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Las pretensiones totalitarias del estado moderno

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Un nuevo fascismo que intenta imponer la ideología incluso en la vida intima de las personas

Según contaban hace unos días en la web de Aleteia, el Presidente de Bolivia, Evo Morales, tiene la intención de crear un engendro cuyo nombre sería “Iglesia Católica Apostólica Renovada del Estado Plurinacional”. Se trataría de un artificio boliviano dirigido por el estado y que adoptaría la forma exterior de una comunidad de fieles. Parece ser que este señor se reafirmó en esta peregrina idea tras asistir a la misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada este año en Brasil. Ya saben ustedes: la mentira se reviste de verdad y el vicio le rinde honor a la virtud mediante la hipocresía. El objetivo es la imposición de una tiranía sobre la conciencia de los bolivianos, obligándoles a creer o a hacer como que creen lo que el estado les ordene en cada momento.

No nos sorprende este caballero. No es cosa nueva. Someter el fuero interno de la gente es una vieja pretensión del poder, que parece no saciar nunca sus ansias de carne humana. Auguste Comte, el conocido sociólogo fundador del positivismo (corriente predominante en las conciencias de los hombres y mujeres de hoy en día), ya defendió que su proyecto ideológico tendría que ser impuesto desde el estado. En sus sueños postreros imaginaba a hordas de “sacerdotes” al servicio del positivismo como “religión estatal”, y promovía un mundo en el que hubiese que “someter toda conducta al examen de un sacerdocio inflexible”. Llegó a enviar una carta al Superior de los Jesuitas para pedirle que uniese la Congregación a su cruzada ideológica positivista. Los seguidores de san Ignacio no acogieron la idea, pero por desgracia su propuesta parece fructificar una y otra vez entre los cuadros políticos que nos gobiernan.

De hecho, las ideologías que sustentan a los movimientos políticos en el poder en la mayor parte del mundo actual, y sin duda en los estados de partidos, mantienen la pretensión de sojuzgar nuestras conciencias y, siempre con la palabra libertad asomando por su boca, hacernos a la fuerza otros. Para ello no se duda, ni en China ni en Washington, ni en Bruselas ni en Madrid, en echar mano a los instrumentos de espionaje y coacción disponibles y a los medios que permitan inculcar la propuesta religiosa estatal.
           
Algunos ejemplos nos darán una idea de la extensión de este fenómeno.
           
Coincidiendo con las distintas guerras en las que se han visto envueltos los Estados Unidos de América desde su fundación, todos los estados de país han ido imponiendo la obligación de prestar pleitesía diaria a la bandera nacional en todos los centros escolares. Este tipo de exigencias, que pretenden convertir a la enseña nacional en algo sagrado, puesto que todo ha de darse por ella y ella misma no está al servicio de nada, recuerda a la exigencia de culto al emperador romano que en su momento hizo derramar tanta sangre cristiana.

Es curioso que en su momento los católicos no se vieran amenazados por este tipo de pretensiones, tal vez porque ya eran suficientemente positivistas; pero el caso es que una secta muy particular terminó por tomarse las cosas más en serio. En 1935 los Testigos de Jehová hicieron pública su postura al respecto, afirmando que una práctica tal no era otra cosa que idolatría.

Como consecuencia de esta decisión muchos de los hijos de miembros de este grupo fueron expulsados de los colegios. Los hermanos Gobitis, por poner un ejemplo que llegó hasta el Tribunal Supremo, eran en aquel entonces alumnos de la escuela pública de Minersville (Pensilvania). Todos los días sus compañeros les recibían a pedradas, sin que la dirección del centro moviese ni un dedo en su ayuda –pensarían que eran herejes de “lo americano”. Algunos de sus profesores intentaron forzar físicamente a los pequeños, de diez y doce años, para que prestasen el juramento exigido. Cuando esta actitud se extendió por todo el país las consecuencias fueron terribles. Además de la expulsión, ya citada, de cerca de dos mil niños, se certificaron 335 casos de ataques diversos, con golpes, apaleamientos y torturas, muchos con el protagonismo de las mismas autoridades que también, sin motivo aparente, detenían y encarcelaban a los padres. Hubo linchamientos que terminaron con los padres, o los niños, en la horca, con disparos y mutilaciones de diversos tipos, entre ellas varias castraciones. Fue la bandera como becerro de oro lo que motivó a blancos, protestantes y “anglos” a actuar en masa y con tal crueldad contra otros blancos, protestante y, como ellos, también “anglos”.

           
No nos alejemos tanto en el tiempo. El 29 de agosto de 2013 a los ocho de la mañana una pequeña avanzadilla del estado alemán compuesta por veinte personas entre agentes sociales y policías penetró en la vivienda de Dirk y Petra Wunderlich, que vivían en un pueblecito cercano a Darmstadt. Las fuerzas del orden asaltaron la casa, retuvieron a los padres como si fueran peligrosos terroristas y se llevaron a empujones a sus cuatro hijos, que tenían entre siete y doce años. El juez que dictó el auto que, según las normas vigentes allí, permitió a la policía actuar de tal manera, había autorizado expresamente el uso de la violencia contra los adultos y niños que se encontraran en el lugar.

El delito que se perseguía era el de educar a los hijos en el hogar familiar, una práctica bastante habitual en muchos países desarrollados del mundo pero que en otros lugares, como Alemania, puede acarrear que los padres sean privados de la patria potestad e incluso encarcelados. El estado alemán, seguro que con el ánimo encendido por la solidaridad, prefiere que unos niños que, por otra parte y como sucede en el ejemplo narrado, no presentaban absolutamente ningún problema (no estaban desnutridos, ni eran maltratados, ni nada por el estilo), sean encerrados en residencias regidas por funcionarios adiestrados, lejos de su familia, antes que perder el poder de adoctrinar a sus ciudadanos para que sirvan al estado y al mercado como corresponde. Otros países europeos, entre ellos España, mantienen una legislación similar a la alemana.
           
Un último ejemplo terminará de perfilar exactamente a lo que me refiero. La Oficina Regional para Europa de la Organización Mundial de la Salud publicó en 2010 un documento que se dirigía “a los responsables de políticas educativas, autoridades y especialistas en materia de salud”. Este documento ha sido considerado por la Unión Europea como un instrumento adecuado para que se implemente dentro de los sistemas educativos de los países miembros. Ya podemos encontrar una versión en castellano elaborada por la Comunidad de Madrid. También, para quien desee informarse debidamente, les facilito la dirección del original (en alemán, inglés o ruso).

Yo no creo, lo digo con toda sinceridad y aunque una legión de catetos entornen los ojos, que haga falta ningún tipo de educación sexual en los colegios. No creo, de hecho, que hoy en día los colegios eduquen o estén en condiciones de hacerlo, ni en valores, ni en educación sexual, ni en ninguna otra sandez que pueda ocurrírsele al iluminado de turno; pero eso no es lo que ahora viene al caso. Lo que importa en este momento es que en los próximos años, lo quieran o no sus padres, los niños europeos van a recibir educación sexual en los centros inculcativos de manera obligatoria y según ciertos parámetros como poco singulares, muchos de ellos sencillos ejemplos de per-versión sexual. No abundaremos en los ejemplos, que en este caso son de mal gusto, pero tenemos que copiar literalmente algunos. Así a los niños de 0 a 4 años se les enseñará “el disfrute y placer cuando se toca el propio cuerpo”, o “la masturbación en la primera infancia” o, sólo centrándonos en esa edad concreta, “la curiosidad mirando el propio cuerpo y el de otros”. De ahí en adelante quien tenga curiosidad puede leer este libro rojo de la sexualidad ciudadana.

Es evidente que si esto se lleva a la práctica los centros inculcativos van a ser además centros oficiales de perversión de menores, pero con todo lo que esto pueda escandalizarnos quería llamar la atención sobre otro aspecto que me parece capital. Se trata de los fundamentos teóricos en los que, según los redactores del documento, se basan sus propuestas, y que son el meollo de la cuestión, resultando lo demás consecuencias.

           
En el texto he conocido por primera vez un concepto que pone los pelos como escarpias: el de “intimidad ciudadana”. La idea es sencilla: la intimidad ya no puede ser de cualquier manera, sino que será a partir de ahora “ciudadana”, como el estado manda. Ya tenemos experiencia de que cuando alguien nos trata de “ciudadanos” no quiere otra cosa más que llevarnos a galeras, pero si ahora nos aleccionan sobre la “intimidad ciudadana”… La base de la educación sexual que se propone es que el sexo se practica entre ciudadanos maduros que negocian desde una posición de igualdad de derechos y de poder, y que esa igualdad se cimienta en un conocimiento adecuado y pormenorizado de las distintas posibilidades, opciones y consecuencias. Estamos de acuerdo en que no se pueden imponer relaciones ni prácticas sexuales, pero pensar en el sexo en términos de negociación y de opciones –obviando la posibilidad de hablar de amor y entrega, que son las bases de la libertad y no así el poder-, es simplemente imponer las (falaces) leyes del mercado capitalista en todas las esferas de la vida humana. Estamos ante una actualización del fascismo, si se permite hablar con la claridad que en esta ocasión se requiere. Quieren meternos una filosofía (y una teología) en la cabeza que les permita dominarnos de la mañana a la noche, de la mesa a la cama.
           
Todos estos ejemplos apuntan en la misma dirección: el conglomerado estado-mercado pretende aplastarnos bajo un moralismo ideológico que formatee nuestras conciencias y nuestra forma de vida. Si usted desea preservar algún margen de libertad ellos derribarán la puerta de su casa en plena noche.
           
Este proyecto requiere que el estado ocupe el lugar de la Iglesia. Esto es exactamente lo que sucede: el estado quiere ser Iglesia, y utiliza a los educadores como legión de “sacerdotes inflexibles”. A esto le llaman ahora “laicismo” y es la “religión” del buen “ciudadano”.
           
Existen distintas formas de comprender el laicismo dentro del panorama cultural actual, pero la que sostienen casi todos los políticos de los países occidentales, especialmente los europeos, se basa en el monopolio absoluto de una concepción de la vida buena a partir de un discurso particular (empequeñecido, casi ridículo) sobre lo que es la razón y las normas morales que se derivan “necesariamente” de ella.

Según esta dinámica se habla de tolerancia con fiereza mientras se elimina a conciencia la apelación a otras religiones no laicistas o que no se muestren sumisas al poder, o a otras concepciones de la vida buena. Muy especialmente se desea con encono extirpar el cristianismo de la conciencia social. No es que yo lo suponga o que sea un alarmista: lo dicen los abanderados del laicismo, que cada vez tienen menos reparos en mostrar su talante totalitario. El argumento, que utilizan personajes egregios como Gregorio Peces-Barba y otros, suele constatar la triste realidad de que la Iglesia en el pasado cayó bajo la tentación del poder e impuso o apoyó regímenes bastardos y tiránicos por lo que, en consecuencia, ¡ahora nos toca a nosotros gobernar en tiranía! (¡caramba cuánta racionalidad!).

Un servidor tiende a pensar, sin embargo, que la cosa es mucho más sencilla: se quiere triturar el cristianismo porque es la religión verdadera y porque, además, su vivencia real nos hace completamente libres, incluso ante la muerte, y desde luego también ante el estado. Sin embargo, si quieren vender diamantes falsos tendrán que sacar de la mesa los verdaderos, porque cualquiera que se preste a hacer la comparación va a descubrir el engaño.

Es urgente que nos demos cuenta de que la extensión del capitalismo como modelo de vida nos arrastra de manera irremediable hacia formas totalitarias de estado y que, de hecho, ya estamos inmersos en este proceso evolutivo. El centro de esta dinámica está en la concepción de las relaciones sociales como relaciones de poder entre personas cuyos intereses entran en conflicto. Si esta fuese una descripción adecuada y definitiva de la vida humana la sociedad no sería otra cosa que la guerra de todos contra todos, y el estado nos dirá que ha de venir a traernos criterios de vida que uniformicen a todos los ciudadanos y nos salven de ese salvajismo constitutivo.

No es la primera vez que nos vienen con ese cuento. Ya nos han “salvado” antes de los conflictos religiosos, del contubernio judeomasónico y del imperialismo burgués, todos ellos en el fondo un mismo invento, y siempre lo han hecho echando mano de las mismas patrañas. Mientras lo aceptemos, mientras sigamos dejando que este tipo de discursos rija de hecho nuestras vidas, seremos víctimas una y otra vez del poder, cada vez más omnímodo, del estado-mercado. Va a tener razón el bueno de MacIntyre, o de Ernesto Sábato, y es que los bárbaros no están ya al otro lado de la frontera, sino que vienen gobernándonos desde hace mucho.
 

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