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¿Por qué volvemos a caer en pecados ya confesados?

Juan Ávila Estrada - publicado el 06/08/13

Hay que comprender bien lo que significa la “conversión”

¿Por qué cometemos una y otra vez los mismos pecados, a pesar de habernos confesado? ¿Por qué suele ser tan difícil la conversión? Primero, porque ella es una gracia de Dios, segundo, porque la conversión no es una meta sino un camino y tercero, porque cuando le trabajamos lo hacemos de manera equivocada. La comprensión  general que suele dársele a la palabra “conversión” nos remite a la corrección que le damos a nuestra vida y que nos lleva a dejar de hacer el mal para aferrarnos al bien. Pero eso que parece  tan fácil de decir, en la práctica descubrimos que es un ejercicio cuyos resultados no son siempre los que esperamos.

Partamos del hecho de que la conversión no apunta sencillamente a buscar la cesación de los pecados, que en este caso llamaré “frutos del árbol”, sino que la conversión pretende alcanzar el fin del Pecado. He utilizado el sustantivo Pecado con P mayúscula para que comprendamos que los pecados (esas acciones cotidianas que deterioran nuestra relación con Dios y que nos llevan a quebrantar su ley) son la expresión de una realidad interior que ha resquebrajado la estructura de la personalidad, pasando por las emociones, los afectos, el intelecto, la voluntad y la libertad y que ha impulsado al hombre a que poco a poco se vaya alejando del plan de Dios para hacerse a sí mismo arquitecto de su destino y es a lo que me atrevo a llamar EL PECADO.

De esta manera, cuando pretendemos iniciar un camino seguro de conversión nuestras acciones tienden  sólo a corregir o sanar los síntomas de una realidad que está deteriorada desde su estructura. Cuando arrancamos de un árbol frutos de mala calidad pero no hacemos nada para corregir la enfermedad de la planta, el resultado de la acción es que seguiremos cosechando frutos de la misma clase. Por eso suele suceder que en la confesión, cuando hacemos el examen de conciencia y confesamos al sacerdote nuestras culpas, nos quedamos en los actos mismos sin ir a la raíz que los engendró. Así lo que hacemos es sencillamente una poda o arrancamos los frutos dañados de un árbol que viene enfermo desde la raíz. Así, confesión tras confesión, repetimos una y otra vez los mismos pecados que son producidos por un árbol que no puede engendrar otra cosa distinta porque el problema no son los frutos sino la enfermedad que carcome al árbol por dentro.

La acción sanadora y redentora de Cristo en el sacramento no va sólo al hecho de arrancar frutos malos sino sanar el origen del mal, pero para hacerlo es necesario que nosotros mismos reconozcamos qué es lo que genera una y otra vez las mismas acciones. Toda acción tiene su origen en una actitud y “los pecados” tienen su génesis en “El Pecado”. Jesús viene para destruir “el Pecado” del mundo que se enseñorea en los individuos en forma de pecados. No es extraño entonces toparnos con quienes confiesan los pecados, es decir, quienes ponen ante la hoz del confesor los frutos de una vida que viene lastimada e inclinada ante el mal desde tiempos atrás pero no ventilan a la luz de la Gracia de Dios la raíz que les dio vida. Si los sacerdotes y los penitentes nos quedamos arrancando los malos frutos, volverá el Enemigo a regar abono ante una planta que fácilmente la asimilará porque está enferma desde adentro. Ante Jesús no basta exponer los pecados sino también lo más íntimo de nuestra conciencia y nuestra voluntad rebelde que solo quiere hacer lo que le place. La contumacia del corazón, el endiosamiento que hacemos de nuestra propia persona, nos hace olvidar que dependemos del Absoluto que es Dios para intentar darnos vida a nosotros mismos, cuando lo que nos damos es solo muerte.

La propuesta ante esta realidad es que el examen de conciencia apunte al análisis del origen de todos esos males que cometemos para así poder buscar en Cristo la sanación de la enfermedad y no solo el analgésico de la sintomatología. La exposición ante el Señor de la voluntad rebelde hará que el Él no solamente arranque los malos frutos sino que hará un proceso de restitución de la planta entera. Cuando Jesús entró a casa de Zaqueo no llegó como quien va a arrancar malos frutos sino como quien cuida y sana el árbol con amor; los frutos malos de Zaqueo cayeron ante la contundencia del amor de Jesús.

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