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Sin la familia, la crisis sería terrible

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Monseñor Algora: los matrimonios que salen adelante son los que están unidos de verdad

Si hay algo que resuma lo que es el matrimonio cristiano, lo encontramos en la frase evangélica: «Abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne». Me fijo especialmente en ese «ser una sola carne» como objetivo, centro o punto de partida y de llegada de la aventura entre dos personas: mujer y varón que se aman. En la medida en que esto sea tenido por las dos partes como lo más y único importante en su relación, habrá, hay de hecho, más posibilidades de conseguirlo. Cuando «ese ser una sola carne» se diluye poco a poco en pactos y consensos de convivencia en la que cada uno busca su propia realización, autoestima, derechos e incluso bienes económicos y sociales, la crisis matrimonial está servida dure lo que dure dentro o fuera del mismo techo y apariencia social.
 
Repito, he observado atentamente las razones que se suelen dar para explicar un divorcio y suelen tener este lugar común: o bien desde el comienzo no se ha contemplado la búsqueda de ese «ser una sola carne» o se ha diluido en el tiempo, cada vez más breve en muchos casos, con la afirmación de que el otro o uno mismo tiene que ser escrupulosamente fiel a sus propios principios, a sus modos y maneras de vivir, su familia, sus amigos, sus derechos, su realización…
 
Muy al contrario, cuando vemos a un matrimonio que están siendo y siguen creciendo de hecho en ser «una sola carne», contemplamos a personas para nada despersonalizadas o faltas de libertad sino que, muy al contrario, adquieren y proyectan en sí mismos y en sus hijos, familiares y amigos una sensación de plenitud, de seguridad y de capacidad de ser don y regalo generoso, que las convierte en conjunto, y por separado, en personas creativas y fecundas no solamente para su propia familia, sino para la sociedad y la misma Iglesia.
 
Naturalmente no estoy hablando de estados de perfección ni de mirlos blancos, de algo extraordinario y excepcional, estoy hablando de esa mayoría silenciosa que no pone más condiciones a su pareja que la de ser una sola carne en sus relaciones íntimas, en sus hijos, en la relación con los padres y las familias de cada uno de ellos y que no digo que con no pocas dificultades, no tiran la toalla y mantienen vivo el deseo de ser «no sin el otro».

Por supuesto que la fe y el sacramento del matrimonio son fundamento de esta realidad. El «Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta», de santa Teresa de Jesús, da la gracia necesaria para tener la certeza de que «nada te turbe, nada te espante, todo se pasa» que provoca según la misma santa Teresa el propósito decidido de que, cuando Dios ha dado su Palabra en la vida de esa pareja, Dios no puede fallar y sabe dar la energía necesaria para llegar a ser, repito, «una sola carne».
 
Estoy hablando de la familia que, apoyada en el matrimonio, está soportando el peso de la crisis moral, económica y social en nuestro país. Los hijos que tienen el soporte de «una sola carne» crecen seguros en el amor de sus padres, lo mismo hermanos, familiares, amigos y compañeros. Ciertamente, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

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