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Como ser artistas cristianos entusiastas e “idiotas”

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El arte cristiano no es un lamento, un grito o una blasfemia lanzada al vacío sino una mirada de amor

Vivir plenamente la fe en Jesucristo, implica la necesidad de ser entusiastas, palabra que en su etimología griega indica literalmente el entrar en Dios, estar en su respiración, descansar en su respiración vital. Entusiasmo significa que nuestro actuar está en conformidad de nuestro ser en Dios. El entusiasmo está vinculado a la beatitud. Ser beato, en la raíz latina, significa literalmente estar satisfecho, plenamente satisfecho. En el Evangelio de Lucas, el término “beato” está relacionado con la dimensión de la lactancia: “beato el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron” [1].

El sentido de la beatitud significa también reposar en Dios, pero como abrazado en el seno de la madre, sereno en el momento en el que se está envuelto del calor nutriente del seno materno. Retoma lo que escribió el salmista: “estoy tranquilo y sereno, como niño en brazo de su madre” [2]. Si nos dejamos implicar en el evento que es Cristo, si toda la vida es para, con y en Cristo, entonces se vive literalmente como un niño que está plenamente satisfecho, beato porque es alimentado y al mismo tiempo, exactamente por esto, entusiasta.

Esto nos repite y nos recuerda continuamente el Papa Francisco. Por ejemplo, en la Misa celebrada en Santa Marte, el pasado 4 de junio, hizo repetidas veces referencia a ser como niños, sin hipocresías, sencillos, transparentes. Ha denunciado “este lenguaje de la corrupción”, “socialmente educado”, lleno de hipocresía, que sustituye al lenguaje propio de los seguidores de Cristo: “la verdad evangélica, sencilla y transparente como la de los niños”.
 
El Papa Francisco ha destacado que “la hipocresía no es un lenguaje de verdad, porque la verdad nunca va sola. ¡Nunca! Va siempre acompañada con el amor”. El nexo verdad-amor es insustituible: “No hay verdad sin amor. El amor es la primera verdad”. Los fariseos, sin embargo, “quieren una verdad esclava de los propios intereses”, usan “un lenguaje persuasivo” que les hace parecer “muy amables”, pero son “los mismos que irán el jueves por la noche, a prenderlo en el Huerto de los Olivos, y el viernes lo llevarán hasta Pilatos”. En ellos está presente un amor corrupto, que es “el amor a sí mismos”, “esa ideología narcisista que les lleva a traicionarse entre ellos y a los abusos de confianza”.

En “la mansedumbre que Jesús quiere en nosotros no hay nada de esta adulación, este modo meloso de ir hacia delante […] es sencillo como el de un niño”. Y “un niño no es hipócrita, porque no es corrupto”. Además el Papa Francisco destacó que existe otra arma de doble filo, es decir esa “debilidad interior” causada por la “vanidad” por la que “nos gusta que se digan cosas buenas de nosotros”. Los corruptos saben esto […] con este lenguaje intentan debilitarnos” [3].
 
Esta condición tan importante para la vida espiritual del cristiano es también fundamental para el arte cristiano. El arte no puede ser “hipócrita”, no puede hablar una lengua persuasiva solo para alabarse a sí misma, y el artista no puede actuar con la única intención de que “se digan cosas buenas de nosotros”: esto, de hecho, genera solo la corrupción del arte, del artista y de los que disfrutan ese arte. El arte cristiano y, en especial el católico, tiene un origen distinto, se funda en la alabanza a Dios en Cristo, como su principio más importante, y quiere ayudar a los fieles en la oración, en el conocimiento de la propia fe, en la sabiduría de Dios, como su único fin.

El medio que el tal arte usa es siempre la belleza: conservar la belleza, protegerla en los signos, en las palabras, en las formas ordenadas al bien, para educar en la verdad y por tanto en Dios. Esto implica un auténtico vínculo con la Iglesia, es estar totalmente en sintonía con la Iglesia, actuar siempre con ella. Dentro de la Iglesia de Jesucristo implica el amor –nunca la vergüenza- incluso cuando estamos solos contra una corriente que va al lado opuesto. El entusiasmo nos hace fuertes contra las seducciones del mundo. El arte cristiano debe producir una belleza parenética  y catequética, capaz de educar en la visión entusiasta del mundo [4].
 
El arte nace y vive en el entusiasmo y produce entusiasmo: estupor frente a la belleza, que es el reflejo de Dios sumamente Bello. El inicio de las Carta a los artistas de Juan Pablo II escribe todo esto con gran eficacia: “Nadie mejor que vosotros artistas, geniales constructores de belleza, podéis intuir cualquier cosa del pathos con el que Dios, en el alba de la creación, miró la obra de sus manos”. El deber de los artistas es el de ser custodios de la belleza, defensores de la verdad, constructores del bien, al despertar en estupor frente a la Creación.
 
La belleza que anima el pensamiento y la espiritualidad católica no es el vago concepto, a veces subjetivo del que hablan los críticos o los historiadores del arte, sino que la verdadera belleza es Dios, es Jesucristo. Como dijo San Agustín, como nos hizo ver Santo Tomás de Aquino, como cantó San Francisco de Asís, como comentó San Buenaventura, así Santa Teresa de Ávila escribió una bellísima poesía:
 
¡Oh hermosura que excedéis

a todas las hermosuras!

Sin herir dolor hacéis,

y sin dolor deshacéis,

el amor de las criaturas.
 


Oh ñudo que así juntáis

dos cosas tan desiguales,

no sé por qué os desatáis,

pues atado fuerza dais

a tener por bien los males.


 
Juntáis quien no tiene ser

con el Ser que no se acaba;

sin acabar acabáis,

sin tener que amar amáis,

engrandecéis nuestra nada.
 
En estas palabras, me parece que el artista cristiano puede encontrar la justa indicación espiritual: el alma debe estar muy cerca de Dios, debe reposar en el, sentirse, amamantada, beata, consolada, ya que es entusiasta. En este entusiasmo está el centro del arte sacro católico, su continuo regenerarse en la verdad, en la bondad y en la belleza de Dios. En esta condición, entonces, nuestras palabras serán como las de los niños, sencillos y verdaderos, y el éxito del mundo perderá importancia a nuestros ojos.
 
La mundanidad es una gran tentación para los artistas, pero como dijo el papa Francisco muchas veces, desde el principio de su pontificado, la mundanidad confiesa al Diablo. Como indica San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, hay una alternativa ineludible entre el estandarte de Jesucristo “sumo capitán y Señor nuestro, y el estandarte de Lucifer “mortal enemigo de la naturaleza humana”. La mundanidad, caracterizada, según las palabras del Papa Francisco, de hipocresía y éxito, no puede ser, de ningún modo, incluida entre los objetivos del arte cristiano. El objetivo del arte no es ciertamente el de producir consensos, porque sería solo una ideología. El arte debe, sin embargo, manifestar un descubrimiento, producir siempre una epifanía. Como escribió Juan Pablo II en la Carta a los artistas, el deber del arte es epifánico, debe renovar siempre la epifanía de la belleza. Para poder sustraer la belleza, para saberla ver en el rostros de la Creación, para saber reconocer en lo creado el rostro de Dios, es necesario estar inmersos en esta belleza, es necesario bañarse en ella.
 
Macario el Grande escribe: “El alma que ha sido plenamente iluminada por la indecible belleza de la gloria luminosa del rostro de Cristo, está llena del Espíritu Santo…. Es toda ojo, toda luz, toda rostro”. Dentro de la tradición espiritual cristiana se puede individualizar un camino para encontrar una forma apropiada de transmitir a Cristo por lo que siempre ha sido. Santa Teresa de Ávila, cuando describe el recorrido del orante, imagina figuradamente y plásticamente el ejemplo de las Cuatro aguas, que puede iluminar también el recorrido de la pintura sacra. Al principio había necesidad del esfuerzo de extraer agua del pozo para regar el jardín del alma al que puede visitar el Señor, pero después gradualmente será la acción de la Gracia la que lo haga todo, hasta alcanzar la última agua que es la lluvia que baña todo y llega inesperada.
 
En esta dimensión más profunda de la espiritualidad cristiana, hay una gran verdad válida también para el arte, que supera el límite de toda dificultad mundana sobre la forma y sobre el significado adecuado. Si nos detenemos en la condición humana, si nos detenemos sobre la fatiga de vivir, sobre el sufrimiento del vivir y la insoportabilidad de la muerte, entonces queda solo un grito desgarrador, quizás un desafío religioso a Dios, y quizás una negación de Dios. Aquí se quedan muchas artes: entre la invocación de Dios y su negación plegada sobre los sufrimientos. Pero, sin embargo, en este mismo sufrimiento, fatiga, miedo, nos refugiamos en Dios, rezando, confiando gradualmente se saborea la alegría, que  todo ilumina, desvelando la belleza indecible de la gloria luminosa del rostro de Cristo [5].

Es aquí, de esta situación, donde el arte cristiano trae origen y movimiento: de este reposar en Cristo, del ser bañados por una lluvia que recupera la vista, que nos enseña a ver, como escribió el entonces cardenal Ratzinger, citando a Riccardo di San Vittore: “el amor es ojo […] todos los progresos reales en el conocimiento teológico tienen su origen en el ojo del amor y en su facultad visual” [6]. Se trata de una compleja dinámica que implica un doble movimiento: moverse a la visión de Jesucristo y desde este, contemplar el mundo. Estos dos movimientos son fundamentales para el artista cristiano: antes que nada, mover la visión del amor por la Encarnación, muerte y Resurrección del Cuerpo glorioso de Cristo y aprender la figuración del cuerpo contemplando al Señor; después de la belleza del cuerpo del amado observar la belleza de la creación y reconocerla como tal.
 
El arte cristiano, por tanto no consiste en un lamento, en un grito o en una maldición lanzada al vacío (incluso esto es propio del arte que todavía no se ha encontrado con Jesucristo, y quizás lo está buscando) sino que consiste en una mirada de amor, capaz de ver la belleza, incluso donde no se puede imaginar.
 
Quizás solo desde esta perspectiva, podemos entender plenamente la afirmación de Juan Pablo II, en la Carta a los Artistas, casi como una indicación, un programa y, a la vez, un desafío: “la belleza salvará al mundo”. Sabemos bien que estas palabras salieron de la pluma de Dostoevskij, pero quizás en el gran escritor ruso hay todavía una cierta dificultad en la percepción total de la positividad de tal afirmación, porque la belleza esconde en sí un sufrimiento, tanto que la posibilidad de salvación que está en la belleza se convierte en una pregunta. En juan Pablo II, sin embargo, la pregunta ha recibido respuesta, en la plena certeza de que la Belleza de Cristo salva constantemente al mundo inundándolo de Gracia salvadora.

Por tanto, no se puede buscar espasmódicamente fuera de la espiritualidad cristiana, fuera de la tradición artística cristiana, del pensamiento filosófico y teológico cristiano, para encontrar “una forma adecuada” de transmitir a Cristo, si no que se encuentra en la lengua sencilla del niño que se fía del Padre, en la visión encantada que sabe sorprenderse cada vez que mira al mundo, en la grandeza de la conquista de la invención del arte figurativo católico, que antes que nada es amor en la contemplación del cuerpo de Cristo.
 
El príncipe Myskin – protagonista de la novela  El Idiota de Dostoevskij – es juzgado como un verdadero idiota por los que ven el mundo con la mundanidad de lo políticamente correcto, donde todo se transforma en un acuerdo, en un compromiso y esfuerzo por ganar el aplauso, en la incapacidad de reconocerle a la belleza algo más que un precio, insensibles y ciegos frente a ella; análogamente todo verdadero artista cristiano debe ser un “idiota” que con entusiasmo canta la alegría, a belleza y la gloria de Cristo, ¡pintando figuradamente Su Cuerpo!
 
 [1] Lc 11, 27
[2] Salmo 130, 1-3.
[3] Cfr. S Cernuzio, Hablar el lenguaje evangélico de los niños, no el hipócrita de los niños, Zenit, 4 Junio 2013.
[4] R. Papa, La belleza como valor “no negociable”, Zenit,13 de mayo 2013.
[5] Cfr. R. Papa, Benedicto XVI, Francisco y el arte de ver el rostro de Cristo, Zenit, 29 abril 2013.
[6] J. Ratzinger, Mirar al Crucifijo (1984), trad. it. Jaca Book, Milano 1992, p. 25.
 

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