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Me vi encerrada, a demanda de los hombres que venían al local

RAVEENDRAN
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Testimonio de explotación a una joven india de 16 años

Muchas veces tras un matrimonio forzoso se esconde la explotación sexual, explotación laboral y otro tipo de explotación (venta de órganos…).

La demanda y la vulnerabilidad de los afectados, junto con el desconocimiento de los derechos que amparan a las personas y la corrupción que impera en algunas instituciones públicas, llevan a hacer la vista gorda ante este problema.

A esto hay que sumar la ignorancia y la confianza en los “contratistas”, que hacen que muchos padres no vean el verdadero peligro que entrañan estas prácticas indeseables, disfrazadas de oportunidad laboral.

Manos Unidas lucha contra esta explotación, esclavitud y trata de personas y ponen su mirada en la ciudad de  Ranchi, situada en Jharkhand, al norte de India, para mostrarnos la historia de Anamika, que “con tan sólo 16 años ya sabe lo que es la maldad humana”.

Este es su testimonio: “Me llamo Anamika y tengo 16 años. Sé que soy muy joven y que muchos creerán que, a mi edad, mi historia es casi imposible. Pero sepan ustedes que yo vivo en el norte de India, en una ciudad llamada Ranchi, donde la vida, para aquellos a quienes nos conocen como adivasis (tribales), no es nada fácil.  En mi sociedad ser adivasi es ser menos que nada. No contamos para nadie y nuestras vidas no interesan y eso que somos los habitantes originarios de esta zona.

Hasta los doce años tuve una vida normal. Como la de cualquier niña de mi edad en el lugar donde vivo. Me sentía querida por mi padre y adorada por mi madre. Pero, de repente mamá se puso enferma y duró muy poco. Murió dejándonos solos a papá y a mí. Yo intentaba trabajar mucho en casa para que él no notase su ausencia, pero no fue suficiente. Al poco tiempo mi padre volvió a casarse con una vecina, que vino a vivir a nuestra casa. Y todo cambió. Mi madrastra nunca me quiso y un día, aprovechando la ausencia de mi padre, entró en contacto con unos de esos hombres que aparecen de vez en cuando por la aldea, y que siempre terminan llevándose a alguna niña con ellos. Esa vez la niña fui yo. Mi madrastra me vendió por unas rupias, que iban a solucionar, en parte, algunos problemas económicos que teníamos. El hombre nos dijo que yo iba a ir a la ciudad, a trabajar en una casa donde me iban a tratar muy bien…

¡Mentira! Sí que me emplearon en una casa, pero de masajes… A partir de ahí empezó un calvario que prefiero no contaros. Durante meses, me vi encerrada, trabajando a todas horas, a demanda de los hombres que venían al local.

Un día hubo una redada de la policía y yo me puse muy contenta, pensando que todo había terminado. Pero no; me detuvieron por prostitución, y mi jefe tuvo que pagar la fianza para sacarme del local. Entonces fue cuando perdí toda esperanza: estaba en deuda con ese hombre. Había pagado la multa, la fianza, a los abogados y el transporte de vuelta a esa “cárcel” en la que llevaba meses viviendo. “Desde ahora, me dijo, tendrás que trabajar mucho más para pagar todo lo que me debes”.

Quiso la fortuna que, meses después, la policía llegara de nuevo al local, pero esta vez acompañada por trabajadores sociales y miembros de una ONG. Ahora sí que me sentí despertar de ese horrible sueño. Todo había terminado”.

Desde entonces, han pasado más de tres años. Anamika pudo ser rehabilitada, recibió formación y apoyo, y ahora dedica buena parte de su tiempo a asistir a la policía en su labor en contra del tráfico de personas. 

 

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