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«Auméntanos la fe»

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/10/13

La fe, como si fuera un músculo, se hace más fuerte cuando más se ejercita, cuando las decisiones las tomamos confiando, de rodillas, con humildad

Es necesario aprender a distinguir lo que nos hace verdaderamente plenos y los otros caminos que no nos llevan realmente a la meta anhelada

El otro día un deportista exclamó indignado: – ¡No todo vale! Y es cierto que en la vida no vale todo. Hay una ética en el deporte, en la empresa, en la política. No se pueden dañar los intereses y los derechos de los demás, no se puede ir contra la vida ajena, no se puede actuar de forma injusta, inmoral.

Hay una verdad suprema, aunque hoy, como dice el Papa Francisco en la encíclica Lumen Fidei: «Queda sólo un relativismo en el que la cuestión de la verdad completa, que es en el fondo la cuestión de Dios, ya no interesa. En esta perspectiva, es lógico que se pretenda deshacer la conexión de la religión con la verdad». Cuando no hay verdades que guíen nuestra vida, cuando todo es relativo, entonces parece que todo vale.

Eso sí, aunque sepamos que hay verdades fundamentales, no siempre es fácil decidir bien y actuar correctamente. Muchas veces puede parecer que sí, que todo vale, que todo es lícito siempre y cuando el fin que perseguimos sea bueno.

En ocasiones tenemos muy clara la teoría, pero cuando la situación difícil nos toca a nosotros, caen los principios. Y entonces se deja la ética en casa, o la religión, o al mismo Cristo, con tal de lograr lo que anhelamos. Queremos lograr nuestro objetivo, lo que nos apasiona e interesa. Queremos que nuestro deseo se haga realidad. Porque pensamos que tenemos derecho a todo lo que deseamos. Y entonces, ¿qué importan los medios utilizados? ¿Qué importan los daños colaterales? ¿Qué importan la moral y la ética, la religión en la que creemos?

Súbitamente parece que todo es relativo. «No tenemos que ser tan rígidos», pensamos. No importa entonces cuántas personas queden heridas al borde del camino. No es relevante cuántas normas morales tenemos que saltarnos para lograr lo que queremos. Parece sencillo, porque todos lo hacen. Y afirmamos que sí, que el fin al final sí justifica los medios.

Sin embargo, ese grito de este deportista nos hace pensar. ¿Realmente vale todo? ¿Es posible que valga todo con tal de lograr el objetivo por el que luchamos? No, no es posible. Tiene que haber valores con los que no se puede transar, tiene que haber una dignidad del hombre que no puede ser violada, tiene que haber un querer de Dios, una verdad, que esté por encima de todo y nos ayude a decidir.

Dice el Papa Francisco en la misma encíclica: «Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común». Hay que desconfiar de las soluciones fáciles y de los atajos. Porque de verdad no hay atajos para lograr una vida plena, verdadera y feliz.

En la vida no vale todo y es necesario aprender a distinguir lo que se corresponde con el plan de Dios, lo que nos hace verdaderamente plenos y los otros caminos que no nos llevan realmente a la meta anhelada. Aunque nos parezca lo contrario.

Es cierto que muchas personas ven a la Iglesia como esa especie de Sanedrín que lo controla todo, que lo regula todo y decide lo que se puede hacer y lo que no corresponde. Una persona me decía: «La Iglesia decide lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede hacer y lo que no, eso no motiva a nadie. No me gusta una Iglesia que sólo prohíbe». Es por eso que muchos se alejan de la Iglesia para que así, lejos de su influencia, todo valga.

Es curioso. Como si la Iglesia estableciera las normas morales para restringir nuestro actuar, en lugar de señalarnos un camino pleno. Como si el único objetivo de Cristo en la tierra hubiera sido poner cauces a la vida del hombre, límites y barreras y no el que fue realmente, abrir cárceles, ensanchar el corazón del hombre, sanar tantas heridas. Como si los mandamientos de Dios fueran cadenas que nos atan y nos impiden volar libremente, en lugar de ser un camino de vida, de felicidad y plenitud. Como si el único sentido de la fe fuera saber lo que podemos hacer y lo que está prohibido, lo que no se puede realizar, lo que nos hace daño, saber lo que es pecado y lo que no lo es, en lugar de ser esa luz que nos muestra el camino verdadero, el camino de la vida y la esperanza.

Muchas personas acuden a nosotros, los sacerdotes, para hacernos la misma pregunta: « ¿Es esto pecado o no? ¿Puedo hacerlo? ¿Puedo comulgar?» Y buscan así en nosotros un asidero para tomar de forma justificada sus decisiones, alguien que se responsabilice de sus decisiones, una palabra que les dé paz. Buscan que tomemos por ellos la decisión, porque sus dudas les impiden avanzar. Porque da miedo arriesgar, decidir, tomar opciones solos, porque una decisión siempre implica riesgos, nos pone en evidencia y puede alterar el rumbo que seguimos.

Por eso hoy nos preguntamos: ¿Qué valores y principios deciden nuestro actuar? ¿Qué medios nos resultan adecuados para buscar el fin que perseguimos y cuáles no? ¿Dónde no podemos nunca transar? ¿Cómo tomamos las decisiones? No es tan sencillo. Pero lo que está claro es que Cristo está en el centro de nuestra fe para darnos una vida plena, no para limitar nuestro actuar.

El hombre está en el centro del corazón de Cristo, guardado en Dios, no para que no se pierda, sino para que tenga vida en abundancia. Y por eso nuestras decisiones tienen que pasar por el corazón de Dios, han de ser tomadas en oración, de rodillas, en silencio.

Es por eso que en la vida no vale todo, porque no todo dignifica al hombre y lo hace más de Dios, imagen de su belleza y de su amor. Porque la vida es un don y no un derecho, igualmente el amor que damos y recibimos, y también todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Porque no se construye nuestro caminar sobre la base de un conjunto de derechos protegidos y guardados, como si todo tuviera que suceder de acuerdo con un plan delineado por nuestro deseo más íntimo. Porque el mismo cielo es un don, fruto de la misericordia de Dios y de nuestro sí alegre a la voluntad de nuestro Padre, y no algo que nos ganemos a base de esfuerzo.

El cielo es un regalo que se corresponde con nuestro caminar aquí en la tierra, con nuestra coherencia, con nuestra forma de amar, y al mismo tiempo desborda todas las posibles expectativas y deseos. Colma, por desborde, el ansia que tenemos de infinito. Nuestros actos, gestos torpes, reflejo del amor de Dios, quedan guardados para la eternidad.

Sin embargo, muchas veces vivimos con derechos, exigiendo, esperando, pretendiendo, echando en cara a Dios los fracasos y las pérdidas. Como si Él no se hubiera atenido a las normas de juego y su actuar fuera injusto.

A la vida del hombre le corresponde la plenitud, estamos hechos para el amor y no para la pérdida. Entonces, ¿qué sentido tienen el fracaso, la muerte, la enfermedad, la ausencia? ¿Por qué tenemos que renunciar cuando el corazón sólo desea poseer para siempre? Si podemos hacerlo todo, lograrlo todo, ¿qué sentido tienen la renuncia, las caídas y la pérdida?

El corazón desea el infinito, las altas cumbres, los sueños más sublimes, el amor que no pasa. El corazón no se conforma con una vida mediocre, plana, aburrida. Lo quiere todo. Quiere el agua y la tierra, el bosque y el desierto, el sí y el no, el infinito y lo finito, la soledad y la compañía. No se sacia nunca. Siempre busca una meta más alta, la siguiente, el siguiente día, el amor más pleno. Busca, anhela y sueña. Nunca es bastante. Siempre puede haber más.

Entonces se encarama sobre la roca de su orgullo y busca lo que no logra alcanzar. Desesperado vuelve a caer en un grito que brota de sus entrañas. Y exclama: «Sí, todo vale». Y desea seguir subiendo, remando, aspirando. Pero, ¿realmente todo vale? la meta, sólo la meta brilla ante los ojos y podemos perder la perspectiva. No queremos renunciar, ¿qué sentido tiene la renuncia si lo podemos conseguir todo?

Pese a ello puede surgir la pregunta, ¿es ésa la meta que Dios quiere? ¿Tenemos derecho a tener todo lo que deseamos, lo que sería lógico, lo que se corresponde con nuestro estado y vocación, lo que otros muchos tienen y disfrutan?

Reaccionamos a veces como esos niños consentidos que se agarran tozudos a sus sueños de azúcar y juegos. La renuncia no entra en sus corazones inmaduros. Tal vez tampoco en los nuestros, que no aceptan el no como respuesta, ni los cambios de planes. Porque también somos inmaduros. Renunciar nos parece pagar un precio demasiado alto, y no estamos dispuestos. ¿Qué sentido tiene? Renunciar a metas valiosas, posibles, grandes y bonitas, ¿por qué? ¿Para qué? ¿Por qué nosotros y no mejor los otros? La vida es un don y hay que exprimir todo lo que tenemos, mientras podemos, tanto cuando sea posible.

Hoy el Evangelio comienza con una súplica: «En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: – Auméntanos la fe». Es el deseo de todo corazón que busca a Dios y se da cuenta de lo duro que es el camino. Mira la pobreza a la que nos invita el Señor como una misión de vida, mira el peligro del escándalo y tiene miedo, porque se siente débil.

Nos cuesta creer, nos falta fe en nosotros mismos y en la vida. Dudamos, nos sentimos inseguros. Todos queremos que Dios nos aumente la fe, porque tenemos muy poca. Nos cuesta creer en lo que vemos y tocamos, en el amor que nos regalan otros, en la capacidad que tenemos para luchar cada día venciendo obstáculos y así llegar a la meta.

Nos falta fe en el hombre y en sus capacidades. Nos cuesta creer en el perdón que sana y olvida, y por eso tardamos en perdonar. Nos cuesta creer en los cambios, en los propósitos de enmienda, porque pensamos que el hombre no puede cambiar a base de esfuerzo. Nos cuesta creer en nosotros mismos.

Es por eso que vivimos con una cierta desilusión con ese hombre caído, fracasado, herido. Desilusionados con los escándalos que hemos vivido y nos llenan de dudas sobre la bondad de la raza humana. ¿Vamos a caer siempre en lo mismo? ¿Una y otra vez vamos a experimentar la debilidad?

Cuanto más conocemos a las personas, más nos cuesta creer en los cambios. Tampoco creemos en lo que podemos llegar a ser nosotros mismos. Nos falta fe en nuestras capacidades, en nuestras posibilidades.

Siempre que le pregunto a alguien que me diga diez talentos suyos, lo hace con dificultad y casi siempre en relación con los que poseen el mismo talento en alto grado: «Sí, soy alegre, pero no tanto como…». Nunca nos parece bastante, nunca somos suficientemente buenos. Por eso no creemos en nuestras capacidades.

Es verdad que a veces pensamos que estar demasiado convencidos de nuestra grandeza y belleza va contra la humildad. Pero no es así. La humildad siempre es verdad. La humildad se construye sobre la verdad de nuestra vida. Decía el Padre José Kentenich: «En el reconocimiento de nuestra pequeñez frente a Dios está nuestra grandeza, pues eso significa un sí a nuestra estructura de ser»[1].

La pequeñez es real. Hay una desproporción entre lo que soñamos y lo que somos. Pero esa pequeñez nuestra es algo grande. Reconocer la pequeñez no significa que no veamos todo el potencial que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Tenemos que creer en la bondad que Dios ha sembrado en el alma, en la vida que Dios nos ha dado, en los medios que ha puesto a nuestro alcance para cambiar el mundo. No somos solo tierra, somos barro que, modelado por Dios, embellece la vida. Somos una obra de arte en potencia.

El otro día leía esta frase: «No hay poder mas excelso que el de la autoconfianza. Hazte consciente de tu fuerza interior y veras como lograrás alcanzar hasta lo imposible». La fe en nosotros mismos nos da alas para volar más alto. La fe en los demás, les da alas a ellos para la vida. El amor y la confianza que damos hacen que el alma de los demás sea más grande y libre. Nuestra desconfianza y desprecio los empequeñece más todavía. Es el poder de la fe. Es la fe en el hombre, en su bondad, en su fuerza, en su capacidad. A veces nos falta. Por eso dejamos de luchar por lo que queremos. Porque desconfiamos y abandonamos.

Toni Nadal decía tras una victoria de su sobrino en un torneo de tenis: «Me emocionó seguir viendo luchar a mi sobrino cada punto y conseguir al final la victoria». Es la fe en lo que podemos llegar a lograr, la fe en la victoria. Sin esa fe dejamos de luchar, nos conformamos y aburguesamos.

Es fundamental que crean en nosotros para que nosotros empecemos a creer. La fe de los demás en nuestra belleza nos hace más bellos. Sin esa fe en lo que podemos hacer no funcionamos y tiramos la toalla.

Por eso siempre en el Santuario, donde nos espera María, le decimos: «Nada sin ti, nada sin nosotros». Es la certeza de saber que sin María y sin Dios, nada podemos. Ellos creen en nosotros y construyen sobre nuestra naturaleza caída y débil, santa y confiada. Nada sin nosotros, nada sin nuestra entrega, porque Dios necesita nuestro sí, nuestra lucha, nuestra ofrenda generosa. Sin nuestro sí, Dios no puede construir. Sin el sí de Dios, no avanzamos.

Hoy el Señor nos recuerda que si tuviéramos un poco de fe sería posible hasta lo que nos parece imposible: «El Señor contestó: – Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña: – Arráncate de raíz y plántate en el mar. Y os obedecería».

Nuestra fe en los hombres es débil, pero también lo es nuestra fe en aquello que anhelamos y no vemos. Nos falta creer en ese Dios que nos ama y nos espera anhelante. Nos falta fe en ese Dios providente, cercano, bueno, lleno de amor. No vemos a Cristo caminar a nuestro lado. Nos cuesta sentir el abrazo de María cada vez que nos turbamos.

No escuchamos su voz en el silencio y su ausencia aparente nos desconcierta. Entonces hacemos propias las palabras del profeta que no encuentra la luz: « ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: – Violencia, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?». Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4.

Algo de desesperanza reina en el corazón del hombre que no ve la luz en medio de la oscuridad, ni encuentra la calma en el fragor de la tormenta. Si escucháramos la voz de Dios, si creyéramos en su presencia y en su poder, todo cambiaría. Lo que sucede es que hemos endurecido el corazón y no queremos saber la verdad: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: – No endurezcáis vuestro corazón. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía». Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9.

Endurecemos el corazón y ponemos el acento en nuestras propias fuerzas, pensando que somos todopoderosos y eternos. Creemos que sólo con nuestros medios podremos lograr lo que queremos.

Por eso, cuando no tenemos medios suficientes, cuando fallan las fuerzas humanas, cuando es imposible lo que nos proponemos, entonces no vemos la salida y crece la desesperanza. En medio de esta crisis que vivimos nos falta ver la luz el final del túnel.

Dudamos, desconfiamos de Dios, sufrimos su ausencia. ¿Quién lleva el timón de nuestra barca? Construimos muchas veces sobre nuestra capacidad. Sólo sobre medios humanos. Pero la Iglesia no ha perdurado siglos en este mundo construida sobre la fortaleza de grandes hombres. No, Dios levanta grandes castillos sobre la fragilidad humana. Dios se hace fuerte en la debilidad del corazón que tiembla y se conmueve.

María es el ejemplo de esa fe construida sobre débiles hombros. Decía el P. Kentenich: «Ella cree, aunque todo parezca indicar lo contrario. Mantuvo su fe en la palabra y en la misión de Cristo»[2].

La esclava del Señor, la niña dócil a su Palabra, no duda. No basa su fe en sus fuerzas, en la rapidez de su palabra, en la inteligencia de su corazón. Ella, la niña mujer, la Esposa y Madre, aceptó su debilidad, reconoció sus límites y puso su fe en un Dios que no conoce barreras: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra».

Cree en un Dios cuyo amor es más grande que la muerte y la ha amado fijándose en su pequeñez. Su fe la pone en camino, la convierte en peregrina, en hija, en Esposa, en Madre.

La fe, nuestra propia fe, por lo tanto, no es una fe en lo que vemos y tenemos. Es un salto en los brazos de Dios que nos espera lleno de alegría. Es la fe en Jesús que nunca se olvida de nosotros y camina a nuestro lado. Es la fe en el poder de Dios que todo lo puede.

Decía el Papa Francisco: «No nos hacemos cristianos por nuestras propias fuerzas. La fe es un don de Dios que se nos da en la Iglesia y por medio de la Iglesia». En la Iglesia, en esa misma Iglesia en la que abunda a veces el pecado y se manifiesta la debilidad del hombre.

Es la fe en un Dios que construye sobre el barro del hombre que cree y persevera. Y con ese barro hace grandes milagros.

Los santos llegaron a ser santos cuando experimentaron en sus vidas el amor de Dios. Cuando supieron que era Dios el que santificaba sus pasos y no ellos los que bordaban la perfección por medio de obras inmaculadas. Dios hizo posible sus grandes saltos de confianza. Dios los ayudó a perseverar en medio de la oscuridad y les hizo creer en todo lo que podían alcanzar si se hacían dóciles a su voluntad cada mañana. Dios levantó sus vidas hasta el cielo.

Pero muchas veces creemos en dioses que no salvan y nos dejamos llevar solamente por las opiniones de los hombres. Nuestra fe es fuerte, pero no en Dios, ni en los hombres, sino en falsos dioses que nos encandilan. Creemos en el poder del dinero y en el de las influencias. Creemos en la fuerza del éxito y en esos logros que fortalecen nuestro ego.

Por eso nos cuesta más tener fe en Dios y luchar por un Dios al que no vemos en el camino. Creemos en otras verdades que se tocan. Creemos en el valor del éxito, en el fruto de los logros, en la paz de una vida cómoda. Sin embargo, no creemos en un Dios por el que merezca la pena dar la vida. Nos cuesta amar a quien no vemos y seguir sus pasos sobre las aguas. No vemos su mano tendida en nuestro auxilio, por eso dudamos.

Tendríamos que aprender a decirle a Dios las palabras que usaba una persona en su oración: «Ayudame a callar, para dejarte hablar, ayudame a esperar, para dejarte hacer, ayudame a estar atenta para escucharte. Ayudame a andar despacio, para poder guiarme y así, con tu ayuda, vaciarme poco a poco para que puedas colmarme».

Colmados de nosotros mismos, de nuestros dioses falsos, del mundo que parece saciarnos, no dejamos que aumente nuestra fe. Estamos ya colmados y satisfechos. Entonces decidimos en base a los intereses humanos. Lo que creemos que es mejor. Lo que más nos conviene. No le preguntamos a Dios. No vemos puertas abiertas.

El Padre Kentenich nos invita a buscar la voluntad de Dios en Alianza con María. Es necesario buscar puertas abiertas que nos muestren el camino. A veces la puerta estará casi cerrada y nos dará miedo dar un salto en el vacío. Pero la confianza en Dios nos permitirá saltar.

La fe, como si fuera un músculo, se hace más fuerte cuando más se ejercita, cuando las decisiones las tomamos confiando, de rodillas, con humildad. Vacíos de nuestro ego para que nada se interponga entre Dios y ese plan que ha pensado para nuestra vida.

Hablamos de la llamada fe práctica en la divina Providencia que nos conduce y aguarda. Es necesaria una fe que nos abra al plan de amor de Dios en nuestro camino. No basta con creer grandes dogmas, con aceptar en el corazón importantes verdades. La fe en Cristo, en el Dios de nuestra vida, es una fe práctica, no una fe teórica.

Decía San Alberto Hurtado: «La fe es una luz que invade. Mientras más se vive, mayor es su luz. Ella todo lo penetra y hace que todo lo veamos en función de lo esencial».

La fe es un don que pedimos cada día, porque cada día podemos perderlo. La fe ilumina nuestros pasos. Sabemos lo que significa vivir con fe, con una fe que cambia la vida: «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe».

Vivir de la fe es posible cuando vivimos en Cristo, atados a Él, llenos de su vida. Cuando hemos puesto en Él el corazón y lo amamos. Decía San Pablo: «Con el corazón se cree ». Rm 10,10.

Creer no es aceptar con la razón un conjunto de verdades y dogmas, el catecismo en su totalidad. Muchas personas desean tener clara la doctrina y tal vez lo logran, pero luego, cuando se trata de actuar, lo guardan todo en el cajón de la memoria y se dejan llevar por lo que desea el corazón. La vida es más fuerte y olvidan sus convicciones. Su razón está convertida, vuelta hacia Dios, pero el amor de Dios parece no haber tocado el corazón.

Es cierto que construimos nuestra vida sobre el depósito de la fe, pero necesitamos que el corazón esté comprometido, apasionado por el amor de Dios y enamorado. Necesitamos amar aquello en lo que creemos.

Dice el Papa Francisco en la encíclica Lumen Fidei: «En la Biblia el cora­zón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mun­do y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. En él nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo. La fe transforma toda la perso­na, porque la fe se abre al amor».

La fe nos abre al amor de Dios y deja que todo nuestro ser sea penetrado por ese amor. Es una fe viva que nos habla de una unión profunda con Cristo. En su corazón herido vivimos y aprendemos a vivir. Nos sabemos amados y aprendemos a amar.

Una fe práctica nos lleva a creer que este mundo en el que vivimos se cambia con nuestro sí. Nuestras decisiones sí que importan. Cambiamos el mundo con nuestros gestos de amor y entrega. Un amor frágil y torpe, desordenado y tibio. Pero un amor encendido en el fuego del amor de Dios.

Queremos reavivar el don de la fe que hemos recibido. Hoy escuchamos: «Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús. Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros». 2 Timoteo 1, 6-8. 13-14.

Pero, ¿cómo se reaviva el don de la fe en nuestro corazón para caminar con esperanza en medio de las dificultades? Con la ayuda del Espíritu Santo. Nunca nos deja. Nos fortalece en el camino.

Es verdad que Cristo va con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¿Por qué tememos? Porque nos olvidamos de lo esencial. Es después de hablar de la pobreza y de los escándalos que los discípulos piden que aumente su fe. Sí, porque humanamente constatan su debilidad. ¿Cómo luchar y confiar cuando nos faltan las fuerzas humanas? Sin fe no podemos. Es fundamental aumentar nuestra vida en Cristo, cuidar nuestra intimidad con Él.

Decía el Padre Kentenich: «Hoy somos muy superficiales y mecánicos en nuestro trato con Dios. Hay que hablar con Dios de manera original y auténtica, cada uno con sus propias palabras. También podemos manifestar nuestro enfado en la conversación con Dios. Eso es infancia espiritual. Hablemos a menudo con Dios, pero no con la boca sino con el corazón»[3].

La verdadera oración brota del corazón de un niño confiado. Es la oración sencilla de pocas palabras. En la que se confunden la alegría y la paz, los enfados y las esperanzas. Es la oración que suplica tener más fe. No para no dudar nunca, porque eso es parte de la vida del peregrino. Sino para perseverar en la duda. Con sencillez, con la certeza de saber que estamos de paso. Que sólo aportamos un grano de arena en la construcción de un mundo mejor. Pero con la alegría de saber que ese grano es único, bello y muy querido por Dios.

Esta fe que suplicamos va siempre unida al servicio y a la humildad. Nos dice Jesús: «Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: – En seguida, ven y ponte a la mesa? ¿No le diréis: – Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: – Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». Lucas 17, 5-10.

Parece sencillo. Supone caminar en la vida como pobres siervos que hacen lo que Dios les pide. Sólo eso. No esperamos grandes recompensas, ni tampoco que nos sirvan al volver a casa cansados. Al fin y al cabo no hacemos nada especial, sólo damos la vida. Es el amor a Cristo el que nos mueve a servir y actuar. Es el amor el que mueve el corazón y no sólo las palabras o las teorías.

Decía el Papa Francisco: «Se debe conocer a Jesús en el Catecismo. Pero no es suficiente conocerlo con la mente: es un paso. Pero a Jesús es necesario conocerlo en el diálogo con Él, hablando con Él, en oración, de rodillas. Si tú no rezas, si tú no hablas con Jesús, no lo conoces. Tú sabes cosas de Jesús, pero no vas con ese conocimiento que te da el corazón en la oración. Conoces a Jesús con el corazón, en la oración, en diálogo con Él».

En oración, en silencio, cuidamos el amor. En ese diálogo callado y constante. En la paz del corazón que nos llega de lo alto. De rodillas, con humildad. Siervos humildes somos. Sin pretensiones, sin creernos especiales o importantes.

A veces pensamos que el mundo iría peor sin nuestro aporte. Es cierto, tal vez, pero eso no nos hace más orgullosos. Al contrario, más agradecidos por el don recibido. Somos pequeños y pecadores. Necesitamos cada día volver a experimentar el amor de Dios, su misericordia, para volver a caminar.

El hijo mayor de la parábola del hijo pródigo sentía que tenía derecho a una fiesta. Se lo había ganado. Se había ganado el cielo, diríamos ahora. Sin embargo, el pequeño, el que fue débil y se dejó llevar por sus pasiones, vuelve arrepentido. No tiene derecho a nada, sólo tiene hambre. La fiesta para él no es algo merecido, es más bien injusto. Se siente un siervo inútil y se deja celebrar aunque no comprende, la misericordia lo desborda.

Ojalá nos pareciéramos siempre más al hijo débil y valiente que regresa. Al que no tiene miedo al abrazo de su Padre, aunque no lo conoce. Así deberíamos ser. Siervos pobres y humildes. Pequeños y convencidos de nuestra fragilidad. Cuando nos sentimos fuertes, surgen los derechos, las expectativas, las pretensiones. Y ya entonces no necesitamos la misericordia de Dios.


[1] J. Kentenich, “Dios presente”, 212
[2] J. Kentenich, “Dios presente”, 211
[3] J. Kentenich, “Niños ante Dios”, 143

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