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¿Has experimentado la libertad de no esconder tus imperfecciones?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/10/13

El otro día leía: «Supongamos que alguien te pide un favor. El amor te pide que intentes satisfacer la necesidad de tu amigo, pero hay alguien más al que debes considerar con igual atención: a ti mismo. Una de tus necesidades primarias es darte con amor a los demás. La única forma de ser amado es amar. Las únicas personas verdaderamente felices son las que han encontrado a alguien o alguna causa a la que amar y pertenecer. Sin embargo, puede que tengas otras necesidades que debas tener en cuenta. Puedes tener necesidad de descansar, o puedes tener otra obligación más urgente, etc. Es posible que tengas que negarte a complacer la petición de tu amigo»[2].

¡Qué difícil decirle que no a alguien! ¡Qué difícil decirle que no a Dios! En realidad, al decir que no, estamos diciendo que sí a su plan de amor. El no, para aquel que busca el querer de Dios, es un sí a otro camino, a otra puerta abierta. Un sí a un amor concreto y a su voluntad en definitiva. Esto es liberador.

Podremos decir que no al amigo importuno, si creemos que no nos pide Dios decirle que sí. Lo difícil será saber cuándo y cómo.

Esto tiene que ver con algo tan conocido como es la asertividad. Consiste en conocer los propios derechos y necesidades y defender lo que creemos que es necesario para nuestra alma, respetando siempre a los demás y el querer de Dios. Y todo esto frente a la actitud de aquel que simplemente calla y guarda, aguanta y recibe, pensando que todo eso es lo que quiere Dios.

Jesús nos dice hoy en el Evangelio que hay maneras de rezar que nos acercan a Dios y maneras de rezar que nos alejan. Jesús mira el corazón del que ora y sus sentimientos. No el tiempo que reza. De eso no habla, ni de la cantidad de veces que reza al día. Sólo se detiene en cómo lo hace, en la forma en que cada uno, desnudo de todo, se muestra frente a Dios.

No todo lo religioso que hacemos es bueno, ni todo lo humano es malo. Podemos hacerlo según Dios o no. La misma decisión, según la actitud que haya detrás, puede ser de Dios o no serlo. Aparentemente es lo mismo.

Muchas veces no hay decisiones buenas o malas, lo que cuenta es por qué las tomo, lo que hay en mi corazón, la actitud interior. Eso es invisible, pero es lo que cambia la vida.

No siempre rezar es lo mejor, porque no vale cualquier manera de rezar. ¿Cómo es nuestra forma de orar? ¿De qué le hablamos a Dios? Hay una manera de rezar humilde y una manera de rezar orgullosa, donde buscamos a Dios para que nos aplauda y alabe.

Esa manera de orar egoísta, en la que nos buscamos a nosotros mismos, en la que le decimos a Dios todo lo que hacemos, nuestra lista de éxitos, nuestras virtudes y talentos, es la del fariseo.

La imagen de Dios que tiene es muy pobre. Es un Dios lejano que aplaude o castiga según los hechos. Tendrá miedo de fallarle, quizás, y que Dios le deje de querer. A veces nosotros somos así.

Pero Dios nos ama por lo que somos, no por lo que hacemos, nos conoce, nos nombra en su corazón tal y como somos.

El publicano reza desde el corazón. Es otra manera de orar que nos saca de nosotros mismos y ensancha el corazón a imagen del de Cristo, porque nos mostramos ante Dios tal como somos, sin referencia a nuestras obras, con la pequeñez de nuestro corazón.

Jesús siempre mira en lo más hondo. Frente al corazón que se rompe, se conmueve y también se rompe. Frente al corazón duro sufre, porque no hay entrada.

Los dos hombres van a rezar y aparentemente hacen lo mismo. Suben al templo a orar. Uno erguido, rígido, orgulloso, satisfecho, salvado. El otro arrodillado, humillado, roto, indigno, arrepentido. Las actitudes corporales expresan lo que hay en el alma.

Un hombre, el fariseo, con una vida de piedad, que cree, que habla de Dios, que confiesa que su vida está cimentada sobre Él, que reparte sus bienes con los pobres. Y un hombre, el publicano, que recauda impuestos a los de su pueblo para dárselos a Roma. Tal vez se ha comportado injustamente y ha robado incluso.

Jesús no les da nombres, habla en general de un fariseo, admirado por todos, y un publicano, odiado por todos. Jesús mira el corazón, al hombre. ¡Cuántas veces nos falta esa mirada limpia para ver más allá del cargo del otro!

Nos quedamos en la fachada, en si cumple o no, en si sus actos son buenos o malos. Miramos la superficie y juzgamos. Creemos que basta con ver obras y gestos para juzgar toda una vida, para condenar o salvar el corazón del que así actúa. Si es fariseo y cumplidor, pensamos que es santo. Si es publicano y pecador, pensamos que pertenece a ese grupo con el que nada tenemos que ver.

Tendríamos que aprender a mirar el corazón, la sed de Dios, el anhelo de pertenencia, el miedo a hacer las cosas mal, el valor para pedir misericordia de rodillas.

Hoy el Evangelio nos habla de los peligros que tienen la prepotencia, la soberbia, el amor propio. Pueden hacer que nos sintamos por encima de los demás y los despreciemos.

Jesús les habla hoy a aquellos que se consideran justos y seguros de sí mismos: «En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: – Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: – ¡Oh Dios!, ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo».

Son dos hombres los que van a orar. El primero es un fariseo, un hombre de Dios, un enamorado de la ley de ese Dios que siempre es fiel a la alianza. Miramos al fariseo y nos vemos a nosotros reflejados. Siempre que escucho que Jesús habla a los fariseos pienso que me está hablando a mí. Nosotros somos como los fariseos. Amamos a Dios, tratamos de cumplir sus deseos, seguimos sus normas, abrazamos su amor.

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