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Con la mochila cargada de compromiso

Gilberto Hernández García - publicado el 28/07/13

Termina la JMJ. Los chicos vuelven a casa en las próximas horas. La sensación que queda es de plenitud

Termina la JMJ.  Los chicos vuelven a casa en las próximas horas. La sensación que queda es de plenitud en el espíritu, como me ha referido un amigo: “Verdaderamente la Jornada es una experiencia de conversión”.  Y me relata con toda su carga emotiva cada una de las actividades en las que pudo participar como peregrino. No cabe duda que el Espíritu de Dios sigue “haciendo nuevas todas las cosas”.

Yo me quedo, como periodista y como seguidor de Jesucristo en esta amada Iglesia nuestra, con un grato sabor de boca, con el corazón henchido de gozo; aunque el vértigo de la noticia, el afán de compartir lo más pronto posible lo que estaba pasando en Río, a veces no me permitió digerir en su totalidad y en toda su sustancia todos los momentos que se sucedían, uno tras otro, en la JMJ. La tarea de todos será ir serenando y gustando en todas sus partes, los mensajes de Francisco, que, aunque dirigidos principalmente a los jóvenes, tocan la vida de todos sin importar la edad.

Se ha dicho que la JMJ rebasó con mucho todas las previsiones. Y no se refiero sólo a la enorme cantidad de jóvenes, y adultos “colados” en la fiesta”, que en número de más de tres millones, abarrotó la ciudad de Río de Janeiro; o a las travesuras que la lluvia, el viento y el frío hicieron en estos días; se habla del enorme dinamismo que mostro el Papa, de la sencillez de sus palabras y de la manera directa que tuvo para confirmar en la fe a sus hermanos más jóvenes.

Habló de licuados y de futbol; de modas y de retos; de tomar un cafecito y del clima; de líos y no echarse para atrás; pero siempre del Evangelio, de la presencia de Dios en medio de las realidades de la vida. Con cada una de sus palabras fuimos entendiendo eso de la “novedad del Evangelio”. Cosas ya dichas, ya escuchadas más de una vez, ya sabidas tal vez, pero que ahora tenían como un nuevo significado. Más de una ocasión me llevé las manos a la cabeza mientras leía los discursos o miraba la transmisión, para decirme: “¡Pero, claro! Así son las cosas, así deberían ser”.

Se supone que el periodista no debe involucrarse emocionalmente con las fuentes que cubre, con los acontecimientos que relata, so pena de perder objetividad; sin embargo ha sido muy difícil sustraerse de este ambiente jovial y cargado de fe, que invita a renovar la vida, a asumir cada una de las dimensiones de la propia existencia en clave Reino, ese que anunció Jesús y que el Papa Francisco en estos días nos trajo al primer plano.

Se termina la JMJ. Los sentimientos se cruzan. Muchos jóvenes ya reacomodan sus mochilas para emprender el retorno. Pero esas mochilas, creo yo, permítanme la metáfora, aún con todo su desorden propio de sus dueños, van ahora cargadas de reflexiones, compromiso, tareas pendientes que por sí mismo urgirán a cada uno a realizarlas. El Papa ha sido claro: “Hay que sudar la camiseta”, como dijo en la vigilia. No hay que distraerse, porque el que lo hace se pierde y juega en otro partido.

Uno de los símbolos que más me han llamado la atención durante la Jornada, fue cuando en la Vigilia unos jóvenes construyeron (o reconstruyeron) una iglesia. Fue un esfuerzo enorme el que hicieron,  sin embargo, poco tiempo después ellos mismos se encargaron de desmantelarla, ¿por qué? Porque es parte de la misión: ir a las comunidades de origen y edificar la parte que toca de esta gran familia que es la de los hijos de Dios.

Esa es la parte con la que yo me quedo: desde mi profesión de periodista y mi vocación de seguidor de Cristo, me siento impulsado a seguir colaborando por estos medios a difundir las buenas nuevas del amor de Dios. Ha sido una hermosa oportunidad para estar cerca del “corazón del mundo”, que fue la JMJ de Río. 

Tags:
jornada mundial de la juventud
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