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El ateísmo, ¿un sentimiento contagioso?

© Fred de Noyelle / Godong
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La mayor parte de las personas que dicen no creer no lo hacen desde una postura razonada

Hace cincuenta años eran raros los que se confesaban ateos y, en general, no lo manifestaban abiertamente. Hoy es lo más común y es raro quien se confiese creyente y lo haga con espontaneidad y sin disimulo. Quienes hemos vivido más de cincuenta años no nos sorprende el hecho en sí de la increencia o del agnosticismo, pero sí que nos hace pensar y nos inquieta su generalización y su cercanía, es decir, que sean tantos y tan cercanos a nuestra vida los que digan no creer o no “necesitar” o no considerar “relevante” a Dios en el mundo.
 
Es difícil hoy precisar qué quiere decir una persona cuando afirma “no creo en Dios” o “soy agnóstico”. En general no lo pueden explicar exactamente. Es un fenómeno un tanto difuso, que obedece más a un sentimiento que se contagia que a una idea reflexionada.
 
En todo caso, las encuestas y los hechos, como la relevancia de las creencias religiosas en determinados fenómenos sociales, demuestran que “lo religioso” está de actualidad. Pero, ¿qué significa esta actualidad de “lo religioso”? En lo que respecta a nuestro entorno occidental, “cristiano” de tradición, no faltan quienes detectan un proceso hacia una increencia real, aunque a veces motivada por buena voluntad. Una alta jerarquía de la Iglesia dijo, no sin cierta ironía, en una asamblea entre hermanos, que no hace muchos años escuchábamos a nuestro alrededor la opinión de que “se creía en Jesús, pero no en la Iglesia”.
 
Después hemos oído, decía, que Jesucristo, tal como aparece en el Nuevo Testamento, no se podía sostener, pero sí que era verosímil creer en Dios, como lo hace la mayoría de seres humanos. Más tarde, se ha generalizado, incluso en el lenguaje oficial y en medios culturales, la opinión de que no hay que hablar de un Dios, sino de tantos cuantos dioses hayan producido las diferentes tradiciones religiosas, o al menos de un dios pero no definido y conocido, sino de un ser más allá de todo lenguaje y conocimiento humano, en el que todas las religiones estuvieran de acuerdo. En consecuencia el paso siguiente ha sido considerar mejor no hablar de Dios, sino de “trascendencia”. Más aún, que mejor no hablar de trascendencia, sino de “espiritualidad”…
 
El caso es que de hecho hoy podemos hablar de un mundo “vacío” de Dios. Hace más de cuarenta años aquella cristiana absolutamente comprometida en lo social, que fue Madeleine Delbrêl, en su libro Nosotros, gente de la calle se lamentaba así de este vacío:
 
“Un peligro mayor se aproxima a la Iglesia, sin ruido: el peligro de un tiempo, de un mundo en el que Dios ya no será negado, ni echado, sino excluido, lo cual será impensable (porque nos habremos mutilado el modo de conocimiento de Dios); querremos gritar su nombre, pero no podremos ya lanzar ese grito, porque ya no tendremos lugar donde poner nuestros pies… Esta actitud, ya sea agresiva o indiferente o tolerante hacia Dios, tiene en todas partes un carácter común: el rechazo de un Dios creador que fija al mundo en su condición de criatura… El mundo parece vaciarse por dentro, en primer lugar de Dios, después del Hijo de Dios, después de lo que Él comunica de divino a su Iglesia. A menudo lo que acaba de hundirse en último lugar es la superficie, de ahí que nos parezca todo una ilusión”.
 
Aquello sonaba a profecía, pero hoy ya no es ilusión sino realidad. Pero este mundo sigue teniendo huellas de Dios y no dejamos de amarlo. La fe que salva sigue siendo posible
 
 
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