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Saber pedir y saber acoger

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/10/13

«Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?»

Hay personas que tienen teorías para todo. Saben el camino más rápido entre dos puntos. Conocen mejor que uno la solución a los problemas. Le ponen nombre a todos sus procesos y elaboran bonitos razonamientos. Al escucharlos nos quedamos sin argumentos y encontramos que sus teorías tienen fuerza. Les basta con mirarnos una sola vez para dar respuesta a nuestros miedos. Porque conocen sin conocernos la solución a todas nuestras dudas. Sus teorías pueden resultar cautivadoras, motivadoras, pueden incluso inquietarnos y sacar lo mejor de nosotros cuando así se lo proponen.

Sin embargo, a veces me da miedo esa forma de enfrentar la realidad y la vida. Corren el peligro con sus teorías de no escuchar el ritmo de la vida, y desconocer los procesos del alma. Hablan mucho, pero escuchan poco. Así no logran entender lo que ocurre en realidad.

Tal vez me da miedo convertirme en uno de ellos. Imponer mis teorías sin respetar la vida. Creer que mis razonamientos son infalibles. Desconocer los procesos ocultos del alma, de la propia y de la de los otros.

Me da miedo perder la percepción de la verdad de todo lo que está ocurriendo. Me da miedo no abrir el corazón y comprender que la vida no se puede encasillar en una teoría por muy bonita que ésta sea. Me da miedo pasar por delante de las almas, contar mis cosas y no entender la necesidad más profunda del corazón. Me da miedo hacer de una teoría un arma invencible, infalible.

Necesitamos abajarnos, callarnos, guardar un silencio sagrado ante el alma del que se aproxima, silenciar nuestros miedos y apagar nuestras voces.

¡Qué difícil resulta escuchar con el corazón lo que sucede en las vidas de los hombres! ¡Qué difícil dejar los prejuicios a un lado y aceptar que no sabemos todas las respuestas! ¡Cuánto nos cuesta no querer imponer nuestra teoría, sin malicia, sin vanidad! ¡Que difícil no querer siempre dar una solución antes incluso de que nos pidan consejo!

Y luego nos enfadamos cuando no nos escuchan, cuando no hacen caso, cuando no aceptan como irrefutable nuestro planteamiento. ¡Qué complicado callar cuando nos piden escuchar y nosotros creemos tener la respuesta correcta! ¡Cuánto nos cuesta vivir sin encontrar soluciones y caminar sin tener todas las certezas! Pero ésa debería ser la vida del cristiano. Es la vida de aquel que vive de la fe y la esperanza, camina en medio de la oscuridad sin miedo y deja que su alma vibre y se conmueva ante el amor y ante la vida.

Es tal vez por eso que me gusta tanto la vida cuando no lo controlamos todo, cuando no tenemos asegurado el desenlace de lo que hacemos, cuando aceptamos esa cuota posible de temor ante lo que desconocemos.

El otro día supe que en Corea del Sur está de moda una operación estética conocida como «sonrisa eterna». En ella te cambian el rictus de la boca para que siempre parezca que estás sonriendo sin necesidad de mover ningún músculo. Reconozco que me dio algo de pena pensar en una operación que te garantice una sonrisa permanente. Es falso que uno pueda sonreír siempre, a todas horas, pase lo que pase.

Es tan valiosa la sonrisa espontánea, la carcajada no controlada, la risa no calculada. Es tan valioso mostrarnos ante los demás con tristeza en ocasiones, cuando no nos sale sonreír. Perdemos la naturalidad cuando la sonrisa se nos queda pegada a la cara, como si pretendiéramos estar siempre bien, sin miedos, con todas las seguridades y teorías bien cimentadas. Sin nada que pueda desestabilizarnos.

Y es que en el fondo quisiéramos estar siempre en perfecto estado. Como si los años y la vida no pudieran dejar ninguna marca en nuestro rostro. Como si el cansancio no estuviera permitido.

Tenemos derecho a mostrarnos vulnerables, necesitados, débiles. Pero nos cuesta mucho aceptarlo. Tenemos derecho a parecer cansados, a estar hartos. La tristeza está permitida y la necesidad nos hace ver lo débiles que somos. Todo es muy humano.

¿Por qué queremos ocultarlo? ¿Por qué nos gusta tanto maquillar la realidad para que los demás vean lo que nos gustaría mostrar siempre? Hay un maquillaje que ilumina el rostro. Su nombre me hacía gracia, Watts up, y te hace parecer lleno de energía. Porque todo ayuda.

Pero en el fondo muchas veces nos da miedo el rechazo y el juicio de los hombres. Tenemos miedo de no ser tan atractivos o no ser aceptados tal y como somos.

Por eso nos sana tanto aceptar que no podemos y pedir ayuda. Volver la mirada al que puede socorrernos. Dios siempre nos ve frágiles y necesitados. Siempre ve nuestra herida detrás del maquillaje. Percibe el ansia del corazón que busca el infinito y no se conforma con miles de satisfacciones finitas.

Este domingo celebramos el día de la misión. El lema que nos acompaña este año de la fe es: caridad más fe igual a misión. Es una invitación a llenar nuestra fe del amor de Dios. ¡Nos cuesta tanto amar a Dios y a los hombres! Nuestra fe se queda fría y muy teórica cuando le falta la frescura del amor.

La fe y el amor van siempre unidos. Por la fe llegamos al amor. Por el amor crecemos en nuestra fe. Jesús nos dice que amar es perderse, entregarse hasta el extremo y no en porciones.

Así nos lo recordaba el Papa Francisco al introducir la beatificación de 522 mártires en Tarragona: los mártires «son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel amar hasta el extremo que llevó a Jesús a la Cruz. No existe el amor por entregas, el amor en porciones».

Quien no esté dispuesto a salir de sí mismo y dar todo el corazón no puede amar. Amor y comodidad son incompatibles.

En la historia de la Iglesia muchos hombres no lograron ser fieles hasta el final. Ante la amenaza de la muerte, ante la perspectiva del sufrimiento, tuvieron miedo y claudicaron. El instinto de supervivencia es muy fuerte y la carne se rebela.

Pero Dios es misericordioso y nos acompaña en nuestra debilidad. Sin juzgarnos, sin menosprecio. Una persona rezaba: «Sólo deseo amarte ti y amarte en quienes me rodean.Te ofrezco la cruz que ahora me pesa y que, sólo conociendo tu infinito amor, se puede soportar. ¡Deseo ser como aquellas personas de puro corazón que no ven el mal en nadie!».

Dios logra regalarnos ese espíritu de niños para caminar confiados y abandonarnos dóciles ante la cruz. Dios nos ama con locura y se conmueve ante nuestras caídas.

La fiesta que celebramos el otro día fue ese sí sencillo y firme de tantos cristianos enamorados de Dios. En ese momento cumbre, cuando ya no había otra salida, cuando no había una puerta abierta por la que escapar, aceptaron el don del martirio y supieron escoger el camino más duro, el más ingrato.

No se abrió una trampilla por la que escapar, no pudieron esconderse de la muerte, no estuvieron dispuestos a negar al Dios que les había dado la vida y había seducido su corazón. Permanecieron fieles en ese momento cumbre.

Decía el Papa Francisco: « ¿Cómo será mi Cruz? No sabemos.¡Pero existirá! Debemos pedir la gracia de no huir de la Cruz cuando llegue. ¡Con miedo! ¡Esto es verdad! Esto nos causa miedo. Pero el seguimiento de Jesús termina allá. También Jesús tuvo miedo de la Cruz, pero no huyó. Y así debemos hacer nosotros».

Es un don, una gracia de martirio que Dios nos concede. Cargar con la cruz, besar el clavo que nos duele, acariciar el peso del madero, es una gracia que pedimos con humildad, de rodillas, desde nuestra pobreza diaria.

Esa cruz del martirio, ese peso excesivo que supera nuestras fuerzas, es una gracia que Dios concede a unos pocos. Quedamos cautivados con esos mártires que dieron su vida en los primero siglos de la Iglesia y en muchos momentos de la historia del hombre.

Hoy, en pleno siglo XXI, sigue habiendo mártires de la fe en países donde la Iglesia es cruelmente perseguida. No obstante, no es el camino ordinario que Dios nos pide. El camino que todos estamos llamados a seguir es el camino del martirio en el amor diario.

Es la cruz que abrazamos para seguir a Jesús, con miedo, conmovidos y alegres de saber que Dios carga el peso con nosotros. Y es que tal vez Dios no nos pide la renuncia a la vida en un momento único y sublime y no nos exige que lo demos todo de golpe.

Su petición es una llamada al amor, cada día, sin miedo, sin excusas. Quiere que aprendamos a amar hasta el extremo en el vivir cotidiano y no en porciones.
Queremos hacerlo como el otro día leía: «He aprendido a aceptar que no existe la satisfacción completa y que cada día que vivimos es un regalo».

Dios quiere que entreguemos la vida en el martirio del amor diario. Sabiendo que la insatisfacción nos acompaña. Sabiendo que su amor es más hondo. Sabiendo que nuestros restos no quedarán guardados en una urna de mártires.

Pero lo hacemos con la fe de aquel que sabe que siempre permanecerá vivo su recuerdo en el corazón de Dios. Porque Él ama nuestro sí alegre y confiado, y se abaja para levantar nuestra debilidad caída.

Es así entonces que el amor nos hace mirar con optimismo y alegría la vida que nos toca vivir. En medio de la tribulación y de las dudas. Sin necesidad de inventarnos sonrisas eternas. Sin tener que recorrer un camino admirado por los hombres. Porque la alegría sonríe en el pecho, en lo más hondo del alma, cuando sabemos que estamos donde Dios quiere.

En este domingo de la misión crece en nosotros el deseo de dar la vida y llevar el amor de Dios a muchos corazones. No podemos cansarnos de misionar, de evangelizar, de contagiar con nuestra vida.

Misión es amor. Amor hacia el que más sufre, hacia el débil, hacia el pobre. Amor hacia el prójimo que Dios pone en nuestro camino.

Hoy escuchamos en la segunda lectura: «Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir». 2 Timoteo 3, 14-4, 2. Y todo con amor, desde el amor.

Ese amor que nos exige salir de nosotros mismos, de nuestras preocupaciones y ampliar la mirada. Ese amor que acoge y también busca sacar lo mejor de la persona amada. Y todo esto no lo hacemos solos.

Es bonita la descripción que hace la primera lectura. Moisés persevera, es fiel, pero no gracias a su fuerza, sino a los brazos de su comunidad que sostienen su fe. Nos ayudamos los unos a los otros para poder caminar hacia el Señor: «Moisés dijo a Josué: – Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana Yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, al filo de espada». Éxodo 17, 8-13.

Nuestra misión no es en soledad. Caminamos de la mano de Dios y caminamos apoyados en otros corazones que con su fe nos sostienen y animan. Muchos de los mártires que el otro día fueron beatificados lo hicieron en comunidad, apoyados los unos en los otros.

Hoy escuchamos la parábola del juez injusto que concede lo que la viuda le pide: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: – Hazme justicia frente a mi adversario. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: – Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».

Nos recuerda a la parábola del amigo importuno. El amigo importuno recibe lo que quiere a fuerza de insistir: «Si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite».

Lo primero que llama la atención en ambos casos es la insistencia del amigo que busca algo de alimento y la de la viuda que clama justicia. En ambos casos sorprende su perseverancia. ¡Qué fe tan grande tenían!

La viuda confiaba en un juez que parecía no querer hacer justicia en su vida. El amigo importuno cree en el buen corazón de su amigo. ¡Qué importante es la actitud del que pide! Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta pedir a los demás!

Porque pedir nos hace vulnerables, nos vuelve necesitados. Pedir es reconocer que solos no podemos hacer algo, que el otro puede complementar y completar algo en lo que nosotros no llegamos. Que tiene un don que no poseemos.

Nos da miedo que piense que somos pesados. Nos preocupa que nos diga que no, porque ese no siempre nos hiere; somos frágiles y orgullosos. Y, al mismo tiempo, pedir nos coloca en inferioridad frente a quien pedimos. Nos cuesta reconocer que necesitamos a los demás.

Pedir ayuda, pedir que nos ayude a mejorar, pedir que no se vaya porque le necesitamos, que vuelva, que nos dé algo que no tenemos, que nos dé su tiempo, que aporte en la familia algo que nosotros no sabemos hacer.

Muchas veces hemos experimentado el bien que nos hace que alguien nos pida, porque todos tenemos en el corazón el anhelo de darnos, de demostrar en actos nuestro amor, de hacer feliz a otro, de ser útiles y entregar la vida.

Si no pedimos no le damos al otro la oportunidad de decirnos que sí. El miedo al «no» nos paraliza, o incluso el miedo a que nos diga que sí reconociendo así que nosotros no podemos o no sabemos.

Creo que tenemos que pedirnos más los unos a los otros. Dar la oportunidad al que está a nuestro lado de que haga algo por nosotros. Muchas veces no sabemos cómo hacer que el otro se sienta querido. De repente, nos pide ayuda, ¿acaso no nos hace felices poder demostrar en eso concreto que le amamos? Y si no podemos decirle que sí, nos duele.

Pedir nos hace humanos, frágiles, desprotegidos de esa imagen con la que mostramos al mundo que lo controlamos todo. Al mismo tiempo, cuando damos, el corazón se ensancha.

Y pedir nos vacía de nuestras pretensiones. Pero tenemos que aprender a pedir con humildad, sin exigir, sin dar órdenes. Y luego no enfadarnos si no nos dan lo que queríamos porque no fuimos capaces de pedirlo.

Jesús también pidió al Padre, implorando en Getsemaní ayuda al sentirse al límite, a sus amigos, cuando les pidió que orasen con Él aquella noche. Pidió posada al nacer. Necesitó a sus padres para aprender, para crecer. Necesitó la amistad, el descanso en Betania.

No hay nada que sane más a alguien herido, angustiado, sin sentido en la vida, que reconocer que tiene algo que dar, que para otro tiene un valor lo que él posee, que otro piense en él y le pida ayuda. Eso nos acerca y rompe muros en el corazón.

¿Pedimos ayuda a los que queremos? ¿Pedimos ayuda en el trabajo? ¿Damos al otro la oportunidad de demostrarnos que nos quiere sacrificándose por nosotros?

Nos cuesta pedir, a veces más que dar. No nos dejamos sorprender por las personas. El otro siempre es más grande que nuestra imagen de él. Y quizás es nuestra imagen de todopoderosos lo que nos cuesta tirar por el suelo.

Creo que estamos en esta tierra para ayudarnos unos a otros a caminar hasta el cielo. Dios nos ha hecho a todos diferentes y limitados; cada uno puede dar y pedir al otro ayuda en lo que no llega, en lo que no sabe, en lo que no puede.

En el Evangelio de hoy parece que Dios siempre nos da lo que le pedimos. Tal vez por eso muchas personas, cuando piensan en estas parábolas, sacan consecuencias equivocadas respecto a Dios: «Y el Señor añadió: – Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar».

Es como si el Señor estuviera dispuesto a satisfacer todas nuestras necesidades. Por eso muchos se enfadan cuando oran con insistencia y no logran lo que piden. Perseveran en la oración y resulta que Dios no concede lo que pedíamos. ¿No es cierto que Dios da todo lo que pedimos? ¿Entonces? Nos parece injusto. Es como si diera igual rezar o no rezar. Al fin y al cabo Dios no interviene en los acontecimientos.

Muchas personas creen en un Dios estático, ausente, alejado del desarrollo de los acontecimientos. Nosotros muchas veces lo apartamos. Si no es causa del mal, y tampoco puede evitarlo, resulta que es un Dios ineficaz, improductivo.

Nos cuesta creer en un Dios providente que está detrás de todo. Un Dios que hace milagros, como los que hacía Jesús cuando pasaba entre los hombres haciendo el bien. Nos cuesta aceptar que Dios pueda querernos hasta lo más hondo. Nos cuesta, porque si nos quisiera más, pensamos, evitaría nuestro sufrimiento.

No entendemos que un mal pueda ser para nuestro bien. No aceptamos que Dios nos eduque con la renuncia. Porque cualquier pérdida es una ausencia de bien y es verdad que no siempre se nos educa para la vida. No se sacan siempre consecuencias positivas a partir de grandes desgracias.

Suceden cosas terribles en las que pocas cosas son rescatables. Pedimos con insistencia que se realice nuestro deseo, que se abra esa puerta cerrada. Ponemos en el deseo de Dios nuestro deseo, tratando de engañarnos. Cuando las cosas no funcionan como esperábamos, nos indignamos. Nos falta esa fe práctica, y no teórica, que va buscando en el camino el querer de Dios. Dios quiere que busquemos su voluntad.

 El Padre Kentenich hablaba de buscar esas puertas que Dios nos abre. Pero a veces nos empeñamos nosotros en que la puerta se abra y tratamos de forzarla. Decía: «Lo esencial es detectar lo que Dios nos dice a través de las circunstancias, si es Él quien abre la puerta o somos nosotros mismos quienes la forzamos»[1].

Nos falta humildad para pedir que Dios intervenga y haga el milagro. Nos falta humildad para aceptar que al final no sea posible y sólo nos quede el dolor de la pérdida.

Pero no por ello perdemos la fe en un Dios que nos quiere y construye nuestra propia historia, respetando nuestros deseos y anhelos. Dios es fiel. Dios nos ama. Dios nos necesita para cambiar este mundo que necesita más amor, más paz, más humildad y transparencia.

La parábola de hoy nos habla de un juez que tiene que emitir un juicio justo. Muchas veces en la vida nos toca juzgar. Tenemos que decidir entre dos posturas. Nos piden que decidamos y esperan nuestra opinión. Por eso juzgamos continuamente al educar.

Cuando decidimos castigar o premiar. Cuando optamos por un camino en la educación o por otro. Observamos la realidad y emitimos un juicio. Lo hacemos así continuamente en el trabajo y en la familia.

No siempre es fácil. Porque podemos hacerlo con ligereza y llegar a ser injustos. Nos dejamos llevar por nuestros prejuicios y sentimientos, por nuestras emociones, y por eso a veces la sensibilidad nos pierde. Nos pesa el pasado y lo que hemos vivido. Las injusticias que nos han hecho nos condicionan.

¡Qué difícil es juzgar correctamente!Por eso a veces nos dejamos llevar por el miedo y no opinamos. Dejamos pasar el tiempo esperando a que se resuelvan solos los problemas. Metemos la cabeza bajo tierra como la avestruz para no enfrentar situaciones complicadas. No nos damos cuenta de que nuestro silencio hace daño.

Retrasamos el juicio y la dilación daña a otros. Sin pretenderlo, acabamos juzgando. El silencio es expresión de un juicio.

En la historia del pueblo judío, cuando se habla del juicio final de Dios, se hace con esperanza. Porque Dios, cuando juzga, salva al hombre. El juicio de Dios era la realización plena de la alianza entre Dios y los hombres. Un alianza que parecía inalcanzable. Dios le hizo a Abraham una triple promesa. En el juicio las promesas se hacen realidad. Le promete una tierra nueva, una descendencia numerosa y una cálida intimidad con Él.

El final de los tiempos permitirá que tengamos esa tierra en plenitud, veremos la descendencia que surge de nuestra entrega y será cálida esa intimidad con el Señor. Es enconces cuando Dios, al juzgarnos, nos salva. Su juicio de misericordia nos levanta y sostiene. Nos devuelve la dignidad perdida.

El sacramento de la confesión aquí en la tierra anticipa el cielo y nos permite degustar la misericordia de Dios en nuestra vida mortal. Es un juicio que nos salva.

Dios nos hace ver que su tierra es la tierra en la que somos fecundos. Esa tierra en la que echamos raíces y somos amados tal como somos. Sólo allí, en esa tierra, logramos la intimidad más profunda con Dios. Veremos entonces la fecundidad de nuestra vida. De nuestro amor surgen hijos y vida.

El juicio de Dios rompe las cadenas, abre las puertas cerradas, libera los corazones apresados. Es un jucio que sana y salva.

Sin embargo, nuestro propio juicio no suele salvar a los hombres. Muchas veces no tenemos misericordia cuando juzgamos. Analizamos, juzgamos, condenamos. No aceptamos excusas. No toleramos la infidelidad.

Con nosotros somos más benévolos. Tenemos manga ancha. Aceptamos que estamos cansados, que nos lo merecemos, que sólo lo hacemos en contadas ocasiones, y nos perdonamos con mucha misericordia.

Aunque es también cierto que muchas veces no perdonamos nuestras debilidades y caídas, no acogemos nuestra pobreza y tratamos de maquillarla.

Lo cierto es que con los demás solemos ser distintos. Nuestro juicio no salva, más bien condena, hunde y mata. Más aún cuando lo acompañamos de crítica y, en lugar de bendecir con nuestras palabras, maldecimos sin misericordia.

Entonces no hay silencio. Nuestro juicio se expresa en palabras. ¡Qué poca misericordia hay en nuestro corazón!

No podemos evitar ser jueces. La vida, como lo hace esa viuda insistente, nos presionará siempre buscando nuestro juicio.

Si pudiéramos buscar más la sabiduría de Dios para juzgar al hombre como Dios lo hace, las cosas serían distintas.

Seríamos prudentes en el juicio, no nos dejaríamos llevar por la primera opinión, como comentaba el Papa Francisco: «Yo desconfío de las decisiones tomadas improvisadamente. Desconfío de mi primera decisión, es decir, de lo primero que se me ocurre hacer cuando debo tomar una decisión. Suele ser un error. Hay que esperar, valorar internamente, tomarse el tiempo necesario. La sabiduría del discernimiento nos libra de la necesaria ambigüedad de la vida, y hace que encontremos los medios oportunos, que no siempre se identificarán con lo que parece grande o fuerte».

Estamos llamados a tomar decisiones con calma. Con la prudencia de Dios. Con su sabiduría. Juzgar la realidad y al hombre sin pretender que todo cambie de golpe. Los tiempos de Dios no son los nuestros y por eso nos indignamos con la vida y con Dios.

Nuestro tiempo es el de la inmediatez. Estamos acostumbrados al Whatsapp y a esas respuestas inmediatas a todas nuestras demandas. Todo tiene que ocurrir con rapidez.

Estamos en el presente pero vivimos diseñando el futuro inmediato. Vamos corriendo a los sitios, para llegar antes y hacer lo que creemos que tenemos que hacer. Por eso esperamos que todo suceda en la vida con rapidez. Nos gustan las respuestas inmediatas, los cambios instantáneos, el logro de todos nuestros objetivos.

Cualquier dilación en la consecución de nuestro anhelo nos exaspera. Nos parecemos a esos niños malcriados que quieren que ocurra todo cuando ellos lo desean. Pero la vida no es así.

El niño no suele recibir todo lo que quiere, cuando y tal como lo quiere. Los padres educan con prudencia y no suelen acceder a todos sus antojos. Son educadores y no consienten siempre. Y cuando ceden a la tentación de hacer su voluntad siempre, acaban maleducando.

Educar en la paciencia es el camino, porque, como decía Santa Teresa, la paciencia todo lo alcanza. Pero nosotros no somos precisamente pacientes.

Lo importante sigue siendo la fe y esa fe escasea bastante. Es la fe cuidada en la oración: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». Lucas 18, 1-8. Jesús nos invita a rezar sin desfallecer, sin descanso: «En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse».

Es una invitación concreta e insistente. Tenemos que estar atentos. Buscando el querer de Dios. Dejando que su paz llene el corazón porque Él guarda nuestra alma y nos da descanso.

Decía el P. Kentenich: « ¿Tenemos hambre de Dios? Deberíamos aprender del hambre de saber religioso que tiene el niño. Queremos ser como niños, cultivar una fe de niño»[2].

La fe se alimenta en la oración. El tiempo que dedicamos a rezar nos prepara para vivir en Dios. Jesús nos invita a tocar la puerta de Dios. ¿Cómo le pedimos a Dios? Dios desea que le pidamos, que le imploremos, que le digamos que le necesitamos, que sin Él no podemos hacer nada.

¡Qué poco pedimos! Sólo de vez en cuando que nos solucione algo concreto, a nuestra forma y con nuestro plazo. A veces exigimos, no pedimos. Tenemos derecho a algo, porque es justo. Dios, si nos quiere y es bueno, nos lo tiene que dar. Es muy humano, todos somos así.

Pero no le pedimos de rodillas que nos ayude a crecer, a ser mejores, a darnos, a partirnos, a entregar la vida, a comprender al otro. No le pedimos el Espíritu Santo, y eso que sabemos que siempre nos lo dará: « ¡Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!».
El Espíritu Santo que es su fuego en el alma y todos los dones que necesitamos para la vida. La sabiduría, la prudencia, el temor de Dios. Y todos sus frutos, la paz, la alegría, la esperanza. Sí, pedimos poco.

Lo que nos sana es reconocernos necesitados y pequeños frente a Dios, frágiles, incapaces e impotentes. Contarle lo que nos duele, el sufrimiento, gritarle enfadados que no lo entendemos, que nos duele perder a alguien, o que esté enfermo.

Todo lo nuestro, lo humano, le importa. Todo lo nuestro es suyo. Él se acerca y mira nuestro corazón. Confiamos en que Él no nos va a abandonar. Siempre nos escucha. Se conmueve ante nuestra llamada. Nunca se queda su puerta sin abrir si llamamos.

Como nos recuerda el Papa Francisco: «Dios espera siempre. Dios está junto a nosotros, Dios camina con nosotros, es humilde: nos espera siempre».

Dios desea que le pidamos para darnos infinitamente más de lo que pedimos. Aunque lo que nos dé no coincida exactamente con lo que le pedimos. Ni en la forma, ni en el momento. Él nos quiere y sostiene, Él nos cuida y nos va mostrando el camino. Él nos enseña a aceptar con alegría lo que nos va ofreciendo la vida.


[1] José Kentenich, "Dios presente", 285
[2] J. Kentenich, “Niños ante Dios”, 453

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