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¿Occidente desoccidentalizado?

FIAMC - publicado el 15/07/13

Algunas reflexiones sobre la defensa de la vida y los relativismos

La cultura “light” de relativismo, permisividad, utilitarismo y falta de respeto por el otro no pertenecen a la tradición de la cultura occidental, afirma la politóloga Beatriz Eugenia Campillo Vélez, docente del Instituto de Humanismo Cristiano de la Universidad Pontificia Bolivariana, en un artículo publicado en la página web de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas.

Campillo se refiere a las raíces de la cultura occidental: Grecia, Roma y el cristianismo. En primer lugar, destaca, “de los griegos aprendimos el logos, entendido como el argumento, la razón, la palabra -aunque no como oposición al Mythos- que abre justamente el diálogo, aquel acercamiento de puntos contrarios que no necesariamente pretendía llegar a un consenso, sino que siguiendo el buen ejemplo socrático, se trataba de exponer las ideas a fin de aproximarse a la verdad, aunque esta fuera bastante esquiva”.

“De los romanos heredamos aquella idea de que la mejor forma de organizar una sociedad es mediante normas (principalmente jurídicas)”, continúa.

Finalmente destaca la idea del prójimo propia del cristianismo, no tanto en un sentido religioso, sino especialmente en un sentido cultural; el mensaje revolucionario de Jesús, que propone “amar al prójimo como a ti mismo” dará lugar más adelante a la elaboración de discursos como el de los Derechos Humanos, ya que sólo se puede hablar de dignidad humana si entiendo al otro como alguien igual a mí, finalmente es un problema antropológico”.

“Estos discursos se anclan en el Derecho Natural –escribe la politóloga-, lo que a su vez hace que desde una ética de tradición latina sea normal que hablemos de la verdad como una búsqueda de lo objetivo, de la identificación del bien (la virtud) y del mal (el vicio); pero sobre todo que se hable de la persona humana, alguien que por su dignidad merece cuidado y respeto”.

Con el paso de los siglos, prosigue, todo esto que era lo propiamente Occidental sufrió un reduccionismo en la Modernidad. “El logos se entendió como lo científico, como el conocimiento verdadero, en términos de lo comprobable; por lo que se opuso al mythos que en la antigüedad solía acompañarlo como recurso”.

“La modernidad bajo paradigma del dualismo cartesiano, intentó ver a la persona bajo la óptica del método científico, olvidando sus múltiples dimensiones, su misterio, que no puede ser limitado a lo que las ciencias duras pretendan comprobar o decir en el sentido de medir, pesar, cuantificar… porque somos mucho más que eso, pero cuando lo olvidamos empezamos a cosificarnos y abrimos la puerta a corrientes utilitaristas, que nos evalúan por cuan útiles o estorbosos resultamos para los sistemas económicos y no tienen en cuenta nuestra dignidad”, explica.

Occidente de alguna manera fue renunciando a la pregunta por la verdad y se conformó por aceptar lo que la ciencia y la técnica le ofrecían”, prosigue antes de citar la encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco, que advierte que “en la cultura contemporánea se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica”.

“Esa concepción terminó por invadir el mundo jurídico y ha complicado la defensa de la vida”, añade. “Como Occidente dejó de preguntarse por el bien y el mal, así mismo el Derecho dejó de preguntarse si las normas eran justas o no, incluso difuminó la frontera entre el derecho y el delito, y remplazó la pregunta simplemente por: ¿quién dice la norma?… las discusiones hoy, particularmente aquellas que tienen que ver con la vida humana, se cierran tan pronto se citan argumentos de autoridad”.

Para Campillo, “sin embargo el punto que genera mayor incertidumbre, es que incluso la confianza en la ciencia se ha debilitado, pasando esta a ser servidora del poder, negando o interpretando de forma amañada e ideologizada lo que la simple evidencia muestra”.

Como ejemplos, propone “los cambios del lenguaje utilizados para ocultar la realidad, términos como “pre-embrión”, “interrupción voluntaria del embarazo”, “muerte digna”, “Derechos sexuales y reproductivos”, etcétera, que hoy no sólo están en las legislaciones, sino también en libros de medicina, a sabiendas de que no son términos precisos, ni científicos y que violentan la dignidad tanto del paciente que inicia su vida, tal vez aun en estado embrionario o fetal, como de quien la está finalizando”.

“Parece que occidente particularmente en la postmodernidad renunció a hablar de la verdad y su búsqueda, y ve con sospecha a quien se atreve a decir que algo es bueno o malo de forma objetiva, pero esa no es realmente su tradición original como cultura”, afirma.

Y añade: “La excusa es que esos discursos quedaron ligados a los totalitarismos del siglo XX, y así justificamos el olvido de la episteme griega y nos hemos venido a quedar con la mera doxa, supuestamente para mostrarnos abiertos y pluralistas, cayendo en un profundo relativismo, que por demás es absolutista en tanto se impone a todos”.

Sin embargo, “en Occidente la bioética personalista intenta hacer una auténtica defensa de la vida enfrentándose a los relativismos, pone a la persona en el centro, y habla con un lenguaje claro, parte de aquello que la ciencia misma ha conocido: el ser humano es persona desde el momento de la concepción y debe protegerse su vida hasta la muerte natural”, destaca.

Para la experta, “la defensa de la vida humana emprendida por la bioética personalista tiene entonces como misión fundamental recordar aquellos argumentos que son obvios y simples, pero que a veces se olvidan (···) o se niegan”.

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