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El purgatorio de Dante, la austeridad y el consumismo.

César Nebot - publicado el 27/09/13

¿Quién nos está diciendo qué es lo que necesitamos consumir?

En el marco de la actual crisis que sume a Europa, el mantra repetido hasta la saciedad desde gobiernos e instituciones europeas es la necesidad de alcanzar cotas de austeridad que compensen el despilfarro de la pasada década, en especial, por el excesivo consumo a crédito de las economías periféricas.

La crisis de la deuda pública y el temor a que por encima de cierto umbral se convirtiera en insostenible confirieron una base científica a las políticas de austeridad consolidada en el 2010 por el artículo de Rogoff y Renhart, que cuantificaba ese umbral en un 90% del PIB. Para las instituciones europeas y para Ángela Merkel, las políticas de austeridad iban por buen camino aunque sus frutos no se vieran. No obstante, en el 2013, un artículo de Herndon, Ash y Pollin desmontó la validez empírica del anterior estudio: existían una serie de graves errores metodológicos y los datos no corroboraban tal umbral. A pesar de esto y de las duras consecuencias de la austeridad, las autoridades han persistido como un virtuoso Ulises atado al mástil mayor impertérrito a las voces que critican las medidas.

Ante este panorama, uno se pregunta si esta austeridad es una virtud en la que persistir y de la que podemos sacar lecciones o bien es un suicidio económico.

No deja de ser curioso que en la pasada década, lo virtuoso en términos de economía era todo lo contrario, el consumismo; recordemos la llamada de George Bush al patriotismo consumista en la campaña de Navidad de 2001 tras los atentados a las Torres Gemelas o las políticas monetarias expansivas de las autoridades monetarias a nivel mundial para salir de la crisis de las PuntoCom que dio lugar a una de las épocas más largas de bajos tipos de interés. Con el cambio de década, lo virtuoso ha cambiado y lo que lo fue virtud ahora se le acusa de pecado de irresponsabilidad.

Si bien el consumismo se asocia a la opulencia y a la gula, la austeridad que se nos impone nada tiene que ver con la virtud de la templanza. Sus “profetas” no están exentos de doble moral. El expresidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales Gerardo Díaz Ferránexigía mayor austeridad mientras cometía delito de alzamiento de bienes y hoy se le investiga por evasión de capitales. O al menos de falta de elegancia, como mencioné en el artículo anterior, de Christine Lagarde recomendando reducciones salariales de un 10% cuando ella misma se había aumentado un 11% elevado sueldo; o el propio vicepresidente de la Comisión Europea Olli Rehn cuya retribución es unas 15 veces la de un español medio.

En el fondo, el problema no reside en el debate entre el consumismo y la austeridad. Dejo para otra ocasión la disección macroeconómica de los efectos y defectos de las políticas de austeridad. Si queremos desentrañar alguna lectura importante en este debate entre austeridad y consumismo, debemos buscar en la raíz de la propia definición de economía.

Si bien la economía es la ciencia que estudia la administración de los recursos para la satisfacción de las necesidades humanas, su objeto se cierne en torno a los mecanismos de asignación que permiten la satisfacción de las necesidades pero no en la génesis de esas necesidades. ¿Simplemente, vienen dadas? El modelo del consumismo consolidado desde mediados del siglo XX, se encuentra cimentado sobre la cesión de la capacidad de decisión sobre cuáles son nuestras necesidades. Nuestra educación no orientada necesariamente a la sostenibilidad del medio si no a su sometimiento, la producción en masa bajo el paradigma americano de la obsolescencia programada y los estímulos publicitarios nos han acabado programando en la libertad de qué elegir para satisfacer nuestras necesidades pero no en decidir cuáles son.

Así pues, buscamos satisfacer unas necesidades que hemos permitido que alguien nos las vaya sobredimensionado sin pedirnos permiso. Asumimos con ciega naturalidad como virtud la necesidad de cambiar de móvil, de ordenador, de coche, de lavadora, de televisor, de ir a la moda, de acumular ropa y renovarla cada poco. Se tira la casa por la ventana en bodas, bautizos, comuniones y fiestas civiles. Lo superfluo se transmuta en imprescindible y lo útil en inservible de la noche a la mañana por las modas o tendencias. Y esta externalización de nuestra decisión sobre nuestras necesidades propicia que la insatisfacción vaya en aumento. Si la felicidad está conectada con el bienestar y el bienestar del homo economicus se alcanza mediante la satisfacción de esas necesidades, no tener controlado ni acotado nuestro conjunto de necesidades a satisfacer nos convierte en seres insatisfechos y, por ende, infelices.

Dante Alighieri describía, en la Divina Comedia, el sexto círculo del purgatorio reservado para purgar el pecado de la gula, donde los glotones mueren de hambre y sed ante árboles llenos de frutos que nunca estarán a su alcance. Esta imagen tan elocuente del siglo XIV, exenta del paradigma liberal de los mercados, ilustra de forma magistral la raíz del problema de la insatisfacción de nuestro sistema económico.

De hecho en el sistema económico occidental, el marketing persigue constantemente generar nuevas necesidades. Un consumidor que se descubra insatisfecho se convierte en un demandante inelástico que estará dispuesto a sacrificar una gran suma de recursos a toda costa para satisfacer su nueva necesidad. Esta insatisfacción propicia grandes márgenes de beneficio y, por lo tanto, una jugosa rentabilidad.

El origen de este sistema se remonta a 1932 en Estados Unidos. Como forma de salir de la Gran Depresión se realizó una proposición de ley que perseguía programar una fecha de caducidad de los productos para inducir de forma calculada una necesidad constante en el tiempo. Si bien el modelo europeo buscaba la producción de bienes duraderos para la satisfacción de las necesidades, lo que podía inducir las temidas oscilaciones temporales en la demanda agregada, el modelo americano comenzó a cambiar, aunque no por ley pero sí de facto, hacia un paradigma en el que el consumidor insatisfecho servía para estabilizar la demanda agregada de forma programada. No hay nada peor en una sociedad de consumo que un consumidor satisfecho.

En 1954, el diseñador industrial Brooks Stevens bautizaba a esta práctica como obsolescencia programada. Este sistema no sólo ha persistido en el tiempo sino que ha ido desplazando otras formas de producción. Hoy en día, se asume como normal que los productos no duren más allá de cierto tiempo y que una vez deja de funcionar no es rentable arreglarlo frente a la adquisición de uno nuevo. La cultura de usar y tirar. Para entender adecuadamente este cambio de modelo productivo es recomendable el visionado del laureado documental “Tirar, comprar, tirar” de Cosima Dannoritzer

Pero, actualmente, en el modelo del consumidor insatisfecho se dan encuentro además de la práctica de la obsolescencia programada, la obsolescencia por tendencias y moda, y la prioridad del cumplimiento de esas necesidades frente a la sostenibilidad del entorno que se nos ha dado en custodia. Así pues, países como China que recientemente han adoptado el modelo americano de producción para la satisfacción de la demanda mundial, ha crecido a unas tasas de dos dígitos pero a costa de erosionar el medioambiente. Muy diferente es su tasa de crecimiento del PIB per cápita si se mide en términos de PIB ambiental, en el que se computa el valor de los recursos medioambientales degradados. Agua, energía, recursos naturales no renovables, materias primas, alimentos…todo se subyuga a la voracidad del sistema.

En este modelo, el individuo, libre frente a los mercados pero alienado de la clave que gobierna sus propias necesidades, se convierte en un penitente más del sexto círculo del purgatorio de Dante donde la insaciabilidad es la esclavitud asociada a la gula. Una  esclavitud que subyuga al consumidor como describía Julio Cortázar en su “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj

Entonces, ¿es la austeridad una virtud o lo es el consumismo? Pues ni una ni lo otro y simplemente porque no abordan la raíz del asunto. En época de vacas gordas, se acercan los frutos a los purgantes, en épocas flacas se impone la austeridad de alejarlos. Ni el consumismo ni la austeridad constituyen ningún tipo de virtud.

Al respecto, Anthony de Mello escribía en “La oración de la rana”:

“Como buen filósofo que era, Sócrates creía que la persona sabia viviría instintivamente de manera frugal. Él mismo ni siquiera llevaba zapatos; sin embargo, una y otra vez cedía al hechizo de la plaza del mercado y solía acudir allí a ver las mercancías que se exhibían.

Cuando un amigo le preguntó la razón, Sócrates le dijo:
– Me encanta ir allí y descubrir sin cuántas cosas soy perfectamente feliz.

La virtud contemplaría que el bienestar no sólo comprende el consumo sino también la propia conciencia y control de nuestras necesidades.

La virtud tiene que ver con la voluntad, la responsabilidad y la madurez en las decisiones económicas que realizan los individuos. El problema no es tanto el consumo o la falta de consumo, de ser administradores eficientes de los recursos para satisfacer las necesidades; el problema reside en la falta de madurez, responsabilidad y de voluntad en decidir qué es una necesidad y qué no lo es.

Si los individuos fuéramos maduros e internalizásemos esta capacidad de decidir, si no lo dejásemos en manos de otros, nuestro consumo sería responsable, social y medioambientalmente sostenible y ético, seríamos consumidores satisfechos sin el agotamiento de conseguir más recursos para emplearlos en adquirir bienes que sirven como escala para ansiar el siguiente peldaño de una necesidad impuesta. Si fuéramos responsables de tasar nuestras necesidades, no nos escudaríamos tras el anonimato del mercado para eludir nuestra responsabilidad y así lo exigiríamos.

Así como la sociedad de consumo se basa en la opulencia del exceso, la austeridad impuesta es la opulencia de la privación y de nada nos sirve para avanzar como sociedad en una economía de mercado. La clave de una sociedad más madura y responsable no está en nuestros actos únicamente frente a los mercados sino que reside en educar y entrenar nuestra voluntad de ser individuos libres, maduros y responsables. 

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