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La oración, no sólo con la cabeza, sino con el corazón y la acción

Centro de Estudios Católicos - publicado el 09/10/13

Rezar no es repetir mecánicamente frases: es amistad, es afecto, es actividad, y es pensamiento, es toda la persona

Para quien tiene fe y es coherente con ella, descubre la oración como fundamental para entrar en relación con Dios, elevando la mente, el corazón y la voluntad hacia el encuentro con la Persona que nos ama permanentemente.

Ahora bien, en muchos ámbitos cristianos, la oración tiene una connotación superficial considerándola una práctica repetitiva, aburrida y monótona. Unido a estas características, muchas personas piensan que tener una buena oración debe ser igual que tener una experiencia mística, donde el diálogo con Dios fluya con facilidad de modo que pueda sentir su presencia.

Pienso que es noble tener ese deseo, pero probablemente, para el común denominador de cristianos la oración no va a ser mística precisamente. Sin embargo ello no nos debe perder de vista que sí podemos estar en presencia de Dios y podemos experimentar su cercanía, para lo cual necesitamos conocer mejor cómo debe ser nuestra oración.

Creo que un modelo muy gráfico para conocer cómo debe ser la relación con Dios es la experiencia humana de la amistad. En la relación personal entre amigos actúan integralmente en el ser humano la mente, el corazón y la acción. La mente que me da razones para evidenciar lo especial que resulta esa persona para mí, el corazón que me señala un vínculo afectivo hacia aquella persona que quiero y estimo, y la voluntad que me mueve a salir de mí mismo para vivir la cercanía hacia esa persona y a realizar actos propios de la amistad como dar un abrazo, una llamada, una propuesta, pedir ayuda, etc.

Bajo estas mismas manifestaciones de la amistad, la relación con Dios reclama de nosotros una participación activa de todas las dimensiones de nuestro ser (de la mente, del corazón y de la acción).

Las personas sabemos que para amar a alguien hay que conocerlo. También sabemos que la amistad se forja a partir de los momentos que compartimos con ciertas personas, ya sea por el tiempo que se conocen, por lo que piensan y hacen en común, por los favores mutuos que se han hecho, por los ideales que persiguen, entre otras razones.

Aquí quiero explicar el meollo de mi reflexión, y es que creo que tenemos que tener presente la participación del corazón en la experiencia de amistad; y de manera especial entender su función en la oración como canal de amistad con Dios y manifestación de nuestra fe.

Es preciso conocer a Dios con el corazón. Entendiendo por corazón, desde su perspectiva bíblica, como el centro de la vida del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad y la afectividad. Y cuando conocemos a Dios con el corazón, y con el corazón nos relacionamos con Él, nuestra experiencia de oración se transforma de la monotonía en una experiencia viva e intensa cuando se busca el diálogo y comunión con Dios. Ello permitirá un cambio cualitativo en nuestra oración.

En la oración puede suceder que no experimentamos una fuerte emoción o una experiencia sensible intensa. A lo mejor no somos capaces de identificar qué sentimientos están presentes mientras rezamos. Es común para muchas personas el experimentar en la oración una sequedad espiritual. No hay necesidad de pretender o aparentar tener sentimientos en nuestra oración que no tenemos en verdad hacia el Señor. No podemos juzgar nuestra oración como mala, como tampoco podemos pensar que no amamos en verdad a Jesús por no experimentar fuertes emociones.

Esa falta de emociones a veces expresan lejanía; y no falta razón debido a que a Dios no lo vemos cara a cara, sino a través del Sacramento. Esa sequedad también puede ser un llamado del Señor a poner la mirada en lo esencial, su Palabra, pues tal vez no lo percibamos cerca, pero en realidad está ahí. Al fin y al cabo la lejanía o sequedad también son experiencias afectivas que al vivirlas con la fe firme pueden ser motivo de crecimiento espiritual, pueden ser propicias para fortalecernos en nuestra fe pidiéndole al Señor que nos ayude a estar más cerca de Él. La oración que elevamos a Dios trasciende las dificultades (experiencia de lejanía, sequedad, distracción) y son siempre acciones agradables a Dios por el hecho de estar de rodillas buscando entrar en un diálogo de amor, luchando por fortalecer la amistad con el Señor.

El corazón, aquel que nos permite percibir los afectos humanos, cargados de alegría, de amor y contrición, son respuestas propias de la naturaleza humana, que al ser vividas en el ámbito de encuentro con el Señor se transforman en una experiencia espiritual, aquella que es propia de quien vive una profunda oración y amistad con el Señor.

© José Luis Villalobos Mendiola, publicado por el Centro de Estudios Católicos

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