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Por qué el hombre contemporáneo está enfadado con Dios

Quinn Dombrowski
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El sentido religioso y el sentido de la vida: una pregunta a la que nadie podemos escapar

Cuando White Mike, el protagonista de la película (y novela) Twelve, se da cuenta de que su vida carece completamente de sentido, de futuro, de conexión con su pasado, con sus amigos, incluso son sus propios deseos y sentimientos, acude a una Iglesia, “porque es lo que hace la gente cuando está así”. El templo está abierto, al parecer, en horario nocturno, y Mike se encamina entre los bancos vacíos como lo haría un superviviente entre las ruinas del fin de los tiempos. Se sienta en primera fila, sin saber muy bien qué es lo que tiene que hacer, y queda absorto ante un fresco que corona el ábside. En él se ve cómo un hombre vestido de forma sencilla se arrodilla delante de otro, que le mira impresionado, y le lava los pies. Le quita las inevitables últimas manchas con las que ha llegado al banquete y le muestra cómo el amor es entrega, servicio, y cómo lo es hasta el detalle.
           
Es comprensible que White Mike esté desesperado. Un año antes había perdido a su madre por un cáncer y él, desestabilizado, ha terminado por ser el camello de sus antiguos compañeros de estudios, jóvenes neoyorkinos adinerados que dividen su tiempo en dos actividades claramente diferenciadas: estudiar, para acceder a una universidad de prestigio que les permita mantener su impúdico nivel de vida, y huir de la realidad sumergiéndose en fiestas absurdas y alocadas en las que practican sexo sin control y se empancinan con todo tipo de drogas, algunas vulgares y otras, todavía más zafias, de diseño. Mike no consume. Él vive en la periferia del mundo. Lo observa  e intenta entenderlo, y mientras se desliza hacia el abismo. Cree que es más consciente de la realidad, que él sí recuesta los pies en la espalda de las cosas, pero se le impone una verdad simple: su infelicidad. Mientras piensa en ello observa cómo Jesús lava los pies de Pedro. El apóstol se resiste y Cristo replica: “si no te lavo, no tienes que ver conmigo”, a lo que Pedro, normalmente tan atrabiliario, responde: “entonces no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza”. No entiende nada, no comprende por qué el hijo del hombre tiene que servirle a él, pero de lo que está seguro es de que sólo Cristo “tiene palabras de vida eterna”.

A White Mike eso no le sirve de nada. No entiende de qué manera puede él afirmar que Cristo ha venido a salvarle, a ayudarle, a servirle. A su alrededor todo se derrumba y no hay ningún camino, ninguna apertura que permita la entrada de un aire que despeje el humo ceniciento y abra el horizonte. Dios podría devolverle a su madre, pero no lo hace. ¿Por qué habría White Mike de creer en Él? Lo ha abandonado a su suerte. Y si Dios no está sólo queda apañárselas como se pueda, pasar el tiempo lo mejor posible. Si esto es lo que hay, la vida será algo de lo que siempre estaremos huyendo, para no enfrentarla.

El corazón del hombre no puede librarse de estas grandes cuestiones, pero sí puede lanzar sobre ellas toneladas de cemento. Velcháninov, uno de los grandes personajes de Dostoievski, un “nihilista”, se sorprende a sí mismo teniendo “ideas elevadas” e incluso remordimientos. Quiere convencerse de que son sólo problemas intestinales y de que podrían solucionarse “con un cambio radical de vida, modificando la dieta, tal vez emprendiendo un viaje. Sin duda también ayudaría un purgante.” Es difícil escapar de uno mismo. Pasamos mucho tiempo corriendo con los talones un centímetro por delante de nuestro cuerpo.
           
El ser humano no puede ser ateo. Por supuesto que es capaz de alejarse de Dios, y hasta de alzarse delante suyo como el Capaneo y retarle orgulloso, pero eso no es ser ateo. Precisamente cuanto más percibamos el peso de la existencia, cuanto más amemos la libertad, la justicia, la belleza, más estaremos ante el lavatorio de los pies

. Tal vez solos, quizá despistados, pero presentes. El sentido religioso es el grito que explota como un trueno en el corazón del hombre desmigajándose en sus entrañas y arrastrando todos los sentimientos con sus incansables ecos. Darle la espalda a ese grito, tomar la esponja que nos ofrecen para borrar el horizonte, seguir y seguir sin más, no es la respuesta. Lo sabemos todos. Todos.
           
Pero “el herido de muerte pide auxilio, y Dios sigue sordo a la oración”. No lo dice Feuerbach, sino Job. A Dios no se le encuentra, y eso es un escándalo demasiado insoportable, más de lo que podemos cargar sobre los hombros. Sin Él estamos arrojados a un mundo hostil que es radicalmente incapaz de acompañar con ternura el hondo latir de nuestros corazones. El cosmos desentona –o el ser humano desentona con el cosmos-, y la correspondencia anhelada parece una quimera. ¿En qué se abaja Dios si no tiene nada que ver con nosotros, con nuestros enfados, con nuestra cotidianidad?

Por eso el ateísmo o es un drama insoportable o una impostura. No es posible decir que Dios no existe, que la muerte es el fin absoluto de la vida, el camino hacia el que se dirigen todos nuestros sueños, el fuego en el que han de extinguirse, sin sentir la inmensa, inefable injusticia de la vida humana. No estamos hechos para morir, aunque muramos. No estamos hechos para sufrir, aunque suframos.
           
¿Cómo romper con esta dinámica delirante? Lo único que puede llenar mi alma no está, y sin eso que me falta, que es el todo, no hay nada. ¿Habrá mayor crueldad que este fuego que nos consume y contra el que no hay remedio alguno? No nos extrañe que el hombre contemporáneo se enfade con Dios. Lo hace con una clara conciencia de que su enfado es justo. Es la ira que nace del desengaño amoroso. Puro despecho. Si Tú no estás, si no quieres venir a mí, construiré un mundo aparte. He aquí el verdadero ateísmo contemporáneo, que es en absoluto ateo. Igual que no hay amor sin objeto tampoco hay ira sin él. Construiremos no una torre de Babel, han pasado muchos años y de esas sabemos ya hacer muchas. Haremos un jardín zen. Una armonía que nos permitirá estar juntos obedeciendo a la ley y será el estado quien dictamine lo que es el bien y lo que es mal, y a nosotros nos bastará con obedecer. Un perfecto, ordenado y pulcro jardín zen. Sin embargo sabemos, a poco que seamos sinceros, que no hay nada que exprese mayor violencia que un jardín zen. Es sólo un nuevo truco para seguir corriendo. Nos viene bien tener, al menos, alguna indicación, aunque sea falsa, para correr hacia ella. Cuesta mucho huir no sabemos de qué, pero nos resulta casi imposible huir no sabemos hacia dónde.
           
Como si cayese una lluvia fría nos parapetamos en el portal de cualquier ideología, bajo el toldo de cualquier constructo moral racional con tal de que se parezca lo suficiente a lo que dice todo el mundo, para no estar solo. Miramos hacia otro lado, dejamos pasar las horas, procuramos estar ocupados. Consumimos. Comprar y vender, usar y tirar es un buen somnífero, nos relaja por un tiempo, hasta llega a divertirnos; pero sobre todo calma unos instantes la ansiedad. También podemos hacernos daño, autodestruirnos de mil maneras, como el amante desesperado que se dispara en la sien. Él piensa que lo hace para no sufrir más, pero en realidad busca venganza.
           
Sin embargo, la propuesta cristiana parece a estas alturas algo que ni se ha de contemplar, una auténtica locura. Si fuese verdad, ¿por qué no estaría Cristo aquí, convirtiendo a las piedras en panes, saltando del templo, cogiéndome del pelo para arrastrarme hacia el bien? Para muchos lo que importa no es ser libre, sino tener un buen amo, alguien que les cubra las espaldas mientras ellos siguen a la fuga. ¿Por qué Dios habría de permanecer escondido? Y, todavía peor, ¿cómo va a querer venir en esas vasijas de barro, en esa Iglesia tan fallida? Si no salta del templo, si no viene a mi casa para atarme al bien dichoso, no me sirve. No voy a hacer tanto esfuerzo para seguir un camino ante el que me vence el escepticismo. Para protegerme ya tengo todas las excusas posibles, tengo el argumento perfecto, me he atrincherado en él y así nunca seré vencido.

Quiero que la Iglesia piense como piensa el mundo de hoy (en realidad, siempre el hombre ha querido que la Iglesia pensara lo que él pensaba, igual que siempre ha pretendido que Dios le siguiese las órdenes), que se amolde a los dictados que tocan sobre los homosexuales, el divorcio, el aborto, la eutanasia… y si no los sigue ya tengo qué replicar. ¡Ah, pero si los siguiera! Si los siguiera ya quedaría a la luz que ella no tiene nada que ver con Cristo: ¡a qué tanto cacareo si Su Presencia no tiene ningún efecto, si sois como los demás!
           
Pero lo que nadie puede negar es que hay algunos, si usted quiere diez, si quiere cien, si quiere mil, en realidad a lo largo de la historia millones y millones que, sencillamente, no han sido como el resto. Podemos señalar como inquisidores laicos a los que más pecaron, a los que traicionaron con mayor perseverancia, a los que escondieron mezquinos intereses bajo un manto de prácticas piadosas. Lo que es imposible es negar el hecho de la santidad, sobre todo de la santidad sencilla, la que viene cada mañana a la mesa de trabajo, la que no piensa con los mismos parámetros con los que piensan todos. Hay personas entre nosotros que viven de una forma que para otros es inimaginable, porque su manera de estar ante la realidad corresponde al corazón de cualquiera. Acogen, aman, miran, y también duermen y comen como habíamos perdido la esperanza de que se pudiera acoger, amar, mirar, dormir o comer. Ellos son el hecho de Cristo hoy, el innegable hecho de Cristo hoy. Su Iglesia. Una Presencia que nos hace preguntar, ¿de verdad es posible vivir así?
           
Huir. Comprar, vender, adoptar poses de intelectuales devengados, ir a una charla de Nueva Acrópolis, emborracharme, ver una peli de Woody Allen (a lo mejor hasta “Delitos y faltas”) o de Tarantino, leer a Virginia Wolf, incluso a Don DeLillo… y después comprar y vender y dejar así que pase una semana más, que se consuman las horas; y saber que mi novio, o que mi novia, jamás estarán a la altura de este anhelo feroz que me devora, que por lo tanto me cansaré y que, en realidad, no merece la pena, pero sentirse solo, o sola, sentir que todo es arena entre los dientes, y seguir corriendo, disimular, pasarlo lo mejor posible. Esto es lo que hay. Al fin y al cabo, no es posible obligarse a creer. Nuestra sociedad ya nos ha demostrado que somos muy, pero que muy capaces, de pensar lo que queramos, para lo que basta un poco de voluntad, o de servilismo; pero no es posible obligarse a creer. Eso es suficiente para dejar la conciencia tranquila. Como si se tratara de culpas. Pero no hablamos de culpas, hablamos de si merece la pena vivir, y aquí sólo están Dios y la nada. No hay centro del campo. O buscar a Dios o huir de Él. Este es el paradigma de la libertad. Porque si Cristo es posible, como atestiguan los que realmente viven, el tiempo es oro, estar aquí merece la pena y podemos esperarlo todo. Todo. Si no, puedo seguir a lo mío… tal vez lo de los cristianos sea en realidad una cosa del aparato digestivo. Un cambio de dieta, un purgante… todavía me quedan fuerzas para seguir corriendo.
 
 

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