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La Iglesia de la Misericordia de Papa Francisco no es una iglesia del relativismo

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Muchos aplauden la “revolución”, pero en realidad todo está en la auténtica tradición

En un amplia entrevista a la revista Civiltà Cattolica, el Papa Francisco explica las prioridades de la Iglesia, la importancia de la misericordia y del salir al encuentro de las situaciones y de las personas heridas. La Iglesia como “un hospital de campaña”. Acogida a los divorciados, homosexuales, personas que han practicado el aborto. Muchos aplauden la “revolución”, pero en realidad todo está en la auténtica tradición. La importancia de la mujer en la Iglesia, de la colegialidad con los ortodoxos. “Soy un pecador al que el Señor me ha mirado”.
 
Ciudad del Vaticano (AsiaNews)- “La Iglesia a veces se ha encerrado en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Lo más importante, sin embargo, es el primer anuncio: “¡Jesucristo te ha salvado!”. Y los ministros de la Iglesia deben, antes que nada ser “ministros de misericordia”.
 
Según el Papa Francisco, testificar la misericordia “es la necesidad más grande de la Iglesia en la actualidad”, lo afirma de varias maneras en la larga conversación-entrevista que le concedió a su hermano jesuita, el padre Antonio Spadaro, director de la Civiltà Cattolica y que se ha difundido simultáneamente en muchas publicaciones de esta orden.
 
Demasiado a menudo –explica el Papa- la Iglesia se muestra más interesada en la organización y en la moral, y va hacia el mundo presentando solo las reglas: “Una pastoral misioneros no está obsesionada por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que hay que imponer con insistencia. El anuncio de tipo misionero se concentra en la esencia, en lo necesario, que es lo que apasiona y atrae más, lo que hace que el corazón arda, como a los discípulos de Emaús. Debemos encontrar un nuevo equilibrio, de otra forma el edificio moral de la Iglesia se puede derrumbar como un castillo de naipes, se arriesga a perder la frescura y el perfume del Evangelio. La propuesta evangélica debe ser más simple, profunda, irradiante. Y de esta propuesta vienen después las consecuencias morales”.
 
El Pontífice afirma así lo que se ha convertido en su eslogan desde su elección (antes incluso, desde el Cónclave): “Salir” hacia “las periferias existenciales y geográficas”. En la entrevista, él dice: “En vez de ser solo una Iglesia que acoge y recibe con las puertas abiertas, busquemos ser una Iglesia que encuentra nuevos caminos, que es capaz de salir de sí misma e ir hacia quien no la frecuenta, quien se ha ido o quien es indiferente. Quien se ha ido a veces lo ha hecho por razones que, si se entienden bien y se valoran, pueden llevar a que vuelvan. Pero es necesario tener audacia, valentía”.
 
Diversos medios de comunicación han presentado su entrevista como una “revolución”, una “apertura”, hasta suponer casi un “repudio” del magisterio de Juan Pablo II y de Benedicto XVI.
 
En realidad, cada misionero y cada cristiano sabe que primero es necesario el anuncio de la salvación ofrecida por Jesucristo, después la catequesis (y la doctrina), después la moral. Destacar siempre y solo la moral es un error de configuración.
 
La verdadera novedad de Papa Francisco, más que a nivel doctrinal y a nivel de comportamiento: “La primera reforma -dijo él- debe ser la del comportamiento. Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de calentar el corazón de las personas, de caminar en la noche con ellos, de saber dialogar y también de descender en sus noches, en sus oscuridades. El pueblo de Dios quiere pastores y no funcionarios o clérigos de Estado”.
 
“Sueño –añadió- una Iglesia Madre y Pastora. Los ministros de la Iglesia deben ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándoles como el buen samaritano que lava, limpia, alivia a su prójimo. Este es el Evangelio puro. Dios es más grande que el pecado. Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después”.
 
Quien quiere poner en contraste esta actitud con el pasado magisterio, debería recordar que Juan Pablo II dedicó una encíclica a la misericordia (“Dives in misericordia”), que Benedicto XVI colocó el testimonio del Dios de misericordia en la base de la civilización humana.
 
También lo que él dice sobre la acogida a los divorciados, los homosexuales, las personas que eligieron el aborto, no presenta ninguna novedad doctrinal: sincerándonos, basta una lectura del Catecismo de la Iglesia Católica. En la entrevista, el mismo Papa Francisco lo afirmó: “debemos anunciar el Evangelio en todos los caminos, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de enfermedad y de herida. En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales, que son “heridos sociales”, porque me decían que sentían que la Iglesia los condenaba siempre. Pero la Iglesia no quiere hacer esto. Durante el vuelo de vuelta de Río de Janeiro dije que, si una persona homosexual tiene buena voluntad y está buscando a Dios, yo no soy quien para juzgarla. Diciendo esto he dicho lo que dice el Catecismo. La religión tiene el derecho de expresar su propia opinión al servicio de la gente, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: la injerencia espiritual en la vida personal no es posible”.
 
Una vez más, el Pontífice destaca la actitud de apertura, de acogida de la persona, sin poner antes que nada principios y reglas: “No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar”.

“Veo con claridad –prosigue– que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental”.

Otra novedad interesante sobre la reforma de la Iglesia es lo que Francisco dice a propósito de la certeza de la fe.

En el  “buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Debe dejarlo. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él”. Una afirmación tal es analizada por algunos como la confirmación de que finalmente también el Papa es de los nuestros, “del partido del relativismo”; finalmente puedo aceptar el hecho de que la verdad no existe.

El mismo Pontífice se pregunta : “¿Es relativismo? Sí, si se entiende mal, como una especie de confuso panteísmo. No, si se entiende en el sentido bíblico, según el cual Dios es siempre una sorpresa y jamás se sabe dónde y cómo encontrarlo, porque no eres tú el que fija el tiempo ni el lugar para encontrarte con Él”.  En realidad el Papa no hace otra cosa que subrayar la tradicionalísima doctrina agustiniana: “Si lo comprendes, no es Dios”: Dios no se puede encajar en una idea, en reglas, en discursos, pero se le puede encontrar. La Verdad se puede encontrar en la historia, “en la aventura de la búsqueda del encuentro y del dejarse buscar y encontrar por Dios”.

En la misma entrevista, Francisco explica el valor de la adoración silenciosa vespertina ante el tabernáculo, para recordar “lo que he hecho por Cristo”, pero sobre todo para reavivar la conciencia de “que el Señor se acuerda de mí”.

Otro punto tocado en la entrevista es el del papel de la mujer en la Iglesia. El Pontífice apuesta por “una teología de la mujer en la Iglesia” que dé valor a su aporte específico, también en puestos de responsabilidad, pero pone en guardia contra “el machismo con faldas”, las reivindicaciones de tipo feminista que quieren hacer a la mujer igual al hombre (“en realidad la mujer tiene una estructura diferente a la del hombre”): Cualquier teólogo en boga ha aplaudido la posibilidad de que “finalmente” se dé el sacerdocio femenino. Pero el mismo Papa, en la entrevista, dice: “La mujer es imprescindible para la Iglesia. María, una mujer, es más importante que los obispos. Digo esto porque no hay que confundir la función con la dignidad”. El punto, por tanto, es encontrar el aporte específico y la dignidad del “genio femenino” –como decía Juan Pablo II- sin querer limitar este descubrimiento a una simple equiparación de funciones.

Un punto innovador citado en la conversación es el de la colegialidad aplicado al gobierno de la Iglesia y a las relaciones ecuménicas.
 
“Creo… que la consulta es muy importante. Los Consistorios, los Sínodos son, por ejemplo, lugares muy importantes para hacer verdadera y activa esta consulta. Es necesario hacerlos menos rígidos en la forma. Quiero consultas reales, no formales. La Consulta de los ocho cardenales, este grupo consultivo outsider, no es una decisión solamente mía, sino que es fruto de la voluntad de los cardenales, así como también fue expresada en las Congregaciones Generales anteriores al Cónclave. Y quiero que sea una Consulta real, no formal”.
 
Y de nuevo: “Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el Papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. Quizá es tiempo de cambiar la metodología del sínodo, porque la actual me parece estática. Eso podrá llegar a tener valor ecuménico, especialmente con nuestros hermanos ortodoxos. De ellos podemos aprender mucho sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre la tradición de sinodalidad. El esfuerzo de reflexión común, observando cómo se gobernaba la Iglesia en los primeros siglos, antes de la ruptura entre Oriente y Occidente, acabará dando frutos.

También en esto el Papa Francisco es, de alguna manera, deudor de las visitas y de los encuentros de Juan Pablo II con muchas personalidades ortodoxas y del gran trabajo ecuménico de Benedicto XVI, que hace años pidió a las Iglesias ortodoxas que lo ayudasen a expresar el ministerio petrino para que fuese aceptable para ellos y fiel a la tradición de la Iglesia indivisa.
 
No es posible resumir toda la riqueza de la conversación de la entrevista: hay muchos temas como la relación de las Iglesias jóvenes con las antiguas, entre teología y pueblo, entre laboratorios pensantes y experiencias de frontera. Para esto remitimos a la lectura completa del texto.
 
Pero vale la pena citar un aspecto más: la de la actitud personal del Papa Francisco, su corazón, cuando intenta definirse a sí mismo: “Soy un pecador al que el Señor ha mirado”. Y revela el estilo de vida del beato Pedro Fabro (1506-1546), uno de los primeros compañeros de San Ignacio de Loyola, muy cercano a este: “El diálogo con todos, aun con los más lejanos y con los adversarios; su piedad sencilla, cierta probable ingenuidad, su disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el ser un hombre de grandes y fuertes decisiones que hacía compatible con ser dulce, dulce…”.

“Mis decisiones, incluso las que tienen que ver con la vida normal, como el usar un coche modesto, van ligadas a un discernimiento espiritual que responde a exigencias que nacen de las cosas, de la gente, de la lectura de los signos de los tiempos. El discernimiento en el Señor me guía en mi modo de gobernar”.

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