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El renacer de la izquierda

Marcelo López Cambronero - publicado el 26/08/13

La izquierda ha muerto y es nuestro trabajo renovarla, revivirla y desarrollarla

Las corrientes de pensamiento político se relacionan con la historia como organismos vivos que debieran adaptarse a su entorno para sobrevivir. Nacen en un momento concreto como respuesta a los problemas que rigen en una época y coyuntura, y lo hacen oliendo a recién nacido, acogiendo esperanzas y repoblando horizontes. Al poco comienzan a acusar los cambios de las circunstancias, teniendo que adaptarse, sufriendo mutaciones, reconstrucciones y, en definitiva, evolucionando para mantenerse a la altura de su tiempo y no quedar sepultadas en el olvido. En esta evolución es inevitable que ese volcán de promesas milagrosamente ajustadas a los anhelos de un pueblo se vaya cristalizando y al final, cuando en su vejez ya sabe que no le es posible soportar más cambios, se vuelva en la práctica conservador, reaccionario, una rémora de la que no siempre es fácil liberarse.

El marxismo no ha quedado al margen de esta ley que gobierna la evolución del pensamiento político. Cuando apareció dentro del panorama internacional de la segunda mitad del siglo XIX, los análisis, críticas y propuestas de Karl Marx y Friedrich Engels se convirtieron en la avanzadilla del progreso, en el paso que sorteaba las montañas y abría camino hacia un mundo mejor. El marxismo unía el espíritu científico más sesudo de su tiempo al romanticismo que, ya desde joven, había acompañado las primeras poesías de su fundador.

Hablaba de leyes económicas que se cumplían fatalmente a lo largo de la historia y que llevaban, pasando por mil formas execrables de esclavitud, hacia el fin de la explotación del hombre por el hombre, hacia la liberación del trabajo, la fraternidad universal y la paz perpetua. Un paraíso terrenal construido a fuerza de ciencia e inteligencia política.

Sin embargo, después de una saga interminable de desventuras, el discurso marxista, apaciguado, domeñado y hecho pragmático por los socialdemócratas y socialcomunistas, es hoy un pensamiento que, si acaso, adorna sin eficacia los despachos de los funcionarios de partido, que se ha convertido en un apéndice del capitalismo al que acoge y protege como una institutriz que lo amara intensamente a la vez que, de cuando en cuando, riñe frunciendo el entrecejo.

El marxismo, no tal y como vio la luz en sus orígenes, sino como se presenta en las estructuras de partido que hoy nos dominan, es un pensamiento de derechas, conservador y burgués del que no podemos esperar ninguna novedad. Si acaso alguna que otra chapuza para mantener a flote el status quo. La propuesta política más inteligente y fresca de la historia se ha vuelto parte intrínseca del sistema imperante y con él ha de irse valle abajo hasta desaparecer de nuestra vista y así dejar de afectar a nuestra mente posmoderna, que ha de limpiar el huerto de malas hierbas y residuos indeseables si quiere ver florecer pellas de universos más humanos.

La izquierda ha desaparecido de nuestros arcos parlamentarios, también en los países latinoamericanos en los que surgen tiranillos-banderas que quieren levantar de nuevo su bandera (y lo que les queda no es más que el mástil, con el que abrirán la cabeza del que les lleve la contraria). No nos dejemos engañar por la parafernalia propagandista, cada vez más indigesta. La izquierda ha muerto y es nuestro trabajo, el de la generación que va cogiendo poco a poco las riendas de la sociedad, renovarla, revivirla y desarrollarla. Así lo requieren la libertad, la igualdad, la fraternidad, la justicia y, sobre todo, el hambre. Sobre todo tened presente el hambre.

"El East End de Londres es un pantano cada vez más extenso de miseria y desesperación", escribía Engels en su obra

La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). Efectivamente, todas las ciudades industrializadas de la segunda mitad del siglo XIX mostraban el mismo aspecto lamentable: masas de trabajadores transformados en indigentes que cumplían jornadas larguísimas, al igual que sus mujeres y sus hijos –en cuanto podían-, para obtener un salario cuya ratio era el nivel más básico de subsistencia. Los otros hijos, los más pequeños, con frecuencia eran drogados para que aguantasen en la cama hasta la llegada de sus famélicos progenitores. ¿Cómo se había llegado a una situación así?

La revolución industrial fue el mayor vuelco en la situación del ser humano sobre la tierra desde el Neolítico. Entonces, cuando las tribus de nómadas berroqueños aprendieron a cultivar la tierra y a cuidar de los animales, tuvo lugar un cambio del que apenas hoy podemos hacernos cargo. El hombre poco a poco dejó de depender de su capacidad de adaptación al medio. Conoció métodos cada vez más eficaces para procurarse el alimento y el vestido, para volverse sedentario y, reuniéndose, pronto estableció modelos de convivencia y cooperación más elaborados, una verdadera sociedad política basada en el criterio de la vecindad, inexistente entre los nómadas.

De esta manera tuvo lugar un evento de consecuencias cósmicas: un animal dejó de evolucionar al liberarse de la ley de la adaptación al entorno y comenzó, con el uso de su razón, a hacer el mundo más humano, es decir, a obligar al medio a evolucionar para adecuarse a sus necesidades y deseos. El hombre, fuera ya de la cárcel del azar y del capricho de unos dioses tiránicos, comenzó a tomar las riendas de su destino y se apropió del planeta, que todavía hoy decimos "nuestro".

Este fue, precisamente, el proceso que vino a interrumpir la revolución industrial. Ella provocó que muchísimos campesinos que habían vivido según la costumbre de sus padres, dueños de sus tierras, de su tiempo y, por lo tanto, de sus vidas, fuesen arrastrados por el hambre hacia los suburbios de las grandes ciudades, donde se amontonaron en barrios empobrecidos. Al llegar encontraron un modelo social, una forma de vida organizada y establecida según un nuevo dios olímpico, el mercado, a la que había que adaptarse o morir. Ellos no podían hacer nada por cambiar o dominar el poder despótico del mercado, que les exigía el sacrificio de la vida, de la prole, de su entera existencia. Evolucionar o morir. Tal fue el grado de alienación que había traído el pujante capitalismo.

Este fue el primer fruto social de la victoria política del pensamiento moderno, apuntada por el liberalismo como corriente predominante. Era una posición que santificaba –y santifica- la criminalidad social afirmando que la mejor vía para lograr el mayor beneficio económico en términos absolutos era que cada cual buscase su propio interés y no se relacionase con los demás en términos de benevolencia, porque el benévolo, el que ayudaba al prójimo sólo por el valor intrínseco de su vida, porque vale la sangre de Cristo, era un "antisistema". El interés propio, el implacable egoísmo, era elevado a los altares como principio científico sobre el que se construía un renovado saber, el saber primero que habría de gobernar sobre toda otra ciencia: la economía.
En esta circunstancia el marxismo se convirtió en el revulsivo político más importante que ninguna mente humana haya jamás alcanzado imaginar. Marx y Engels describieron con habilidad y criterio toda la brutalidad del capitalismo, elaboraron el primer gran proyecto de liberación política del hombre, que habría de sustituir a todo modelo de liberación religiosa porque frente a la religión, que se tenía por un abigarrado conjunto de prejuicios irracionales, enarbolaba un pulcro y poderoso modelo científico. De la pluma de estos hombres nació un verdadero pensamiento de izquierdas, es decir, amante de la igualdad, de la libertad, de la justicia, repleto de una esperanza que se anunciaba capaz de ganar el futuro.


Es cierto, no podemos negarlo, que la ciencia en la que Marx y Engels cimentaron su proyecto era muy dependiente de su tiempo y, sobre todo, bebía de las mismas fuentes que su contrincante, el capitalismo. Eran ramas de una misma genealogía que, a lo postrero, terminaron por compartir los rasgos de la idiosincrasia familiar. En realidad Marx también creía que el egoísmo era el motor de la historia, una potencia capaz de modular el desarrollo de las sociedades, que no eran más que el resultado del conflicto permanente entre dos clases, a saber, la de los propietarios de los medios de producción y la de quienes no ostentaban esa propiedad y se veían obligados a depender de los primeros.

Esa tensión es la que habían soportado los oprimidos, los esclavos, los siervos, los proletarios, y de esa tensión había que liberarse llevándola al extremo, es decir, logrando que los más desgraciados venzan la guerra contra la burguesía, inevitablemente a costa de un baño de sangre. El futuro imaginado, el fin de la explotación, la libertad, exigía el sacrificio de al menos una generación. Marx creía firmemente que llevar el egoísmo hasta su apoteosis era la manera más eficaz de sacárnoslo de encima.

El otro aspecto fundamental, tal vez el más importante, en el que liberalismo y marxismo coincidían escrupulosamente era en la consideración de que el mundo no consiste más que en lo material y que, por lo tanto, ha de explicarse exclusivamente en términos materialistas. Si lo material estructura y explica todo el panorama, la materia se convierte en lo mayor que quepa pensar, que diría el bueno de san Anselmo, y a ello habrán de conformarse nuestras esperanzas. El materialismo es, sobre todo, una "terapia del deseo", capaz de controlarlo, reducirlo y mantenerlo dominado. De esta forma la única salvación que cabe esperar es la que pueda provenir de la política, que es el arte de la gestión de lo material, de lo posible. Una buena gestión hará imposible que suceda el imprevisto. No existe ningún opio más eficaz para el pueblo que situar a la política en el lugar de la religión.

El marxismo se presentaba a sí mismo como la alternativa vencedora. A la luz de sus explicaciones científicas, que preveían el desarrollo de los conflictos económicos hasta la llegada de la victoria del proletariado, parecía estúpido apostar a otro caballo. Había que ser verdaderamente un enemigo del pueblo, un conservador a ultranza, para intentar oponerse no a una ideología concreta, sino a la imparable marcha de la historia, que se había vuelto ahora marxista… o así lo parecía.

Sin embargo, y como suele pasar, aquello que se afirmaba fijado y sellado resultó que estaba por escribir. Con el paso de los años el marxismo, como corriente ideológica, se vio obligado a acompasar sus andares a las cambiantes circunstancias, a evolucionar. El primer problema con el que se enfrentó fue con el impensable incumplimiento de algunas de las leyes económicas que había elaborado, precisamente de las más "macroeconómicas". El sistema capitalista no sólo no sufría crisis cada vez con mayor frecuencia y gravedad, sino que lograba que fuesen distantes en el tiempo y encontraba vías –desde luego, no infalibles, como bien sabemos- para preverlas y solventarlas. Pasadas unas décadas, parecía claro que el capitalismo no sucumbiría por sí solo.

Este hecho cada vez más evidente produjo una grandísima crisis en los partidos que habían ido constituyéndose al albor del marxismo. Algunos, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial la mayoría, propusieron actuar sobre las instituciones para provocar el agravamiento de la situación hasta hacerla insostenible. Eran los partidarios de la toma violenta del poder, de las revoluciones, del terrorismo, de las huelgas políticas indefinidas, en definitiva de la lucha sin cuartel contra la opresión. Otros, al contrario, comenzaron a perder la fe en una victoria total e inmediata y empezaron a pensar en un marxismo "posmarxista" más pragmático.


Eduard Bernstein (1850-1932), que es el pensador, en realidad, que más ha influido en los partidos socialistas y comunistas europeos actuales –mucho más que el propio Marx, que es para ellos poco más que aquel abuelo romántico que peleó en la guerra por unos ideales que ahora carecen de sentido-, se atrevió a indicar y a demostrar que los postulados científicos del maestro eran poco menos que previsiones extremadamente contingentes y que no se cumplirían. No tenía sentido esperar que el capitalismo se resquebrajara sino que más bien, atendiendo a la nueva situación política establecida por los sistemas de partidos, era más adecuado acomodarse y medrar en su interior. A la vista de que los proletarios eran numéricamente más, sin duda el socialismo triunfaría en las elecciones y podría iniciar un programa de reformas que mejoraran poco a poco la vida de las gentes. Para ello contaba con un poderoso instrumento que todavía podía ser un contrapeso frente al mercado: el Estado. El objetivo ya no sería el fin del Estado tras la necesaria dictadura del proletariado, sino la pervivencia de un Estado fuerte que fuese domando al mercado. Se aceptaba así la estructura propia del capitalismo y las partidocracias. Acababa de nacer la socialdemocracia.

Que el marxismo tuviese como una de sus evoluciones la "dictadura del partido" no tiene hoy que escandalizarnos, puesto que forma parte del desarrollo de muchos de los proyectos políticos fascistas que surgieron en las muy primeras décadas del siglo XX. El leninismo, que para muchos fue una renovación de las esperanzas marxistas, es un hijo fiel a su tiempo y Lenin, que desde el principio se mostró como un dictador intransigente y cruel, uno de los peores criminales políticos de la pasada centuria, también. Cuando Stalin quiso convertir a la Unión Soviética en el mayor y más sofisticado campo de concentración no pudo apenas utilizar los Gulag que ya habían sido construidos, porque estaban llenos.

Ahora nos interesa el presente. Tras la Segunda Guerra Mundial todos los partidos que se consideraban a sí mismos de izquierdas fueron acogiendo la inspiración del revisionismo de Bernstein y abandonando de corazón la utopía que, por otra parte, no puede tener cabida en corazones materialistas por su misma definición.

El resultado de esta adaptación del marxismo a los Estados de partidos burgueses está a la vista de todos. En primer lugar se han abandonado, por puro pragmatismo, los ideales internacionalistas. Las elecciones son nacionales y es en ellas donde se juega el reparto del poder, que es lo que ahora interesa. Si cada uno busca su propio interés no cabe esperar que otorgue muchos votos llamar "camaradas" a quienes mueren de hambre en las profundidades de África. Precisamente por eso los partidos socialistas se han transformado en modernas aspiradoras "atrapatodo" que no representan a ningún segmento social, ni siquiera a los pobres o desfavorecidos. Propiamente el diputado representa a la elite política que domina su partido y que es la que le dice lo que en cada caso tiene que votar, además con mandato imperativo.

Lo que queda, de lo que un día fue la izquierda, acepta y defiende sin bochorno el capitalismo ya que cree, con toda seriedad y convicción, que es el mejor modelo posible o tal vez ya el único, y sólo se diferencia de los que se llaman a sí mismos liberales por matices relativos al peso que el Estado debe de ejercer sobre nuestros hombros. De hecho los socialistas y "eurocomunistas" quieren utilizar los instrumentos estatales para convertir su gastado moralismo en legislación y el laicismo simplón en la religión de un nuevo estado confesional, con lo que no sabe ya uno quién está a la derecha de quién o si es que ninguno de los dos, liberales y posmarxistas, dejan a su derecha espacio alguno que pueda ocupar alguien.


Recuperar la lucha por la igualdad, por la justicia, por la fraternidad, va a exigir un esfuerzo titánico que ha de ir más allá de la razón secular, más allá del materialismo y por encima de los actuales Estados de partidos. Tememos que los actores del panorama político actual no nos van a ser de gran utilidad ya que todos ellos, incluidos los sindicatos de clase (la dominante), son conservadores en el sentido más literal -que es aquí el más real- de la palabra.

Sólo existe ya la derecha y va a ser necesario proponer un nuevo programa político radicalmente diferente, que responda a una nueva época en la que de nuevo el mercado quiere convertirnos en animales en evolución a través de la imposición de transformaciones tecnológicas que se suceden, y nos constriñen utilizando la coacción social, a un ritmo frenético.

Se precisa una nueva terapia del deseo que nos haga libres -desde la raíz de nuestra alma inmortal- del consumismo. No podemos dejar que el mercado y sus secuaces, utilizando ahora el Estado como ariete, nos impongan su ciega y triste concepción de la vida, que condena a tantos a la exclusión, a la injusticia y a la muerte por inanición. Tomemos nosotros las palabras del poeta oriolano y adoptemos aquel lema legendario: "Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos".

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