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La vergüenza de las políticas migratorias

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Se necesita una cooperación internacional y un espíritu de profunda solidaridad y compasión

Ha bastado una sola palabra del Papa Francisco para remover la conciencia de millones de habitantes y sobre todo de los políticos occidentales. Esta palabra, como todos bien sabemos, ha sido “vergüenza”. Vergüenza por lo ocurrido en Lampedusa, que no ha sido la primera vez que ocurre, y que Dios quiera que sea la última. Y vergüenza por las políticas migratorias de los países desarrollados, que además de querer poner puertas al campo, porque las migraciones han existido y existirán siempre, llegan a penar el auxilio humanitario, que por el contrario debe ser un deber punible: se debería penar por no prestar este auxilio, en lugar de por prestarlo.
 
Hay cifras que claman al cielo: Cada año más de 20.000 personas pierden la vida en la travesía de la migración forzosa. Cada año los países industrializados se gastan 17.000 millones de dólares en prevenir la inmigración. El coste de un barco y un avión para la vigilancia de las fronteras españolas es de 3.700 € la hora, lo que equivaldría a la renta anual de diez ciudadanos de Sierra Leona. Sólo la tercera fase de la valla de Melilla que incorpora los últimos adelantos tecnológicos, costó al Estado Español en el año 2006 más de 20 millones de euros, dinero con el que se podría facilitar tratamiento contra la malaria a 11 millones de niños africanos. Como dice el Papa Francisco “emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que abandonan o son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten el mismo deseo legítimo de conocer, de tener, pero sobre todo de ser algo más”.
 

¿Qué se puede hacer? Pues no es tan difícil. El Papa Francisco ha dado la respuesta: “exige en primer lugar una cooperación internacional y un espíritu de profunda solidaridad y compasión. Es importante la colaboración a varios niveles, con la adopción, por parte de todos, de los instrumentos normativos que tutelen y promuevan a la persona humana”. Tan fácil como cambiar las leyes egoístas y proteccionistas. Ya Benedicto XVI explico en su encíclica Caritas in veritate (nº 62), las dos claves del giro político necesario: “la estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes”, por un lado;  y por otro, las “adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino”.

 

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