Aleteia

“Para el misionero, lo más necesario es la oración, que es como la gasolina al coche”

Comparte

Un precioso testimonio de Encarna, misionera trinitaria en una Villa Miseria argentina

Encarnación Torres ha venido desde Argentina a Alcalá del Júcar, en la diócesis de Albacete, para pasar un tiempo de vacaciones con sus familiares y la gente de su tierra. Es misionera trinitaria en una villa miseria a las afueras de Buenos Aires, donde vive con personas que están en la pobreza y la marginación, a las que ayuda y “con las que estoy de maravilla”. Nos dice que si nos lo proponemos, podemos hacer aquí una misión muy grande.

– Encarna, ¿Cuántos años lleva en la misión?

El 5 de agosto pasado hizo cincuenta y dos años que entré en la comunidad trinitaria y en la misión llevo cuarenta años, entre Colombia, Argentina, Puerto Rico y de nuevo en Argentina, donde estoy desde el 2001.

– ¿Dónde está en Argentina?

A las afueras de Buenos Aires, en Bernal Oeste, muy cerca de Quilmes donde se produce la conocida Cerveza Quilmes de Argentina, en una de las villas miserias, barriadas muy pobres que no tienen desagües y las calles son de tierra. En la que nosotros vivimos, ahora nos han hecho una avenida y está un poco mejor. Allí trabajamos con diez comunidades de base; cada quince días nos reunimos los animadores de cada comunidad y el primer sábado de mes hacemos la reunión del consejo de todas las comunidades.

– También están iniciando la Frater, la Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad.

Sí, porque la Fraternidad es internacional: empezó en Francia, después pasó aquí a España por medio de un jesuita, el Padre Quitapenas, que era valenciano y él lo llevó también a Perú y de Perú pasó a Argentina; en Colombia la inicié yo y también en Puerto Rico.

– ¿Está contenta en Argentina? ¿Qué le da la misión? ¿Qué nota al marcharse ahora de Alcalá otra vez a Argentina, y dejar su tierra, su familia?

Estoy de maravilla cien punto, porque el Señor se manifiesta en cada una de esas personas que estaban encerradas en casa, escondidas, porque las madres se avergüenzan de tener un hijo discapacitado, y de que los hemos sacado… les ves una cara de felicidad que para mí esos son mis diplomas: ver a esas personas que estaban muertas y ahora están resucitadas. En cuanto al momento de volver allí, me da un poco de lástima por mi familia, porque tengo aquí hermanos ya mayores y cada vez que vengo de vacaciones cada dos años, falta uno, pero como cristianos sabemos que es una realidad que no vamos a vivir toda la vida acá y me da mucha alegría volver, porque esa gente allí nos necesita y ellos mismos nos ayudan más a nosotros.

– ¿Qué quiere decir con que ellos mismos nos ayudan más a nosotros?

Quiero decir que mi vocación se la debo a los discapacitados, a los gitanos, porque allí también trabajo con los gitanos y para mí eso es una alegría: es encontrar a Dios viviente, a Dios que ama, a Dios que perdona. Allí encuentro a Dios en todo y cada día, más feliz. Yo le digo a la gente que para ser feliz hace falta tres cosas, que es el amor, el perdón y el sacrificio, ¿Por qué? Porque si yo te quiero me sacrifico y si no te quiero que te parta un rayo, y como humanos, todos caemos. Entonces, hay que pedir perdón cada día cuando uno se va a la cama, porque no sabemos si vamos a amanecer al día siguiente.

– ¿Cómo nace esa vocación a ser trinitaria?

Uy, eso es de risa. Le quitaba la moto a mi hermano y veía a mi madre que pedía a la Virgen para que yo no subiese a la moto, y como quería tanto a mi madre, yo también rezaba para ver qué podía hacer para que ella no sufriese: pues me meto a monja, porque como ellas no tienen moto… Con mi padre iba a vender fruta a Casas Ibáñez, donde estaban las monjas trinitarias y quería ser una de ellas. Lo dije en casa y mis padres no me dejaban. Ellos me enseñaron a rezar, me llevaban a la Iglesia, nunca perdí eso. Pero veinte días antes de cumplir los 21 años, me marché a Casas Ibáñez. Cuando me avisaron de que mi padre estaba enfermo, vine y me dijo: El yerno con el que más contento estoy es el de mi Encarna, porque sé que Él nunca te va a fallar.

– Sobre la labor del misionero…  necesaria ¿verdad?

Claro que sí. Y para el misionero, la misión más necesaria es la oración, que es como la gasolina al coche. Siempre lo principal es la oración; presentarte y decirle al Señor: bueno, qué me encontraré hoy, porque con tanta gente borracha, tantos jóvenes en la calle… y qué alegría ver la gente que a través de nuestra oración se ha convertido: hace dos años, uno que me dio un golpe en el auto, se ha convertido y está de animador,  también su mujer, y sus hijas las tengo ahora para Primera Comunión. Otro chico que estaba en la droga, le sacamos de ahí y también está de animador de las comunidades de base.

– Y Argentina, bien contenta con el Papa Francisco.

Pues te puedes imaginar: estamos felices, felices. Ahora estamos leyendo casi todos los libros que ha escrito. A mí me gustó mucho uno que escribió antes de ser Papa, que es un diálogo entre Fidel Castro y Juan Pablo II, es muy bueno y otro en el que hablan un rabino, un judío y él también, que es una maravilla.

– ¿Qué mensaje no quieres dejar antes de volver a Argentina?

Pues yo creo que todos somos misioneros desde el día que nos bautizan, porque ya nos dicen: yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y lo principal es no dejar la oración, que es como la gasolina para el coche, como ya dije antes. Si alguna vez pueden, visítennos, pero aquí, si se lo proponen, pueden hacer también una misión muy grande, y para hacerla no tienen que esperar a que la gente venga a la Iglesia, sino que tenemos que salir a la calle. Allí, dos días a la semana vamos casa por casa, chabola por chabola, a ver cómo va todo, qué les pasa, si hay que llevarles al hospital…  porque allí tenemos que hacer todo. Les invito a que no se queden: que salgan, porque hay que salir. Que el Señor les bendiga.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.