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Cómo la religión de Jesús ha cambiado la historia

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«El triunfo del Cristianismo”, la última obra monumental del sociólogo estadounidense Rodney Stark

Por Omar Ebrahime
 
A pesar de la difusión cada vez mayor de los estudios de autores fundamentales en la materia como Christopher Dawson, la relación histórica entre el Cristianismo y el progreso – comúnmente entendido – sigue siendo considerado un tema debatido y controvertido. Para muchos, incluidos no pocos expertos académicos, sencillamente, las dos cosas a largo plazo serían incompatibles: al contrario, la vivencia histórica de la humanidad demostraría precisamente que la fe siempre ha obstaculizado el sano progreso.
 
Como se recordará, era precisamente esta la motivación con la que al final sesenta profesores de la Universidad “La Sapienza” de Roma motivaron su oposición al ingreso del Papa Benedicto XVI en el ateneo (por otro lado, fundado por un predecesor suyo, Bonifacio VIII). El Papa, se decía, y se repite aún hoy, es – en cuanto tal, por el simple hecho de ser representante de un credo religioso – una persona que no puede participar en un libre debate de las ideas, pues la religión implica un acercamiento 'dogmático' e 'intolerante' a las cuestiones científicas y culturales.
 
A esto, y a mucho más, responde ahora el último volumen monumental del sociólogo estadounidense Rodney Stark, profesor de ciencias sociales de la Baylor University (Texas). Stark, sobre cuyas investigaciones el Observatorio ya se había hecho eco en el pasado (véase especialmente aquí: http://www.vanthuanobservatory.org/nostri-libri/libro.php?lang=it&id=153, y aquí http://www.vanthuanobservatory.org/nostri-libri/libro.php?lang=it&id=208) tiene la ventaja de llevar a cabo análisis sobre el fenómeno religioso conjugando los instrumentos del análisis sociológico moderno, con la más antigua investigación histórica, sin la intención de recurrir a priori a tesis partidista alguna.
 
El hecho de que personalmente no sea católico aumenta aún más el valor de las numerosas valoraciones de mérito que dedica a la historia de la Iglesia, continuamente asediada por lugares comunes y leyendas negras infamantes sin que nadie se tome la molestia de confutarlas. La obra (aún no editada en España, n.d.E.), dividida en seis capítulos, abraza un periodo de tiempo muy extenso que va desde la fundación de la Iglesia primitiva, y las primeras misiones del apóstol san Pablo, al alba de esa Ilustración que marca el inicio de una época nueva – fundamentalmente de escisión – en la relación armoniosa entre fe y razón que había caracterizado hasta entonces la historia de Occidente.
 
Al desenmarañar los numerosos nudos críticos entretejidos por una historiografía a menudo prejuiciosamente hostil al hecho religioso, el autor dedica muchas páginas a la interpretación del Cristianismo como ‘religión de los pobres y de los oprimidos’ que durante siglos ha gozado de gran éxito.
 
No por casualidad, Friedrich Engels, el redactor – con Karl Marx – del famoso Manifiesto del partido comunista, publicado en Londres en 1848 , podía escribir líneas como ésta sin que nadie se las rebatiese: “La historia del primer Cristianismo tiene notables puntos de semejanza con el movimiento de la clase obrera moderna. Como esta última, el Cristianismo era en su origen un movimiento de personas oprimidas: apareció en primer lugar como religión de esclavos y de esclavos emancipados, de personas pobres privadas de todo derecho, de personas sometidas o disgregadas por los dominadores romanos”.
 
Partiendo de esta premisa, Karl Kautsky (1854-1938), editor alemán de las obras de Marx, sostuvo la tesis de que Jesús podría haber sido uno de los primeros socialistas, y que los primeros cristianos realizaron durante breve tiempo el verdadero comunismo” (pag. 117). No se trataba de una tesis planteada sólo por políticos o ideólogos parciales, una autoridad reconocida de la sociología de la religión del siglo pasado como por ejemplo el alemán Ernst Troeltsch (1865-1923), mostraba compartirla plenamente.
 
En realidad, las fuentes más cercanas a los hechos cuentan lo contrario: el mayor número de seguidores del Cristianismo primitivo estaba constituido por “mujeres de las clases altas” (pag. 120) y los estudios de Adolf von Harnack (1851-1930) y William M. Ramsay (1851-1939) añaden que “se difundió en primer lugar entre las personas instruidas…[Además] en ningún sitio consiguió arraigar más tenazmente como entre los nobles y en la corte del emperador” (ibidem).
 
Ciertamente es verdad también que el Cristianismo era atractivo también para las clases más pobres, pero no en el sentido en que se le quería restringir. En efecto, si “el punto central es que la fe cristiana ofrece un sedante para los sufrimientos de esta vida prometiendo que seremos plenamente recompensados en la próxima, cuando ‘muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros’ (Mt 19,30)”, sin embargo sigue siendo cierto que “el Cristianismo hace la vida mejor aquí y ahora. No solo en términos psicológicos, como puede hacer cualquier fe en una atractiva vida después de la muerte, sino en términos de beneficios concretos mundanos. ¡Hay que tener en cuenta que un estudio basado en antiguas lápidas funerarias ha establecido que los primeros cristianos vivían más tiempo que sus contemporáneos paganos! Los cristianos tenían una mejor calidad de vida” (pag. 141).
 
El motivo hay que buscarlo en las obras de misericordia y de ayuda mutua que la comunidad cristiana supo difundir por todo el imperio: “en medio de la necesidad, de la miseria, de la enfermedad y el anonimato de las antiguas ciudades, el cristianismo creó una isla de misericordia y seguridad […] en cambio, en el mundo pagano, y sobre todo entre los filósofos, la misericordia era considerada un defecto del carácter y la piedad una emoción patológica: dado que la misericordia incluye el don de una ayuda o de un alivio inmerecido, se la consideraba como contraria a la justicia” (pag. 150).
 
El resultado fue que, como por otro lado ya pusieron de relieve historiadores fuera de sospecha, “los cristianos gestionaban un estado social en miniatura dentro de un imperio que en gran parte estaba privado de servicios sociales” (pag. 151). Pero esto fue posible sólo porque “el Cristianismo creó las congregaciones, verdaderas y propias comunidades de creyentes que organizaban su vida en torno a su afiliación religiosa” (pag. 152).
 
Dicho en palabras pobres y por muy políticamente incorrecto que pueda parecer hoy: el mundo antiguo progresó en la medida en que dejó que se difundiera públicamente el cristianismo, de Oriente a Occidente. Verdaderamente entonces tener más religión supuso, muy pragmáticamente, más progreso y bienestar, en sentido literal. Con lo que se demuestra – si aún fuera necesario – que el modo de concebir a Dios no es extraño al desarrollo de una civilización.
 
Si los enfermos, ancianos o incurables, por ejemplo, empezaron a ver reconocida su dignidad, esto se debe principalmente a los cristianos que, llevando el Evangelio a esa sociedad fatalista, decretaron finalmente la desaparición de un paganismo dominante inhumano y cínico. En resumen, por citar algún dato, “es del todo plausible que los cuidados ofrecidos por los cristianos redujeran la mortalidad en al menos dos tercios” (pag. 157), un número absolutamente clamoroso si se considera que la sanidad pública como la entendemos hoy estaba aún muy lejos de llegar.
 
Análogas eran las motivaciones que atraían a las mujeres, también consideradas socialmente privadas de valor. En efecto, “las mujeres eran especialmente atraídas por el cristianismo porque éste les ofrecía una vida enormemente superior a la que habrían llevado de otra forma […] en ningún grupo social las mujeres eran iguales a los hombres, pero había diferencias sustanciales en el grado de desigualdad sufrida por las mujeres en el mundo greco-romano. Las mujeres de las primeras comunidades cristianas estaban mucho mejor que sus homólogas paganas y judías” (pag. 162), también porque los cristianos repudiaban la idea de abortar o dejar morir a una recién nacida sólo porque fuera mujer.
 
Si acaso, cuando se comparan “las circunstancias en las que vivían las mujeres paganas y las cristianas, es sorprendente el hecho de que no todas las mujeres del Imperio romano se precipitaran a la Iglesia” (pag. 10). Con lo que cae otro de los lugares comunes presentes aún hoy en la polémica pública. Por otro lado, siendo intelectualmente honrados, es notable que desde los primeros tiempos las mujeres constituían la “mayoría” de la comunidad cristiana (pag. 161) hasta el punto de que para el autor no sería descabellado llegar a sostener que “el crecimiento del cristianismo fue obra de las mujeres” (pag. 180).
 
Pero las páginas más interesantes, y hoy olvidadas, son las dedicadas a los llamados “Siglos oscuros” tan denigrados, el tiempo en que “en realidad Europa dio el gran salto adelante, en el plano teológico e intelectual, que la puso a la cabeza del resto del mundo [con] varias revoluciones en la agricultura, en los armamentos y en las técnicas de guerra, en las fuentes de energía y en los transportes, en las manufacturas y en el comercio que han pasado inadvertidas” (pag 316) por no hablar de la abolición de la esclavitud o de los progresos “radicales” en la música, en el arte, en la literatura, en la educación (con la fundación de las primeras universidades, literalmente 'inventadas' por la filosofía escolástica) y en la ciencia, todas a tener en cuenta.
 
En resumen, por amor a la verdad histórica, no por polémica, es necesario reafirmar una vez por todas que “la tesis de que Europa había caído en los siglos oscuros ha sido en buena parte una estafa perpetrada por intelectuales fuertemente antirreligiosos como Voltaire y Gibbon, con la intención de afirmar que la suya era una época de 'Iluminismo'” (pag. 315).
 
Y si, en fin, alguno aún no se queda convencido, será oportuno responde con la autoridad del profesor Walter Hollister (1930-1997), insigne medievalista: “A mi juicio, quien crea que la época que vio la construcción de la catedral de Chartres y la invención del parlamento y de la universidad haya sido 'oscura' debe ser mentalmente retrasado, o en el mejor de los casos, muy, muy ignorante” (pag. 328).
 
 
 
 
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