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¿El antisemitismo es compatible con la fe cristiana?

© Pascal DELOCHE / GODONG
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A menudo se oye decir que la Iglesia es enemiga de los judíos. ¿Por qué? ¿Hay algo de cierto en ello?

El antisemitismo es un hecho sociológico ligado al racismo. Entendido como odio a los judíos, se opone frontalmente a la fe cristiana. Por eso, la Iglesia está muy comprometida en la lucha contra el antisemitismo, y da actualmente una gran importancia al diálogo con aquellos a los que llama, siguiendo a Juan Pablo II, nuestros “hermanos mayores” en la fe.

El antisemitismo describe literalmente el rechazo a la descendencia de Sem, hijo de Noé. Más concretamente, es el rechazo, por razones raciales, a los que se han asimilado a los pueblos de Oriente Próximo. Si bien ello concierne en gran parte a musulmanes y a judíos, también se encuentran entre ellos pueblos cristianos (de lengua árabe, aramea, hebraica). Esto ya plantea un problema de compatibilidad evidente con la fe cristiana. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13, 35). Este principio no comporta ningún tipo de excepción racial, ni religiosa.

Dicho esto, es verdad que cuando se habla de antisemitismo, se piensa sobre todo en el odio a los judíos. También es verdad que en el siglo XX en particular, esta forma de antisemitismo ha encontrado una cierta “justificación cristiana”, inspirada en el antijudaísmo durante demasiado tiempo transmitido por la Iglesia. Se trataba sobre todo de la responsabilidad de los judíos en la muerte de Jesús en la cruz, y de la oposición religiosa que después permaneció entre los cristianos y los judíos que rechazaban reconocer a Jesús como el Mesías, y continuaban considerándolo como un blasfemo. De ahí nació, en particular y desde el siglo IV entre los Padres de la Iglesia, la acusación, contra los judíos, de “pueblo deicida”.

En el pensamiento cristiano, creemos que va contra toda idea de justicia llamar a un pueblo colectivamente responsable de un crimen, que además es un crimen que tiene más de veinte siglos. Si los judíos de hoy no han podido condenar a Jesús, los judíos contemporáneos a Jesús ya no pueden ser considerados todos responsables de su crucifixión. Ni siquiera toda la Jerusalén de entonces. Aunque sólo fuera porque Jesús, sus apóstoles y la inmensa mayoría de sus discípulos eran ellos mismos judíos y habría que considerarles entonces también culpables, incluido Jesús. Como habría que considerar culpable a la Iglesia de los primeros siglos, que estaba en gran parte compuesta por judíos convertidos al cristianismo. Eso sería totalmente insensato. El odio a los judíos por parte de los cristianos no sólo ni tiene ningún fundamento evangélico, sino tampoco ningún fundamento racional. Es simplemente absurdo, como sucede normalmente con el odio.

En el pasado, las relaciones entre judíos y cristianos han sido a menudo conflictivas. Aunque en general la Iglesia siempre ha protegido a los judíos de persecuciones y los ha acogido como personas, en algunas épocas, los judíos han sufrido duramente el poder temporal de la Iglesia o el de reyes católicos.

En los siglos IV y V, como se puede descubrir a través del Código Teodosiano, la coexistencia de judíos y cristianos dificulta el mantenimiento de un cierto orden social. En esta época, por ejemplo, sigue vigente la esclavitud, y se plantea la cuestión de la religión que pueden practicar los esclavos cuando no quieren abrazar la de su amo. Por otra parte, con su gran difusión, el arraigo de la fe católica es a veces débil, y son innumerables los judíos convertidos al cristianismo que continúan frecuentando la sinagoga y celebrando el Shabbat. Un gran santo y doctor de la Iglesia como San Juan Cristóstomo no tendrá palabras lo bastante duras como para calificar a estos nuevos cristianos “judaizantes”; palabras que leídas hoy suenan también extremadamente duras contra los judíos. En aquella época no era raro, por ejemplo, verlos calificados como secuaces de una falsa religión que perseveraban en el error y la abominación.

En la Edad Media se vivieron situaciones más duras para los judíos en ámbitos cristianos, hasta el siglo XVII. Papas como Pablo IV y Gregorio XIII instauraron leyes antijudías llegando a confinar a los judíos de los Estados Pontificios en guettos y obligándoles a llevar signos distintivos de color amarillo, para distinguirlos bien de los cristianos. Aunque los cristianos tenían por consigna no quitar la vida ni recurrir a la violencia, las bulas pontificias contribuyeron bastante ampliamente a condenar al ostracismo a los judíos, a reducir su poder económico e incluso se les impidió practicar su religión prohibiéndoles, por ejemplo, la difusión o posesión de escritos judíos como el Talmud.

Esta organización del orden temporal que conducía a perseguir a los judíos, se originó ya en el siglo anterior, con la inquisición española. En esta época, el reino de España llevó a cabo una campaña de conversión forzada de judíos al catolicismo para asegurar la unidad del reino en torno a la fe católica. Los judíos aceptaron en masa recibir el bautismo para no sufrir el exilio en condiciones insostenibles, pero muchos continuaron practicando su religión a escondidas. La inquisición española persiguió efectivamente entonces a estos llamados “marranos”, pronunciando miles de penas de muerte. Este órgano del reino de España y su primer gran inquisidor, Tomás de Torquemada, contribuyeron a instalar en la conciencia colectiva la leyenda negra de la Santa Inquisición, a través de una amalgama del instrumento judicial español y la Iglesia católica.

En general, la Iglesia condena el antisemitismo, y se ha opuesto firmemente a él, en el siglo pasado, al nazismo en concreto. A pesar de ello, algunas leyendas y rumores buscan presentarla una y otra vez como enemiga de los judíos, para desacreditarla o al contrario para avalar el antisemitismo. Desde el Vaticano II especialmente, la Iglesia concede una importancia muy particular al desarrollo de las relaciones judeo-cristianas.

En el siglo pasado, la Iglesia protestó enérgicamente contra el antisemitismo. En 1937, Pío XI publicó, excepcionalmente en alemán, su encíclica Mit brennenderSorge (Con viva preocupación) para condenar el incipiente régimen nazi, así como el racismo. El mismo Pío XI lanzó públicamente en 1938: “Espiritualmente, nosotros somos semitas”. Siguiendo sus pasos, uno de los principales contribuyentes de la encíclica y brazo derecho de Pío XI, el cardenal Pacelli, se convirtió en el papa Pío XII. A pesar de la leyenda negra que se le ha asociado, él sigue siendo sin duda uno de los apoyos más importantes de los judíos perseguidos. Desde la década de 1920, denunció el nazismo incipiente como “la peor herejía de nuestra época”.

Hasta 1939, la Iglesia, y Pío XII en particular, no dejó de oponerse frontalmente a Hitler, como ningún otro poder en el mundo… hasta que Hitler hizo pesar la amenaza de duras represalias sobre los civiles. El silencio diplomático del Vaticano después de 1939 se explica también por el temor a un aumento de las persecuciones y de males mayores.

Después de 1939, su acción vuelve a la sombre, y consiste principalmente en esconder y hacer evacuar a decenas de miles de judíos. Así, al acabar la guerra, rabinos y mandatarios israelíes dirigieron numerosos elogios al “servidor de la paz” que fue Pío XII. Habrá que esperar a la obra de teatro El Vicario, de 1963, para ver estallar la polémica en torno a los “silencios” de Pío XII y el inicio de su leyenda negra que manchó su memoria. Después, las investigaciones históricas sobre Pío XII contribuyeron a quitar poco a poco este mito del “Papa de Hitler”.

Después de la guerra, la aproximación judeo-cristiana se amplía. En la declaración Nostra Aetate de 1965, Pablo VI alienta el desarrollo de la amistad judeo-cristiana recordando “que Cristo, nuestra paz, ha reconciliado a los judíos y los gentiles por su cruz y en sí mismo, de ambos, ha hecho uno solo”. Poco a poco se reforman todas las causas posibles de vejaciones o de malentendidos en la liturgia cristiana. En 1986, en la sinagoga de Roma, Juan Pablo II dirá a los judíos: “Sois nuestros hermanos predilectos y en cierto modo se podría decir nuestros hermanos mayores”.

En 1998, en una carta al cardenal Cassidy, a propósito del recuerdo de la Shoah, el papa invita a los cristianos a hacer un examen de conciencia y a purificar su corazón arrepintiéndose de sus responsabilidades en estos crímenes. Benedicto XVI, finalmente, en su libro Luz del mundo, añadirá que si la fórmula de Juan pablo II “hermanos mayores” pudiera ofender cuando se escucha con el eco de la historia de Esaú, el hermano mayor reprobado, podemos también llamar a los judíos “nuestros padres en la fe”.
El autor de este artículo es Joël Sprung, casado y padre de dos hijos, convertido a la fe católica hace diez años y bloguero con el pseudónimo de Pneumatis. Apasionado por la antropología bíblica es experto en cuestiones de dignidad humana y vulnerabilidad.

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