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¿Has experimentado la libertad de no esconder tus imperfecciones?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/10/13

El fariseo del Evangelio amaba a Dios, no robaba a nadie, era justo en sus negocios, no había cometido adulterio, ni en obras, ni con el pensamiento, ayunaba y renunciaba a muchas cosas por amor a Dios, era generoso con sus bienes.

Vemos su vida y nos asombra su santidad. Nos recuerda a aquel joven rico que quería alcanzar la vida eterna y cumplía los mandamientos del Señor. La perfección aparente de su vida asombra.

Miramos nuestra vida. En ella hay pecado, mentiras, debilidades, caídas. No somos tan generosos con nuestros bienes. Nos cuesta ayunar y renunciar por amor. No siempre somos justos en lo que hacemos. Juzgamos y condenamos. ¡Qué lejos estamos de este fariseo! Nos gustaría ser más como él y no lo somos. Nuestro pecado y suciedad enturbia la apariencia de nuestra vida.

Sin embargo, este fariseo que vive santamente, hemos visto que en su oración se siente ya justificado. Jesús mira su corazón, se adentra en el diálogo profundo que tiene con Dios, escucha su razonamiento. El fariseo se siente ya salvado. Cumple, es fiel, es justo, y su satisfacción consigo mismo le hace pensar que ya está todo hecho, que ya no necesita a Dios para salvarse. Él mismo se ha salvado a sí mismo.

Es curioso. ¿No tenemos en ocasiones la misma sensación? Hasta en el hecho de ayunar, o rezar, o sacrificarnos, podemos llegar a sentir que Dios nos debe algo porque hemos sido muy generosos.

Pensamos que debería conmoverse ante nuestra generosidad y agradecer. Debería alabarnos por nuestra actitud en el servicio y la entrega.

Por eso es duro el juicio que hace en su corazón: «Te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano». Su justificación comienza con una condena hacia los que no cumplen como él. Porque él es la referencia para todo.

Da gracias a Dios por no ser como los pecadores y, al justificarse, condena a otros. No tiene misericordia y mira el pecado de los demás con desprecio.

Una persona decía: «Hay que ser respetuoso a la hora de juzgarlo todo. Realmente sólo Dios conoce el corazón de cada uno».

El fariseo no respeta, juzga, condena. Sus actos hablan bien de él, su oración lo condena. Parece bueno en sus obras, pero su corazón cae en la vanidad y el orgullo. ¿No nos pasa a nosotros a veces cuando condenamos y despreciamos a los que vemos peores que nosotros? Nos sentimos seguros en nuestras buenas obras. Nos protegemos bajo las barricadas de la vanidad. Alabamos nuestra vida que es casi perfecta. Y despreciamos la vida de los otros porque son pecadores.

La humildad es el camino para acercarnos a Dios. Experimentamos nuestra pequeñez, palpamos los límites y descubrimos que sólo Dios puede salvarnos: «El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: – ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no». Lucas 18, 9-14.

Arrodillado, roto, pequeño, pobre. Son palabras salidas de un corazón herido, que ha amado y ha odiado, que se ha levantado y ha caído. Son palabras que hablan de arrepentimiento, del deseo de volver a comenzar.

Así tendríamos que rezar muchas veces, en lugar de sentirnos ya convertidos, ya en paz con Dios, sin deudas que pagar. Orgullosos como el fariseo, contando nuestros logros.

Podrían ser las palabras del publicano, las mismas con las que rezaba una persona: «Aquí estoy delante tuya, como siempre pequeña insegura y precipitada, queriendo hacer un nuevo compromiso contigo, queriéndome poner en tus manos, queriéndote decir que Sí en cada momento de mi vida, sin condiciones haciendo que mi vida débil y simple sea tuya del todo».

La humildad es un don que pedimos para la vida. Cuando nuestra oración es humilde es expresión de nuestra verdadera actitud interior. Así como rezamos, es como somos. No hay diferencia, porque ante Dios nos mostramos con sinceridad, sin fingimientos ni excusas.

La verdad es que me gusta más la oración del publicano. Me gusta su arrepentimiento y el deseo de emprender un nuevo camino. Pero no es una actitud tan común. Decía el Padre Kentenich: «El hombre actual se siente solo, pequeño y busca ensanchar su pequeñez en la masa. Si queremos construir algo en profundidad, debemos tener presente que, si bien la humildad no es la madre de todas las virtudes, es su nodriza. No es posible una vida sana del alma sin una sana y profunda humildad»[3].

Es fácil caer en la vanidad y el orgullo. ¡Cuántas veces nuestras discusiones con aquellos a los que amamos comienzan cuando nos puede el orgullo, el deseo de valer, el amor propio! ¡Cuántas veces nos creemos ya salvados por el simple hecho de cumplir con ciertas normas morales! Nos falta humildad. Y sabemos que la humildad está siempre unida al amor. Crecemos en humildad cuando miramos a Dios cara a cara y vemos la desproporción que hay entre su poder y nuestra impotencia.

Ser humildes no cuestiona nuestra valía ni disminuye nuestra autoestima. En Dios valemos mucho. La verdad y la humildad van siempre unidas. Reconocer nuestro valor no nos impide crecer en humildad.

Hoy Jesús nos invita a humillarnos para ser enaltecidos: «Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

El Padre Kentenich señalaba tres grados de la humildad. El primero tiene que ver con la capacidad para alegrarnos y complacernos en nuestra pequeñez. Decía el Padre Kentenich: «La humildad exige siempre una fuerte confrontación entre yo y Dios. ¡Qué pequeño soy entonces! El tiempo y la humanidad actuales no quieren verse pequeños ante Dios; quieren elevarse por sí mismos hacia Dios. Separado de Dios debo apreciarme muy poco a mí mismo. Pero con Dios adquiero un valor extraordinariamente grande»[4].

Entonces somos capaces de alegrarnos de nuestra pobreza, como nos decía San Pablo. El Magníficat de María es un canto de alegría: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su sierva». Esa pequeñez es la que alegra el corazón de María y no el sentimiento de haber sido elegida por Dios por sus dones y talentos.

Ella se siente débil y pequeña y, al contrario de lo que nos sucede a nosotros cuando nos sentimos débiles, se alegra. Se ríe de su pobreza. ¡Qué difícil reírnos y alegrarnos cuando las cosas no nos resultan, cuando dejamos de tener salud, cuando experimentamos los límites! ¡Qué difícil aceptar que no somos santos y perfectos! Es la gracia de la humildad.

Decía el P. Kentenich: «Mi miseria, debidamente gustada, puede significar más fuerza nutritiva para mi amor, que beber de las misericordias de Dios»[5]. Porque reconocer nuestra pequeñez nos hace necesitados de Dios y, sobre todo, sentirnos amados por Él tal y como somos, sin condiciones, con nuestra miseria y pequeñez. Es la experiencia de misericordia que nos sana, sostiene y ensancha el corazón para aprender a ama.

María se alegra al ver las maravillas de Dios en su vida. No se vanagloria de su poder, sino que se alegra del poder de Dios. Al mismo tiempo se complace en su pobreza. Porque en su debilidad de niña, de hija, Dios se hace fuerte. En nuestra herida, Dios está presente y desde allí da vida a muchos.

El segundo  y el tercer grado de la humildad tienen que ver con los otros. Se nos invita a aceptar que los demás conozcan nuestras limitaciones y nos traten de acuerdo a nuestra pobreza.

No es tan sencillo. Una cosa es aceptar nuestro pecado, nuestras caídas y debilidades. Otra muy distinta es permitir que otros nos juzguen de acuerdo a lo que valemos y nos traten en consecuencia.

Decía el P. Kentenich: « ¡Cuánta necesidad tengo de ser reconocido por los demás! Todos tenemos algún límite. No debiera importarme que los demás conozcan mis miserias y debilidades»[6]. Pero sí que nos importa. Vivimos de la imagen y nos cuidamos para no perder la fama, el honor, la gloria. ¡Cuánto esfuerzo, cuánto tiempo perdido!

Los tres grados implican una profunda relación de amor con Dios, una intimidad en la oración en la que descansamos en su pecho. Si no hay esa relación de amor, es imposible.

No es posible conformar nuestra vida con la voluntad de Dios, si no nos gusta que los demás nos vean débiles y nos traten de acuerdo a nuestros límites. El abandono en las manos del Padre implica aceptar esa realidad.

El poner nuestra vida confiadamente en sus manos, supone que hemos crecido en humildad. No somos nada humildes cuando protegemos nuestro nombre y nuestra imagen, y pretendemos hacerlo todo siempre bien y que los demás lo sepan, como hacía el fariseo, cuando nos mostramos sin manchas ni defectos.

¡Qué bien nos hace a los sacerdotes mostrarnos débiles, reconocer nuestros errores, aceptar con una sonrisa las críticas! ¡Qué lejos estamos de Dios cuando nos enfadamos en cada caída, cuando echamos a otros la culpa de nuestros errores y no aceptamos que la vida no nos ha hecho perfectos!

Decía el Padre Kentenich: «Si quiero llegar a ser libre para Dios, debo estar libre de mí mismo, de una valoración enfermiza de mí mismo»[7]. Es la libertad del que no tiene nada que defender, porque lo ha entregado todo y no teme el juicio ni la condena y sólo quiere volver a comenzar en las manos de Dios.


[1] Anselm Grünn, “Portarse bien con uno mismo”, 72
[2] John Powell, “El secreto para seguir amando”
[3] José Kentenich, “Hacia la cima”, 116
[4] José Kentenich, “Hacia la cima”, 117
[5] José Kentenich, “Hacia la cima”, 119
[6] José Kentenich, “Hacia la cima”, 119
[7] José Kentenich, “Hacia la cima”, 121

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oraciónvirtud
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