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Jóvenes «ni-ni», una generación desesperada

Marcelo López Cambronero - publicado el 13/08/13

Nada por lo que luchar: ¿dónde están las causas de una falta de esperanza que se ha convertido en global?

Bajo esta canícula del estío vivir en el sur de España es como estar encerrado en una fotografía sobreexpuesta, más en los alrededores de esas terribles cinco de la tarde a las que cantara el poeta con temor y temblor. Aquí el sol se tumba y revuelca sobre el asfalto brillante, derramándose por las calles como si fuese un mar desatado del que no es posible escapar.

La ciudad es una fantasmagoría de sí misma, una caricatura que parece haberse quedado en las espinas, que son los edificios, altos como monstruos paleontológicos. Torres brillantes que relucen y se llenan de destellos y no tienen siquiera la caridad de ofrecernos su sombra. Esta, por miedo a quedar tatuada para siempre al suelo, se refugia en las faldas de sus dueños y no sale de allí más que para desperezarse todo lo larga que es cuando los tonos anaranjados anuncian el fin de la dictadura cotidiana. Es el momento en el que los hombres y mujeres que pueblan la ciudad salen de sus escondrijos y se mueven en la noche buscando el fresco, como vampiros de barrio que se alimentaran sólo del aire liviano.

La España desolada e inhóspita de las cinco de la tarde de cualquier mes de agosto resulta hoy una cínica metáfora de la vida de nuestro país que, de tan sobreexpuesto como ha estado al reinado del interés y la especulación, se ha quedado al fin en los huesos. Se asemeja esta tierra al esqueleto que aparece en algunas viñetas con chistera y puro, todo muerto pero altivo y desafiante, como si le quedara algo para seguir apostando.

Lo trágico y novedoso de nuestra época es que nuestros difuntos, es decir, aquellos que no tienen ya futuro ni esperanza puesta en esta vida, no están todos en sus correspondientes sepulturas: muchos de ellos son jóvenes que, marginados y rechazados por la sociedad, deambulan por las avenidas intentando encontrar algo que hacer, abatidos por la acedia.

Los datos son abrumadores. Más de la mitad de los chavales españoles menores de 29 años están hoy en el paro o, si acaso salen de él intermitentemente, es para realizar trabajos que en su mayor parte no se corresponden con su trayectoria formativa, están mal remunerados y, sobre todo, no les abren horizontes. Si esta cifra resulta de suyo demoledora lean la que sigue, que deja los pelos como escarpias: el 54 % de los jóvenes  entre 18 y 34 años de este pueblo al que pertenezco afirma que no existe ningún aspecto de su vida presente y ningún proyecto futuro (¡ninguno!) por el que se sientan ilusionados o piensen que merecería la pena mostrar interés.

Un 54 % de jóvenes (entre los 18 y los 34 años, lo que son casi dos generaciones) que carecen de esperanza en la vida, que no ven un futuro que conquistar por el que dar inicio a una lucha sostenida. Esto significa que tienen dificultad para imaginar qué será de ellos en los próximos años, puesto que cualquier hipótesis feliz que quieran pensar choca con obstáculos que se ven por el momento insalvables. Ayunos de expectativas, mantienen fríos los pistones de su corazón y no se mueven, transitando por la vida como bultos sospechosos: son la generación "nini", es decir, una enorme cantidad de personas que pasan por la etapa en la que se condensan las decisiones que dan rumbo a la vida sin encontrar nada constructivo que hacer: ni-ni, ni estudian, ni trabajan.

Las estadísticas siempre me han parecido tan poco fiables como las encuestas, pero me apoyaré en ellas aunque sólo sea para mostrar la magnitud de la cuestión. Según entes tan acostumbrados a restregarnos la mentira como la ONU y similares, en España y en México el porcentaje de "ninis" alcanza ya un 34 %, todo un hito que apenas logran superar algunos países africanos. Centrándonos en el mundo hispano, Chile y Argentina rondarían el 20 %, al mismo nivel que el Caribe o Centroamérica, es decir, con 1 de cada 5 jóvenes excluidos del tejido social, lo que es una barbaridad.

Brasil, con toda su bonanza económica -que según las últimas noticias que llegan desde allí parece que sólo alcanza a algunos-, rondaría el 19 %, mientras que otros países de la zona como Uruguay estaría por el 18 %, etc.

Las causas del fenómeno de los "ninis" se podrían agrupar en tres apartados. En primer lugar están las que aduce todo el mundo y que son meramente económicas, es decir, pertenecientes a la estructura interna del modelo productivo (vamos, que los economistas creen que se pueden arreglar con una "puesta a punto" de los engranajes). Son la crisis con su precariedad laboral, el infraempleo, el "mileurismo", el paro; pero también la pertinacia de un esquema económico artificioso que sitúa como objetivo central la ganancia de dinero en lugar de la creación de empleo, y además el hecho de que muy pocos poseen medios propios de subsistencia, lo que obliga a una subordinación permanente a empleadores ajenos.

En otro orden de cosas encontraríamos las causas culturales. Fundamentalmente que la educación está enfocada hacia la dependencia económica y no hacia el autoempleo. No se fomenta la iniciativa, la apertura de horizontes, la creatividad, sino el acomodo y la búsqueda de un "amo bueno" –español fue el que vociferó aquello de "¡que inventen ellos!" desde una cátedra salmantina. Es sorprendente que una sociedad que se dice democrática y avanzada eduque a sus jóvenes bajo el presupuesto de que van a ser siempre económicamente dependientes, convirtiendo a los colegios y universidades en fábricas de almas serviles.

La tercera causa es más profunda y, aunque apenas puedo dibujarla ahora más que en rápidos garabatos, capital. Es, podríamos decir, la causa de las causas señaladas (sin por ello pretender que sea "causa incausada"). Me refiero al liberalismo, entendiendo por tal esa filosofía obtusa y falsa con la que nos han entretejido a todos la cabeza y que se apoya en la siguiente hipótesis: que todos los seres humanos, siempre y en todas las relaciones, buscamos nada más o sobre todo nuestro interés, por otra parte insaciable.

Pues bien, si la vida consiste en la búsqueda del propio interés, si todos somos como esos "tontos racionales" de los que habla el premio nobel de economía Amartya Sen o, con más inteligencia y mala leche, Dostoievski en sus Memorias del Subsuelo, y nos encontramos con que hemos llegado tarde al reparto de las cartas y nos han dejado fuera del juego de los intereses… ¿qué cabe esperar? Ha llegado hasta nosotros una generación que, después de pasarse años aprendiendo las reglas e intríngulis de los asuntos que nos traíamos entre manos, descubre con pesar nuestra voluntad de mantener sus fichas fuera del tablero.

Estos "ninis", contra lo que algunos afirman a boca llena, no son gandules intransigentes que dejan transcurrir los años al amparo de las comodidades que les facilita la familia. Pensemos bien, ¿quién quiere vivir así, sometido a un ocio obligatorio y frustrante, improductivo, como un ser adjunto, con la angustia que genera la ausencia de toda esperanza de cambio? Además, quien pasa así sus días termina por sostener una falta de afecto por la vida que se manifiesta en el conocido "instanteísmo".

Alguno se habrá sorprendido al leer esta última línea. ¿Por qué aquello de vivir el presente en el ojo del huracán, en su punto cenital, es decir, buscando ese instante de textura más fugaz, ha de calificarse como "falta de afecto por la vida"? ¿No sería más bien la revelación de un ansia salvaje por apurarla, por disfrutarla al máximo, por beber de su cáliz hasta las heces? Entonces, ¿cómo es que el "instanteísmo" nace del aburrimiento, de una especie de cansancio, de huida de la vida, de la realidad? No me negarán que hay aquí una particular paradoja. La paradoja del deseo obturado. Hemos encerrado la fuerza más poderosa del universo, el deseo de vivir, en una vasija de barro y nos hemos sentado encima. Necesariamente encontrará un camino por el que abrirse paso.

El campo de juego en el que la vida se expande y desarrolla es el tiempo, y éste no consiste únicamente en el presente. Es cierto que la vida se expresa en el presente y lo hace así porque es el único lugar real en el que el pasado y el futuro se encuentran. El presente es el momento irrepetible en el que las fuerzas del pasado se unen al futuro en la construcción de una historia: nuestra vida, la de cada uno.

El presente es, pues, pasado. No hablamos de los recuerdos que tenemos en nuestra conciencia, sino del tiempo que hemos empleado en constituir lo que actualmente somos y que se ha convertido en las fibras que  conforman nuestros huesos, músculos y cerebro. Somos nuestro pasado, y lo que de  nuestro pasado más importa no es otra cosa que nuestro yo presente. Devoramos el tiempo, y aquel que es bien digerido, bien aprovechado, nos construye. Por eso también nos referimos a la educación como "formación", para no olvidar que lo que aprendemos tiene como función primordial el hacernos crecer. Tan importante es aquello a lo que dedicamos el tiempo que el resultado es nuestro propio yo.

Sin embargo, el anhelo de vida no se puede expresar sólo en pasado, puesto que todo crecimiento requiere una dirección. Nosotros vamos siempre de cara al futuro, tensos hacia el destino.

Si una chica o un chico deciden comenzar unos estudios tan severos o exigentes como pueden ser los de una ingeniería, u otros tal vez menos fieros pero también bellos como podría ser un Magisterio, lo harán siempre con la esperanza de ejercer una profesión que imaginan gratificante. Arriesgan su persona, empeñan su vida, por la espera de un futuro.

La esperanza se constituye así en el timón de la vida. Sin esperanza no cabe acción ni elección y la potencia de la vida decae. Ella es el motor de la vida, la fuente misma de la libertad.

¿Qué sucede con estos jóvenes "ninis", que carecen de expectativa? No creen que se pueda esperar nada de la realidad, ni en el campo profesional ni, en muchos casos, tampoco en el sentimental, con lo que borran de su horizonte las esferas de desarrollo más importantes de la existencia humana. Al robarles la esperanza les han hurtado también la libertad y el presente. No les merece la pena estudiar (¿para qué, si no hay trabajo?), no encuentran ninguna puerta por la que dar un paso digno en el mundo laboral, y han sido educados para amamantarse de una ubre a golpe de nómina y fuera problemas –si la nómina es de funcionario, mejor. Sus momentos están todos rellenos por esos entretenimientos vanos que buscamos todos para huir un rato cuando la vida nos agobia y que en ningún caso quisiéramos que constituyeran el contenido exclusivo de nuestros días. Viven para nada y el hombre no sabe ni puede vivir para nada.

Los súbditos favorecidos por el liberalismo nos merecemos que esta generación perdida levante sus hoces como tridentes para cambiar este mundo que hemos construido con derecho de admisión, pensando también sólo en el instante y no en los que han de venir tras nosotros. Tampoco es imposible que, con toda premura, nos afanemos nosotros mismos en transformarlo. No me cabe duda de que existe entre nosotros otra manera de vivir, inimaginable por su belleza para quien no la conoce de primera mano.

Sin embargo, no son tantas las manos dispuestas a enredar nuevos mimbres. Más bien surgen por todas partes los defensores de la modernidad, gentes que nacieron para ser abogados de los muertos, ultraconservadores forjados "al rojo vivo" que creen vivir a la última moda, moais impasibles e inamovibles enraizados plenamente en la mentalidad dominante. ¡Qué pesados pueden llegar a ser! Como si así nos fuese bien la cosa… A ver si se cansan ya de seguir esperando a Godot y elevan sus ojos hacia el horizonte de donde nos ha de llegar, si no está ya entre nosotros, un nuevo san Benito.

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