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“Auméntanos la fe”: Cómo vivir de la confianza en Dios

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/10/13

La fe, como si fuera un músculo, se hace más fuerte cuando más se ejercita, cuando las decisiones las tomamos confiando, de rodillas, con humildad. Una bella reflexión del padre Carlos Padilla

Es necesario aprender a distinguir lo que nos hace verdaderamente plenos y los otros caminos que no nos llevan realmente a la meta anhelada

El otro día un deportista exclamó indignado: – ¡No todo vale! Y es cierto que en la vida no vale todo.

Hay una ética en el deporte, en la empresa, en la política. No se pueden dañar los intereses y los derechos de los demás, no se puede ir contra la vida ajena, no se puede actuar de forma injusta, inmoral.

Hay una verdad suprema, aunque hoy, como dice el papa Francisco en la encíclica Lumen Fidei:

“Queda sólo un relativismo en el que la cuestión de la verdad completa, que es en el fondo la cuestión de Dios, ya no interesa. En esta perspectiva, es lógico que se pretenda deshacer la conexión de la religión con la verdad”.

Principios

Cuando no hay verdades que guíen nuestra vida, cuando todo es relativo, entonces parece que todo vale.

Eso sí, aunque sepamos que hay verdades fundamentales, no siempre es fácil decidir bien y actuar correctamente.

Muchas veces puede parecer que sí, que todo vale, que todo es lícito siempre y cuando el fin que perseguimos sea bueno.

En ocasiones tenemos muy clara la teoría, pero cuando la situación difícil nos toca a nosotros, caen los principios.

Y entonces se deja la ética en casa, o la religión, o al mismo Cristo, con tal de lograr lo que anhelamos.

Queremos lograr nuestro objetivo, lo que nos apasiona e interesa. Queremos que nuestro deseo se haga realidad. Porque pensamos que tenemos derecho a todo lo que deseamos.

No vale todo

Y entonces, ¿qué importan los medios utilizados? ¿Qué importan los daños colaterales? ¿Qué importan la moral y la ética, la religión en la que creemos?

Súbitamente parece que todo es relativo. “No tenemos que ser tan rígidos”, pensamos. No importa entonces cuántas personas queden heridas al borde del camino. No es relevante cuántas normas morales tenemos que saltarnos para lograr lo que queremos.

Parece sencillo, porque todos lo hacen. Y afirmamos que sí, que el fin al final sí justifica los medios.

Sin embargo, ese grito de este deportista nos hace pensar. ¿Realmente vale todo? ¿Es posible que valga todo con tal de lograr el objetivo por el que luchamos? No, no es posible.

Tiene que haber valores con los que no se puede transar, tiene que haber una dignidad del hombre que no puede ser violada, tiene que haber un querer de Dios, una verdad, que esté por encima de todo y nos ayude a decidir.

Dice el papa Francisco en la misma encíclica: “Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común”.

Hay que desconfiar de las soluciones fáciles y de los atajos. Porque de verdad no hay atajos para lograr una vida plena, verdadera y feliz.

En la vida no vale todo y es necesario aprender a distinguir lo que se corresponde con el plan de Dios, lo que nos hace verdaderamente plenos y los otros caminos que no nos llevan realmente a la meta anhelada. Aunque nos parezca lo contrario.

Falsos dioses

Muchas veces creemos en dioses que no salvan y nos dejamos llevar solamente por las opiniones de los hombres.

Nuestra fe es fuerte, pero no en Dios, ni en los hombres, sino en falsos dioses que nos encandilan.

Creemos en el poder del dinero y en el de las influencias. Creemos en la fuerza del éxito y en esos logros que fortalecen nuestro ego.

Por eso nos cuesta más tener fe en Dios y luchar por un Dios al que no vemos en el camino. Creemos en otras verdades que se tocan. Creemos en el valor del éxito, en el fruto de los logros, en la paz de una vida cómoda.

Sin embargo, no creemos en un Dios por el que merezca la pena dar la vida. Nos cuesta amar a quien no vemos y seguir sus pasos sobre las aguas. No vemos su mano tendida en nuestro auxilio, por eso dudamos.

Oración

Tendríamos que aprender a decirle a Dios las palabras que usaba una persona en su oración:

“Ayúdame a callar, para dejarte hablar,
ayúdame a esperar, para dejarte hacer,
ayúdame a estar atenta para escucharte.
Ayúdame a andar despacio, para poder guiarme y así, con tu ayuda,
vaciarme poco a poco para que puedas colmarme”.

Ruidos que dificultan la fe

Colmados de nosotros mismos, de nuestros dioses falsos, del mundo que parece saciarnos, no dejamos que aumente nuestra fe. Estamos ya colmados y satisfechos.

Entonces decidimos en base a los intereses humanos. Lo que creemos que es mejor. Lo que más nos conviene. No le preguntamos a Dios. No vemos puertas abiertas.

El Padre Kentenich nos invita a buscar la voluntad de Dios en Alianza con María. Es necesario buscar puertas abiertas que nos muestren el camino.

A veces la puerta estará casi cerrada y nos dará miedo dar un salto en el vacío. Pero la confianza en Dios nos permitirá saltar.

Practicar la fe

La fe, como si fuera un músculo, se hace más fuerte cuando más se ejercita, cuando las decisiones las tomamos confiando, de rodillas, con humildad. Vacíos de nuestro ego para que nada se interponga entre Dios y ese plan que ha pensado para nuestra vida.

Hablamos de la llamada fe práctica en la divina Providencia que nos conduce y aguarda.

Es necesaria una fe que nos abra al plan de amor de Dios en nuestro camino. No basta con creer grandes dogmas, con aceptar en el corazón importantes verdades. La fe en Cristo, en el Dios de nuestra vida, es una fe práctica, no una fe teórica.

Decía san Alberto Hurtado:

“La fe es una luz que invade. Mientras más se vive, mayor es su luz. Ella todo lo penetra y hace que todo lo veamos en función de lo esencial”.

El Espíritu Santo nos fortalecerá

Pero, ¿cómo se reaviva el don de la fe en nuestro corazón para caminar con esperanza en medio de las dificultades? Con la ayuda del Espíritu Santo. Nunca nos deja. Nos fortalece en el camino.

Es verdad que Cristo va con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¿Por qué tememos? Porque nos olvidamos de lo esencial. Decía el Padre Kentenich:

“Hoy somos muy superficiales y mecánicos en nuestro trato con Dios. Hay que hablar con Dios de manera original y auténtica, cada uno con sus propias palabras. También podemos manifestar nuestro enfado en la conversación con Dios. Eso es infancia espiritual. Hablemos a menudo con Dios, pero no con la boca sino con el corazón”.

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