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San Alberto Hurtado, un profeta que no llegó, pero estará, en Río

© DR
San Alberto Hurtado
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Su legado tiene un gran impacto en América Latina

Caso único en América Latina, el Congreso Nacional chileno aprobó –por unanimidad—el 18 de agosto, día de la muerte del sacerdote jesuita Alberto Hurtado, Día Nacional de la Solidaridad.  El Padre Hurtado, fundador del Hogar de Cristo es el patrono de la solidaridad en Chile, y uno de los grandes iconos de América Latina de esta virtud, que tanta falta hace a los pueblos de este continente.
 
En Chile donde fue nombrado Padre de la Patria; cada año, marchan cerca de 70 mil jóvenes a visitar su tumba.  Junto con el Hogar de Cristo, impulso a miles de jóvenes a participar en la Acción Católica.  Aproximadamente cien sacerdotes chilenos le deben a él su vocación.  Su mensaje es vigente.  Y ha de retumbar en las calles de Río de Janeiro, durante la Jornada Mundial de la Juventud.
 
Precursor del espíritu del Celam
 
El padre Hurtado murió en 1952, no tuvo tiempo, pero preparó el terreno, para asistir a la primera Conferencia General del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) en Río de Janeiro, en 1955.  Sin embargo, fue el gran precursor de Río, en 1955, de Medellín en 1968, con la presencia del Papa Pablo VI, y de Puebla (en 1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).  Puebla y Santo Domingo con la presencia del Papa Juan Pablo II, y Aparecida con la presencia del Papa Benedicto XVI.
 
Los temas que veía San Alberto para el Celam fueron programados por su íntimo amigo, monseñor Manuel Larraín, primer vicepresidente del Celam y, a partir de 1962, presidente del mismo.  Él introdujo la misión de “mirar lejos” y proyectar una tarea evangelizadora en toda América Latina, considerando ésta como una Patria Grande, “sentir como Iglesia” desde el Río Bravo hasta Cabo de Hornos.
 
Su pregunta, de 1941, ¿es Chile un país católico?, motivó, más tarde, en Río de Janeiro, que el Celam se agrupara bajo la misma idea: poner en estado de misión permanente la catolicidad del continente americano, el llamado “continente de la esperanza”, muchos años más tarde, por Juan Pablo II.  La acción misionera de San Alberto Hurtado, retomada en Aparecida, era el intento de comunicar el amor de Cristo a los pobres y fortalecer la fe para “dar hasta que duela”.
 
El Hogar de Cristo, el hogar de todos
 
La obra emblemática del padre Hurtado fue El Hogar de Cristo.  Él mismo relató que una noche fría y lluviosa, se le acercó “un pobre hombre con una amigdalitis aguda, tiritando, en mangas de camisa, que no tenía dónde guarecerse”.  Dando un retiro para señoras, en la Casa del Apostolado Popular, les habló sobre la miseria que había en Santiago y la necesidad de la caridad.
 
La pasión y emoción con la que el Padre Hurtado habló esa noche, hizo nacer la idea de fundar el Hogar de Cristo. A la salida del retiro, recibió las primeras donaciones, un terreno, varios cheques y joyas de parte de las señoras presentes.
 
En mayo de 1945, el arzobispo de Santiago, monseñor José María Caro, bendijo la primera sede del Hogar de Cristo. Y al año siguiente se inauguró la Hospedería de la calle Chorrillos.  San Alberto Hurtado salía en las noches en su camioneta verde en busca de niños y jóvenes que estuvieran en las calles y debajo de los puentes y los llevaba al Hogar de Cristo.
 
En 1945 publicó “La vida afectiva en la adolescencia” y “La crisis de la pubertad y la educación de la castidad”.  Fundó Asich (Acción Sindical Chilena) en 1948 e hizo una gran labor con los obreros, los orientaba a prepararse en la doctrina social de la Iglesia y a incorporarse a los sindicatos.
 
Un Mensaje vigente
 
Impulsado por su interés por el apostolado intelectual, fundó la Revista Mensaje como parte del proyecto de trabajo social que propuso en 1947 al Padre Janssens, Superior General de los Jesuitas. El Padre Hurtado deseaba la publicación de “una revista de vuelo” con la finalidad de dar formación religiosa, social y filosófica. Lo que él quería era: “orientar, y ser el testimonio de la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo”.
 
En octubre de 1951 apareció el primer número de Mensaje. En su editorial, explicaba que el nombre aludía “al Mensaje que el Hijo de Dios trajo del cielo a la tierra y cuyas resonancias nuestra revista desea prolongar y aplicar a nuestra patria chilena y a nuestros atormentados tiempos”.
 
El Padre Hurtado sufrió un infarto pulmonar en 1952. En el Hospital Clínico de la Universidad Católica le diagnosticaron un cáncer al páncreas.  Los que lo visitaron en su lecho de enfermo recuerdan sus palabras: “¡Cómo no voy a estar contento! ¡Cómo no estar agradecido con Dios! En lugar de una muerte violenta me manda una larga enfermedad para que pueda prepararme; no me da dolores; me da el gusto de ver a tantos amigos, de verlos a todos. Verdaderamente, Dios ha sido para mí un Padre cariñoso, el mejor de los padres”.
 
Las fuentes del Papa Francisco
 
El 18 de agosto de 1952, el Padre Hurtado murió santamente, rodeado de sus hermanos de comunidad.: “A medida que aparezcan las necesidades y dolores de los pobres, busquen cómo ayudarlos como se ayudaría al Maestro. Al desearles a todos y a cada uno en particular este saludo, les confío en nombre de Dios, a los pobrecitos”.
 
El 20 de agosto, a las 8:30 de la mañana, se celebró la misa de funerales. El cardenal Caro rezó el responso, y la homilía estuvo a cargo de su amigo, monseñor. Manuel Larraín, el obispo de Talca, quien después se convertiría en el heraldo del Padre Alberto, en Río de Janeiro, en 1955, y en Medellín, 1968.
 
El proceso misional, de una Iglesia cuya opción preferencial son los pobres, como es la Iglesia latinoamericana, de la que ha bebido el Papa Francisco, había comenzado con un humilde padre jesuita chileno beatificado el 16 de octubre de 1994, por el Papa Juan Pablo II  y canonizado el 23 de octubre del 2005 por el Papa Benedicto XVI, en compañía de 31 cardenales y de centenares de obispos y sacerdotes.
 
Ése día se hizo realidad el sueño de muchos chilenos. Alberto Hurtado Cruchaga fue declarado santo y con la canonización del fundador del Hogar de Cristo, culminó una etapa; sin embargo la Iglesia latinoamericana tiene una tarea inmensa por delante: hacer realidad el legado misionero, “una Iglesia pobre y para los pobres”, de San Alberto Hurtado.
 

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