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Por qué Halloween preocupa a los católicos

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Una fiesta extraña al patrimonio cultural hispano, que llega cada año envuelta en la polémica

Cada vez que se acercan estas fechas, especialmente en los países hispanos, es inevitable un encendido debate en los medios católicos sobre la naturaleza de la fiesta de Halloween. Se recuerda su origen pagano y su vinculación con las creencias precristianas, e incluso se debate sobre sus posibles conexiones satánicas. Con razón, muchos padres católicos observan preocupados que sus hijos quieran disfrazarse y llamar a las puertas de los vecinos pidiendo dulces.

A mi me ayuda el tener lazos familiares en Irlanda: a ellos les cuesta comprender que su querida fiesta familiar de siempre levante semejantes excomuniones. Para ellos Halloween no difiere en absoluto de lo que pueda significar en España una «endiablada», en la que centenares de personas procesionan entre frenéticas danzas vestidas de demonios y con enormes cencerros adosados al cuerpo.

Estas fiestas ancestrales que el cristianismo conservó – y a las que dio nuevo sentido – nos llegan de épocas en las que los hombres, precisamente porque creían en Dios, tenían menos respeto a los demonios. Halloween sería solamente una más de ellas, de no haber sido tocada por el dedo mágico de Hollywood y transformarse así en una imposición cultural, como Papa Noël o la Coca-Cola, que come cada vez más terreno a nuestra hispanísima fiesta de Todos los Santos.

Es comprensible que, sin tener el bagaje histórico y cultural que un irlandés pueda tener, preocupe la avalancha de demonios, dráculas y muertos vivientes que toma por asalto las calles en estos días, más cuando hay niños pequeños en casa, a los que es muy difícil explicar «por qué tu no», cuando sus amigos les llaman desde el otro lado de la puerta.

Para nosotros, que no la celebramos de pequeños, es un repentino aquelarre que parece invocar a fuerzas malignas para que vengan a poseer nuestros hogares. Sería divertida la experiencia contraria: ver la cara de espanto de un irlandés que, al abrir la puerta de su casa, se encontrara con una multitud de nuestros demonios aulladores y repicantes que le arrastraran a un baile infernal.

¿Qué hacer? El Halloween que hoy tenemos es un producto de la globalización, y dada la rapidez con la que la cultura se transforma, no sabemos si ha llegado para quedarse. Pero anatemizar no es la solución, pues no da respuesta a lo que viven nuestros hijos: a nosotros, que hemos crecido sin Halloween, nos es fácil rechazarlo, pero para ellos, amamantados en la cultura global, no es fácil comprenderlo.

El cristianismo siempre ha tenido una actitud de acogida y discernimiento ante la cultura: quizás sea un buen momento para hablar con los niños sobre los espíritus, la magia y los demonios, sobre la visión cristiana de la muerte y el más allá, y enseñarles la moderación y la prudencia a la hora de divertirse, así como a rechazar las prácticas espiritistas o esotéricas.

Es hora de que afrontemos los retos que la globalización nos plantea, con serenidad pero también con firmeza y discernimiento, dándoles armas para que puedan incidir en el mundo que les tocará vivir. Y sobre todo, no hay que infundirles miedo, no es eso lo que Dios quiere de nosotros. Hay que darles razones para la esperanza.

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