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Bergoglio, un Papa villero, desde siempre con los últimos

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Entrevista a José María di Paola que cuenta su experiencia con Bergoglio como obispo de Buenos Aires

José María di Paola es para todos el Padre Pepe. Vive y trabaja en las villas miserias, las favelas argentinas, donde la droga mata a muchísimas personas. También gracias a la ayuda y a la protección del arzobispo Bergoglio, está cambiando la vida de muchos jóvenes toxicómanos, a costa de graves amenazas e intimidaciones por parte de los narcos. Habla en el Meeting de Rímini. Mientras tanto ha participado en el Quotidiano Meeting.
 
Padre Pepe, ¿dónde nació su vocación al sacerdocio?
 
Desde niño se me transmitió un sentimiento religioso en mi familia junto a una vocación al servicio de los más pobres, que después tomó forma en el seminario. En la escuela conocí a un sacerdote que fue fundamental para mi orientación, y en el seminario a personas muy importantes en mi vida, como monseñor Angelelli, don Carlos Múgica y monseñor Óscar Romero.
 
¿Qué espíritu anima su iniciativa en la villa?
 
Trabajo dentro de mi parroquia y en estos años hemos dado vida a muchos proyectos: desde la creación de escuelas de formación a la organización de acampadas, desde asociaciones deportivas a escuelas secundarias. Todo esto para formar “líderes positivos”. Al lado de chicos que trafican y que llevan armas, hay muchos, también gracias a nuestra obra de prevención, que estudian y trabajan. Al lado de estos proyectos de prevención, trabajamos también en la rehabilitación de jóvenes tóxicodependientes gracias a la red ‘casas de Cristo’.
 
En una entrevista suya definió al entonces cardenal Bergoglio como “el arzobispo villero”…
 
Desde el principio se involucró en nuestra misión. De forma personal visitaba las villas. Además fue suya la iniciativa de redoblar el número de sacerdotes destinados a las villas. Y es gracias a Él que toda la diócesis de Buenos Aires ha apoyado nuestros proyectos.
 
El actual Papa Francisco dijo hace algunos años que todos nosotros deberíamos aprender de los villeros ¿Qué ha aprendido usted en estos años?
 
Todos debemos aprender de lo que los villeros pueden aportar a nuestra sociedad: religiosidad y solidaridad. Es fácil trabajar en la villa: cuando hacía falta construir comedores populares todos se movían con espontaneidad y rapidez ofreciendo su trabajo de forma voluntaria.

He aprendido a ser sacerdote de forma total porque no hay una separación entre las acciones: se va del decir Misa a la asistencia a los ancianos, del trabajo manual al bautismo de los niños… también en el interior de la villa la gente tiene una totalidad de visión: no existe división entre lo social y lo religioso pero está todo unido. Por ejemplo la fiesta más sentida es la de la Virgen de Caacupé. Todos participan.
 
Hace un trabajo de gran responsabilidad, cada día está en contacto con la miseria y la pobreza: ¿Cómo hace para levantarse cada mañana sin sentarse aplastado por este deber tan pesado?
 
Me levanto con entusiasmo porque soy consciente de no poder resolver todos los problemas que existen, pero respondo a los desafíos que se me van presentando, a las necesidades concretas que tengo delante.
 
El Papa ha dicho que en el ambiente en el que trabaja existe la necesidad de Jesús tanto como el pan que todas las mañanas hornean y distribuyen…
 
En las villas el sentimiento religioso es el alimento cotidiano. Allí no existe el agnosticismo sino que todos, desde sus distintas confesiones, tienen el sentimiento religioso: está tan difundido como el pan.
 
¿Por qué está en el Meeting de Rimini?
 
Me han invitado. Además tengo muchos amigos de este movimiento en Argentina. El testimonio que daré es un modo de mostrar la coherencia entre Bergoglio y Francisco: después de ser elegido Papa no ha cambiado.
 

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