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JMJ: Puentes para la Civilización del Amor

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Para cambiar el mundo, no bastan movilizaciones y protestas: hacen falta vínculos afectivos

Juan Pablo II vio a su tierra natal sufrir las fuerzas devastadores del totalitarismo. Fue un joven artista, amante de la vida, del deporte y del encuentro con otros jóvenes que dio inicio a la JMJ, un hombre que enfrentó valientemente líderes y regímenes políticos que limitaban la libertad del ser humano y constantemente mancillaban su inestimable dignidad. Wojtyla sabía que los jóvenes poseen un don inestimable de hacer amigos, de superar preconceptos, de no conformarse con las incoherencias y de actuar en equipo. Los desafíos sociales de los nuevos tiempos son bañados por el individualismo, y la JMJ se configura en sus pequeños detalles como una esperanza para la Iglesia y una inspiración para las nuevas generaciones.

El espíritu que hace eco a la visita de grupos de numerosas nacionalidades es de acogida, desprendimiento y fraternidad. La JMJ trae un mensaje importante de que no bastan las movilizaciones, movimientos, manifestaciones o protestas para cambiar el mundo, es necesario que haya vínculos afectivos, construcción de puentes de amistad, una transformación que comienza de dentro hacia fuera.

Un visitante incomoda, todo el mundo que llega a nuestra casa trae ciertas incomodidades, así sucede con las personas que están recibiendo peregrinos en sus casas, así sucede con los cariocas que están recibiendo a los peregrinos en su ciudad. La rutina cambia, la ciudad ganó un día de fiesta esta semana, mientras que mucha gente durmió en el sofá para ceder su cama a un extranjero que no había visto en su vida. Todas las personas involucradas en estas actividades están construyendo puentes y estos puentes serán duraderos.

Autores famosos de psicología, como Winnicott y Melanie Klein, por ejemplo, concuerdan en la teoría de que el ser humano posee una moralidad innata que le da noción de preocupación original o bondad original hacia su semejante.
De esta forma, las iniciativas que promueven la fraternidad y la construcción de nuevos vínculos afectivos contribuyen para que el ser humano se realice y encuentre el sentido de su vida. Epicuro, ya en el Grecia antigua, hablaba del valor de la amistad como algo que está por encima de la ley, pues para los amigos las leyes no son necesarias, las relaciones se basan en la ley del amor. Obviamente que el gran mensaje del Cristianismo sale de la teoría y encuentra la verdad, Cristo, repetidas veces ofrece demostraciones de que el amor al prójimo debe estar por encima de las leyes sociales y éstas son el fundamento de la tan soñada Civilización del Amor también predicada fuertemente por el Beato Juan Pablo II.

Mientras muchos sectores de la sociedad se inquietan por entender los acontecimientos de la JMJ, preguntándose si el Papa debe ser recibido como un jefe de estado o como un líder religioso, siguiendo los pasos del precursor de la JMJ, Francisco busca encuentros, acaba de cambiar nuevamente su agenda para encontrarse con sus miles de paisanos presentes en Río, más allá de haber dejado el carro blindado de lado e insistir en visitar a las familias en la “favela” (barrios pobres). El Papa viene a construir puentes para la Civilización del Amor.

La construcción de puentes también requiere limpieza, es necesario que se destruyan los muros del orgullo, del poder, de la intolerancia y de la discriminación. A ejemplo del predecesor que contribuyó mucho a la caída del muro de Berlín, Francisco también será crítico con los sueños totalitarios de muchos agentes políticos que configuran el escenario de América Latina. Todo eso porque sabe que la ley del amor no debe ser impuesta para que acontezca el bien común, una vez que el bien común se vuelve una ley impuesta por el gobierno, el ser humano pierde la oportunidad de vivir la gratuidad del amor y desfallece.

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