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Mientras que un Papa se siente en la cátedra de Pedro, el caos no prevalecerá

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El simbolismo del mensaje esculpido en la base del obelisco egipcio que corona la Plaza de San Pedro

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El obelisco egipcio que se yergue en la Plaza de San Pedro se encontraba originalmente en Alejandría de Egipto, y fue transportado a Roma en el 37 d.C. por el emperador Calígula, que lo colocó en el circo de Nerón. Cuando el circo cayó en desuso y el área fue transformada en una necrópolis, el obelisco permaneció en su posición, también cuando se construyó, precisamente en ese lugar, la antigua Basílica de San Pedro. Sixto V lo hizo transportar a la Plaza de San Pedro el 26 de septiembre de 1586 – colocando sobre su ápice una cruz y haciendo grabar en su base de mármol unas inscripciones. Es particularmente interesante la que mira a levante, que da a la ciudad de Roma, y que sería una antiquísima fórmula de exorcismo, dividida en tres elementos:

Ecce crux Domini («esta es la cruz del Señor » – ostensión de la cruz);

Fugite partes adversae («Huid, fuerzas del caos » – un auténtico exorcismo);

Vicit Leo de tribu Juda («Venció el león de la tribu de Judá » – aclamación final).

De este modo, la Plaza de San Pedro delimita el límite simbólico del enfrentamiento entre el caos (el mundo del mal) y el cosmos (el mundo de Dios). Es más, precisamente en ese lugar este enfrentamiento es particularmente virulento, porque a espaldas del obelisco vive el sucesor de Pedro, el papa, que según la Biblia es garantía de que las puertas de los infiernos no prevalecerán (cfr. Mateo 16,18). Pero ¿por qué los infiernos no prevalecerán? Para comprenderlo, debemos volver nuestra atención al contexto en que se encuentra el versículo de Mateo.

Se trata del famoso pasaje en que Pedro reconoce que Jesús es “Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mateo 16,16). Precisamente a causa de estas palabras, Jesús promete a Pedro: “Bienaventurado tu, Simón hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16,17). ¿Cuál es la piedra colocada como fundamento de la iglesia?

¿Quizás la propia persona de Pedro? También. Pero sobre todo su fe, que no deriva de un acto humano (ni la carne, ni la sangre), y por ello, es la garantía constante de comunicación entre el cielo y la tierra (cosmos). Una comunicación, representada por la Iglesia y por Pedro, que impide al mal (el caos) llevar a cabo su propósito: separar al hombre de Dios y separar al hombre del hombre.

Por ello, la fórmula del exorcismo ordena a las fuerzas del caos que huyan, en nombre de la cruz de Cristo y de la Iglesia, que representa el cosmos en la tierra. Mientras que en la cátedra de Pedro se siente un papa que profese la fe en Jesús-Dios, permitiendo así al mundo del hombre comunicarse con el de Dios, el caos y sus «poderosos» aliados están destinados a un clamoroso fracaso…

 

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