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El Renault 4 del Papa: una historia de caridad de 300.000 km

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Pertenecía a Renzo Zocca, sacerdote de periferias, fundador de la cooperativa Ancora

El pasado sábado, antes de la Vigilia de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en todo el mundo, el papa Francisco se encontró en la plaza de Santa Marta un grupo de 50 fieles de la diócesis de Verona, acompañados por Renzo Zocca, que trajo como regalo al Pontífice su Renault 4 de 1984, de color blanco.
 
Don Renzo, que en noviembre cumple 70 años, ha dedicado su vida de sacerdote a las periferias, fundando la cooperativa Ancora, que da trabajo y asistencia a mucha gente. “Su periferia – se lee en Familia Cristiana – ha sido el barrio obrero Saval, en Verona, del que fue párroco en los años 80. Un barrio todo de falansterios y cemento, donde no había nada de nada, y que ha hecho poco a poco resurgir. Llegó a los 35 años, trayéndose a su hermano de 14 años, que se había quedado huérfano y con el que tenía que hacer de padre”.
 
“Comenzó con la iglesia – continua la revista –, un cobertizo con altar, después llegaron los centros para discapacitados, para los pobres y para los ancianos. Don Renzo debía luchar a mano desnuda contra los traficantes de droga que devastaban a sus chicos y le amenazaban de muerte. Le dieron una cuchillada, pero siguió adelante”.
 
“'Quería encarnar el Concilio en esa parroquia de periferia que ha sido el centro de mi vida: en ella he transcurrido 25 años. Yo y mi hermano vivíamos en un apartamento popular en el noveno piso: decía bromeando que la mía era la casa canónica más alta de Italia”. Con el automóvil, don Renzo recorrió 300.000 km arriba y abajo por Italia, entre campos escuela, oratorio de verano, centros de acogida, Val D’Aosta, los Dolomitas y Roma.
 
Don Renzo escribió una carta a Francisco y la envió. Veinticinco días después sonó el teléfono: “Soy papa Francisco”. El Pontífice aceptó el coche como regalo y ambos acordaron encontrarse el 7 de septiembre. “Cuando nos encontramos, frente a Santa Marta, junto a ese Renault 4 blanco recién enlucido, por razones de seguridad sólo había 50 de mis parroquianos. El papa salió de Santa Marta y nos abrazamos con fuerza, durante un minuto interminable. Antes de la audiencia privada, que iba a tener lugar en un aula junto a la Sala Nervi, le confié que me sentía mal por esos otros 50 que se habían quedado fuera con la nariz pegada a la verja de San Pedro. Él respondió: pues vamos. Subimos cuatro al coche: yo conducía, él a mi lado, detrás el mecánico Stefano y mi asistente Luigi. Stefano me dijo: ves despacio, ¡estamos en el Vaticano! El cuentakilómetros marcaba 30 por hora. No le digo la emoción de esos 50 feligreses que vieron llegar la R4 y bajar de ella al Santo Padre”.
 
Después de ese encuentro, los cuatro subieron al coche para volver al aula de las audiencias privadas. “Antes de despedirnos me dijo: escríbeme otra vez. Le di las llaves del coche y se puso al volante. Me dijo que él también había tenido un R4 y que su coche tampoco le había dejado tirado nunca. Le vi alejarse en ese coche, como si fuera la cosa más natural del mundo”.

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