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La larga marcha de Martin Luther King

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Cincuenta años después del discurso "I have a Dream", América recuerda uno de sus momentos más críticos pero también de mayor crecimiento civil

Era el 28 agosto de 1963 y América estaba a punto de ser atravesada por la descarga eléctrica de un discurso, el de Martin Luther King: “I have a dream”, dijo dirigiéndose a la multitud. Una muchedumbre de más de 250.000 personas llegadas a Washington de todos los rincones del país en marcha pacífica. Eran años difíciles de tensión racial, donde al final, parecía que el presidente Kennedy había intentado convencer al “Doctor King” de desistir. Y sin embargo, no obstante las imposiciones de seguridad- fue una jornada que hizo mella en lo mejor de la tradición religiosa americana, en la Biblia, en la igualdad, en la responsabilidad de una nación que ya no tenía por qué, según el sueño de King, marchar dividida, sino unida en la colaboración fraterna.
Lo recuerda Furio Colombo, que fue enviado a América en esa época, al relatar las palabras del Reverendo King mientras se dirigía, durante un encuentro privado, a la élite liberal del periodismo americano: “No os estoy hablando de lo mejor o de lo peor, ni siquiera de la justicia o de la injusticia. Os estoy hablando de la diferencia, en un gran país, entre convivir o destruirse”. De nuevo: “El racismo anula la dignidad de un país. Anula y mata”. El ejemplo de una nación basada en el apartheid se mostraría pocos años después en Sudáfrica, con todo su corolario de dolor y miseria. (Il Fatto Quotidiano, 27 agosto)
 
Pero no estaba solo King durante esos días en ese palco, rememora también el cardenal Donald William Wuerl, que recuerda con respeto y emoción a su predecesor como obispo de Washington, Patrick O’Boyle, que invitó a las parroquias católicas a participar en la marcha, ofreciendo alojamiento a todos los que vinieran de fuera de la ciudad para el discurso. Fue O’Boyle el que solicitó en el '67, durante los trabajos conciliares, un documento contra el racismo. O’Boyle se expresó así desde el palco: “Que los ideales de la libertad, bendecidos desde nuestra fe, o desde nuestra herencia democrática, prevalezcan en el país”.
 
Hoy, recuerda Wuerl, ya son 30.000 los chicos que son acogidos en las escuelas católicas de su diócesis, que en gran medida forman parte de las minorías que componen la demografía de la ciudad, hacia el compromiso constante para su crecimiento humano (Osservatore Romano, 28 agosto).
 
Queda mucho por hacer en la América que hoy es la de Obama, el primer presidente hijo de un negro africano, guiando la mayor, aunque en declive, potencia mundial. “Si hoy Martin Luther King estuviese vivo, diría que sí, se han hecho muchos progresos, pero también diría: ‘Estoy desilusionado’. En los últimos 50 años hemos asistido a una revolución no violenta. Nuestro país ha mejorado y nosotros somos mejores. Pero todavía hay personas que son marginadas. Negros, blancos, hispanos, asiáticos, nativos, Hay todavía mucha violencia vinculada al uso de las armas de fuego. Las cicatrices y las manchas del racismo están ahí todavía. Si alguno me hubiese dicho en 1963 que viviría para ver a un hombre de color elegido presidente de los Estados Unidos, habría respondido: “Debes estar loco”, dijo John Lewis, diputado democrático de Georgia, que subió al palco junto a King durante ese día. (Corriere della Sera, 25 agosto).

Aunque cincuenta años después de esa histórica jornada, se siente en la Casa Blanca un presidente negro, hijo de un africano, que se ha formado en universidades del Ivy League como Columbia y Harvard, quedan muchas cosas por hacer. Según los datos del Census Bureau, en 1960 los negros que vivían bajo el umbral de la pobreza eran el 56%, mientras que en 2011 han descendido al 28%. Los diplomados han aumentado del 25 al 85% y los graduados han pasado de 365.000 a 5’1 millones. En 1960 los que ocupaban puestos directioas eran apenas el 1’1%, ahora llegan al 8%. Progresos concretos y tangibles, que comenzaron en la campaña de King. “Es verdad –nos dice el Nobel de Economía Robert Solow- que hemos hecho pasos importantes, pero todavía no bastan”. En los primeros años ’60, Solow era el senior economist en el Council of Economic advisers del presidente Kennedy, y por tanto habla por propia experiencia: “El punto crucial sobre el que no ha habido progresos es la renta media familiar. Para los negros continúa siendo baja, comprometiendo la calidad de vida y de la instrucción. El único modo de cambiarlo es adoptar una política fiscal progresiva, pero no hay voluntad política” (La Stampa, 25 agosto).
 
El mismo Lewis dice que el desafío de hoy es el de “completar lo que intentamos en los ’60. Abrir la sociedad americana, para transformarla en la casa de todos”, para que la invocación hecha por el reverendo King pueda hacerse realidad: “con esta fe podremos transformar el sonido discordante de nuestra nación en una armoniosa sinfonía de fraternidad”, dijo. “Llegará el día en el que todos los hijos de Dios, hombre negro y hombre blanco, judío y cristiano, protestante y católico, podremos unir nuestras manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: Libres finalmente, libres finalmente; gracias Dios omnipotente, somos finalmente libres”.

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