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La receta definitiva para salir de la crisis económica

Monseñor Juan José Asenjo - SIC - publicado el 23/07/13

Es necesario un rearme moral: acogida, solidaridad y legalidad son valores fundamentales

Somos muchos los que estamos convencidos de que la crisis económica que padecemos tiene raíces morales. En su génesis hemos de situar el liberalismo desenfrenado, germen de injusticias, de dolor y sufrimiento sin cuento para tantas familias. Otros factores son el relativismo ético, que ha barrido la ley natural, y el individualismo, que oscurece la dimensión relacional del hombre y lo conduce a encerrarse en su pequeño mundo, para satisfacer ante todo sus propias necesidades, apetencias y deseos, olvidando a los demás. Consecuencias de esta mentalidad son el lucro fácil, el enriquecimiento a cualquier precio, la especulación inmobiliaria, la dificultad de los jóvenes para incorporarse al mundo del trabajo, la soledad de los ancianos, el anonimato que caracteriza con frecuencia la vida en las ciudades, y la indiferencia de muchos ante las situaciones de marginación y pobreza.

Por ello, urge trabajar por la implantación de una sociedad más humana. El primer paso es redescubrir la ley natural, concreción de la ley eterna para la criatura racional. Hemos de redescubrir además la relacionalidad como elemento constitutivo de la propia existencia. El hombre es el único ser de la creación capaz de dar una acogida incondicionada y un amor infinito a sus semejantes, un ser llamado a vivir en relación, un ser para los demás, que debe considerar al otro como alguien de su propia familia, como alguien que le pertenece.

Urge, pues, que todos favorezcamos el rearme moral de la sociedad y que la Iglesia, las instituciones del Estado, de la sociedad civil y la escuela luchen por fortalecer la conciencia de que todos formamos parte de una única realidad, fomentando los valores de la fraternidad, la acogida, la solidaridad, la preocupación por los otros, especialmente por los pobres, poniéndonos de su parte y en su lugar, apeándonos, como el Buen Samaritano, de nuestra cabalgadura para arrodillarnos ante el empobrecido y el que sufre, para curarle y vendarle tantas heridas. Hay que favorecer también el principio de legalidad y la ejemplaridad de las instituciones y representantes públicos.

Mucho puede hacer en este campo la familia y la escuela, educando a los niños en la fraternidad, en la experiencia de la generosidad y el descubrimiento del prójimo. Mucho puede hacer la Iglesia anunciando el Evangelio de la paz, la justicia y la fraternidad, recordando que todos los hombres somos hermanos, hijos del mismo Padre, salvados por la misma sangre redentora de Cristo. Mucho pueden hacer y están haciendo las instituciones de la Iglesia, socorriendo a los pobres en sus necesidades primarias, desde las Caritas diocesanas y parroquiales, desde las obras sociales de los religiosos, desde otras instituciones de matriz cristiana, y desde la acción social de nuestras Hermandades. Mucho está haciendo la Iglesia acogiendo fraternalmente a quienes emigran de sus países a causa de la pobreza o la violencia, y reclamando a las administraciones públicas que desarrollen sistemas de plena integración en el tejido social, de modo que los autóctonos y los que llegan de fuera sientan el lugar donde residen como la casa común.

Para nadie es un secreto que en nuestros barrios sevillanos y en nuestros pueblos hay mucho sufrimiento y dolor como consecuencia del paro. Es tristísima la situación de más de la mitad de nuestra juventud, sin horizontes y sin futuro. En esta coyuntura henchida de desesperanza, es preciso reforzar la solidaridad. Es una exigencia de caridad y justicia que en los momentos difíciles quienes tienen más se ocupen de los que viven en condiciones de pobreza. Las instituciones deben asegurar el apoyo especial a los parados, a las familias, especialmente a las numerosas, a los jóvenes, los más castigados por la falta de trabajo. A los ciudadanos les corresponde cumplir honradamente las leyes por un elemental sentido de la justicia distributiva. Por ello es injustificable el fraude fiscal, la evasión de capitales, la corrupción y el enriquecimiento ilícito.

Por último, en esta hora es más urgente que nunca la ejemplaridad de los responsables de las administraciones públicas, que han de ser especialmente transparentes y escrupulosos en la gestión de los recursos y en la administración de lo que es de todos. Lo contrario produce desánimo y hastío en la sociedad y disminuye las defensas éticas de nuestro pueblo, ya de por sí debilitado en el campo de los valores morales.

Concluyo citando una frase del Papa Benedicto XVI dirigida a las autoridades del Ayuntamiento de Roma en enero de 2011 refiriéndose a la crisis económica que aflige a los países del sur de Europa: “Los desafíos actuales –dijo el Papa en esta ocasión- son múltiples y complejos. Sólo será posible vencerlos en la medida en que se refuerce la conciencia de que el destino de cada uno está ligado al de todos. Por eso, la acogida, la solidaridad y la legalidad son valores fundamentales”. Hago mías con calor las palabras del Papa.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

Tags:
corrupcioncrisiseconomíamoral
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