los valores familiares son relativizados: los vínculos entre familia y matrimonio, entre los que se rompe el vínculo estructural y fundante; el mutuo empeño entre los esposos, que no compromete ya para el futuro de forma absoluta; el ejercicio de la capacidad sexual, que pierde el significado de la propia riqueza en el momento en que no expresa un don irrevocable, único y exclusivo de los esposos y los hijos ya no son el fruto del amor de los esposos; el mismo concepto de vida humana, convertida en objeto de reivindicación individual y, con frecuencia, la satisfacción de un deseo subjetivo de tener un hijo». En este contexto, «la insistencia en la enseñanza de la Iglesia en el carácter natural del amor humano y de la institución familiar da respuesta a la urgente necesidad de salvaguardar las bases fundamentales de la sociedad». Como, de hecho, enseñaba Juan Pablo II, «no hay familia sin el fundamento de la verdad del amor conyugal».

Para mons. Laffitte, las Catequesis del Miércoles de Juan Pablo II sobre el amor humano representan «la contribución más original y sustancial de su Magisterio en materia de matrimonio y familia». Las "constantes" de sus intervenciones magisteriales son: «el vínculo entre el amor de un hombre y una mujer con la creación de cada ser humano a imagen de Dios; la comprensión de la unión conyugal en su dimensión indisociable una de otra: la unión y la procreación; la verdad del amor conyugal, que implica la interioridad del hombre y de la mujer, en el don de sí mismos, de la castidad conyugal y de la castidad virginal; el vínculo entre cuerpo y sacramento, en la analogía entre la relación de un hombre y una mujer con la relación entre Cristo y la Iglesia».

«A causa de la urgencia en afrontar las evoluciones legislativas que van todas en la dirección de una privatización de los vínculos familiares, su relevancia social y política, a las cuales el Papa Francisco dedica mucha importancia, debería ser objeto de profundización en los mese próximos. La familia está llamada a ser lo que debe ser», concluyó mons. Laffitte.

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