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La Iglesia y el cine: un largo, y a veces difícil, camino

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Para los papas, el cine ha sido un medio para difundir el cristianismo y los valores que emanan de él

Cuando hace 30 años se inauguraba la televisión del Vaticano, se había recorrido un doloroso camino de encuentros y desencuentros entre la Iglesia Católica y los medios de comunicación. Así, el cine ha sido un medio que ha requerido en las últimas décadas de reflexiones y documentos eclesiales como cauce para difundir el cristianismo y los valores que emanan de él.

A remolque en algunos planteamientos de una cultura secularizada, expresados en el Séptimo Arte, la Iglesia ha ido por delante en la era digital, como fue la creación en 1995 de la web oficial del Vaticano (antes incluso que la de Italia) y el envío en 2001 del primer correo electrónico de la historia por parte de un Papa, el de la exhortación “Ecclesiae in Oceania”.

Un nuncio perspicaz

Desde que los Lumière inventaran el cinematógrafo, la Iglesia estuvo atenta al nuevo ingenio que iba consiguiendo más adeptos con, entre otros, la creatividad de Melies.

Creatividad puesta al servicio de la diversidad y, posteriormente, al adoctrinamiento de las masas, como ocurriría con Leni Riefenstahl en la eclosión del nazismo. De esto se dio cuenta el nuncio Eugenio Pacelli, futuro Pio XII, que absorbió el inmenso potencial del cine para difundir el cristianismo, al que el papa Pío XI imponía sus reservas porque lo consideraba nocivo para la moral.

Llegaría 1955 para alumbrar la primera exhortación de Pío XII a los responsables del mundo cinematográfico para producir obras que hicieran mejor al hombre. Dos años más tarde, dedicaría la encíclica Miranda Prosus al cine, radio y televisión. Un año antes nacería el festival de cine católico de Valladolid, conocido en la actualidad como SEMINCI.

La clarividencia del Papa Pacelli sobre el poder aleccionador del cine se concretó también en encargos, como el que dirigió a Augusto Genina de llevar a la pantalla la vida de santa María Goretti, con Cielo sobre el pantano, donde describe el martirio de la joven.

El cine religioso, un negocio rentable

A mediados de los 40 y hasta los 60 del siglo XX, la temática cristiana fue enganchando al público, lo que facilitó que productores europeos y norteamericanos alumbraran nuevos proyectos. En España, Marcelino Pan y Vino, de Vajda, cosechó un éxito rotundo dentro y fuera de nuestras fronteras.

En Estados Unidos, el impulso de distintas órdenes religiosas y de eclesiásticos, como el cardenal Spellman y el arzobispo Sheen, conseguían embarcar a directores y productores. Cristalizaron, entre otras, obras como Siguiendo mi camino, Las campanas de Santa María, Las llaves del reino, La mano izquierda de Dios, Rey de Reyes, La túnica sagrada, Barrabás y Los lirios del valle…, que contaron con estrellas de Hollywood en sus papeles principales: Spencer Tracy, Gregory Peck, Victor Mature, Sidney Poitier e, incluso, el duro Bogart. Cuentan que el propio Pío XII sugirió a Alfred Hitchock plasmar en imágenes el sacramento de la Confesión, que sucedería con Yo confieso, con Montgomery Clift en el papel de un sacerdote heroico dispuesto al martirio por no revelar secretos de sus penitentes.

El cine entra en el Concilio

Juan XXIII rubricó en 1959 la importancia de los medios de comunicación para la Iglesia con la creación de la Comisión Pontificia del Cine, Radio y Televisión. Sería el Concilio Vaticano II, quien refrendará solemnemente en 1963 la dignidad del cine y del resto de mass media en el documento conciliar Inter Mirifica, que tendría posteriormente en 1971 una mayor concreción en Communio et Progressio. Veinte años después de ésta, Juan Pablo II dispuso la instrucción pastoral Aetatis Novae sobre las comunicaciones sociales en el nuevo contexto histórico. Posteriormente, la Iglesia expuso las tareas de los nuevos medios y su utilización adecuada en bien de la dignidad humana. Así, se sucedieron Ética de la publicidad (1997), Ética de las comunicaciones sociales (2000), Ética en Internet (2002) y la carta de Juan Pablo II El rápido desarrollo de los medios de comunicación social, en el 2005.

Durante el pontificado de Benedicto XVI, vio la luz en 2008 el canal Vaticano en Youtube, en cinco idiomas, mientras que en 2010 la Iglesia se hacia “bloguera” con el Vatican Information Servic. En 2011 aparece la versión digital de L’Observatore Romano. Unos meses más tarde navegaría en la Red News.va,, conocida como la CNN del Vaticano, que reúne desde la Radio Vaticana hasta la página de Facebook, pasando por los distintos perfiles de Twitter. Este microblog, el más famoso del mundo, lo utilizaría el Papa Benedicto para mandar el primer “tuit” de la Iglesia Católica.

En las Jornadas Mundiales de las Comunicaciones Sociales, de 2013, el Papa anima a utilizar Internet “no ya como un medio, sino como ambiente de evangelización”, subrayando, una vez más si cabe, el cambio experimentado en la Iglesia desde el siglo XIX hasta nuestros días sobre los medios de comunicación.

Un caso español, la SEMINCI

Bajo el nombre de Semana de cine religioso, y dentro del contexto de la Semana Santa, nacería el 20 de marzo de 1956 en Valladolid el festival que poco a poco iría trasformando su nombre y sus objetivos -la difusión de los principios y moral católica-, hasta dar cabida en la actualidad a todo tipo de propuestas, en la hoy conocida como Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI), nombre adoptado en 1973.

En sus balbuceos, el festival contó con el impulso, entre otros, del jesuita Félix de Landáburu, cinéfilo contumaz que había iniciado diversos cine-clubes y que se carteaba con el director francés Robert Bressons, al que intentó vanamente convencer para realizar una película sobre san Ignacio de Loyola.

El evento cinematográfico vallisoletano tuvo sus emulaciones en otros lugares, como en Italia y Francia, donde el director Alberto Lattuada con Ana, en el primer caso, y el galo Leo Joanno, con El renegado, obtuvieron reconocimiento popular, como le ocurrió en España a Rafael Gil, con La guerra de Dios y Balarrasa.

En los últimos años, distintas versiones de la vida de Jesús, como la de Franco Zeffirelli, y la contundente La Pasión, de Mel Gibson, han revalorizado la importancia del cine y de los actuales medios digitales para proponer al mundo la Encarnación de Dios hecho hombre.

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