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Mira lo mucho que te ayuda a educar a los hijos creer en Dios

© Philippe LISSAC / GODONG
La fe en Dios ayuda a educar correctamente a los hijos
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Admitir la existencia de Dios ayuda a ordenar los afectos y las expectativas sobre los hijos... entre otras cosas

Fe

Tener fe no significa sólo en Dios, sino también en el hombre. La fe en Dios puede representar un alivio en la educación. Hago lo que está en mi mano pero dejo de preguntarme continuamente si los métodos educativos son perfectos o si no estoy haciendo daño a mi hijo. Hago lo que puedo y confío en que mi actuación sea bendecida, a pesar de que cometo errores.

Que los métodos educativos que adoptamos son los correctos es algo imposible de demostrar. Sólo hay una cosa segura: lo inseguro del resultado.

Por ello, la educación es ante todo y sobre todo relación. Debemos instaurar una relación con los hijos y confiar en nuestros sentimientos.

[…] Espiritualidad en la familia significa creer que mi niño es único, intentar empatizar con él para descubrir cada vez más esta imagen original.

Corremos continuamente el riesgo de proyectar en los hijos imágenes nuestras, pero que ofuscan su singularidad y les impiden crecer en esa unicidad que Dios les ha destinado.

[…] Creer significa observar a nuestro hijo preguntándonos: ¿qué tiene de especial este niño? ¿Qué transmite con sus sentimientos? ¿Cómo reacciona? ¿Qué le llega?

Y también aquí es necesario el silencio para liberarnos de las imágenes, a menudo inconscientes, que atribuimos al niño y abrirnos a su unicidad y particularidad.
 
El bautismo nos recuerda continuamente que el niño es hijo de Dios. Cuando durante la ceremonia se derrama sobre su cabeza el agua significa que se le limpia de todo lo turbio con lo que le cargamos proyectando en él nuestros deseos y nuestras ideas.

El bautismo no sirve solo al niño, sino también a los padres. Les recuerda que deben abandonar las aspiraciones que se insinúan en la relación con los hijos.

El bautismo tiene también otro aspecto importante porque se dice del niño: “Tú eres mi hijo predilecto. Tú eres mi hija predilecta. En ti me he complacido”.

Karl Friedlingsdorf ha escrito un libro, titulado Vivir, no sobrevivir, en el que sostiene que muchos hijos reciben de los padres un reconocimiento condicionado de su existencia: “Puedes existir si te portas bien, si haces algo, si tienes éxito, si no das problemas”.

Si el niño siente que su existencia está condicionada, se adecuará totalmente a ella con tal de ser amado. Hace lo que sea para que se le aprecie. Pero esto es sobrevivir, no vivir de verdad.

La vida verdadera presupone el derecho de existir sin condiciones, la aceptación incondicional por parte de los padres y de las demás personas de referencia. El bautismo recuerda a los padres (y no solo a ellos) que deben aceptar y amar sin condiciones a los hijos.

[…] Tener fe en un niño significa sin embargo algo distinto. Una vez Romano Guardini dijo: “En el nacimiento de cada hombre, Dios pronuncia una palabra clave que vale sólo para ese individuo. Y la tarea de ese hombre es la de hacer percibir en este mundo la palabra única que Dios le ha dicho sólo a él”.

Tener un hijo significa por tanto escuchar lo que Dios quiere decirnos a través de él.

[…] Muchos padres de niños discapacitados o “extraños” al principio sienten un choque. Tienen miedo de no saber cómo tomar la discapacidad del niño o que sufra toda la familia. Y sin embargo, muchas veces han podido constatar que el niño discapacitado es una bendición para todos. Tiene en sí algo que hace bien a la familia.

El hijo discapacitado no es sólo un pobre niño al que cuidar. En él hay también una gran riqueza. Tener fe significa descubrir esta riqueza y estar agradecidos por ella.

Esperanza

Sin esperanza no se puede ser padres o madres. La esperanza, sin embargo, es distinta de las expectativas: la de que sea bueno en el colegio, por ejemplo, o también las más profundas sobre el éxito en la vida. La esperanza no puede ser decepcionada.

Esperar – dice el filósofo francés Gabriel Marcel – significa: yo espero por ti. Espero en ti. Esperar significa que no abandono nunca a mi hijo, que sé esperar.

Tener fe significa creer en el fondo de bondad de un hijo. Tener esperanza quiere decir esperar a que aflore, que crezca cada vez más en su unicidad y que la suya sea una vida lograda.

De la esperanza san Pablo dice: “Una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia”.

Para un hijo esperamos lo que no vemos. La esperanza, de hecho, revela lo invisible. Es una fuerza que pone en marcha un movimiento en el niño y puede dar paciencia a los padres, de modo que no se desesperan si le ven cometer siempre los mismos errores, si aparentemente no hace progresos, si aún no empieza a hablar.

La esperanza concede al niño un espacio en el que poder desarrollarse y una perspectiva de futuro que infunde esperanza también en él: vale la pena vivir.

[…] Los niños disponen de grandes recursos, son a menudo muy creativos y a menudo saben encontrar soluciones. Y advierten claramente si se confía en ellos o no.

A veces los padres temen que los hijos enfermen o se den un mal golpe. “La esperanza ahoga el miedo” dice Ernst Bloch. Verena Kast, desde el punto de vista de la psicología, describe la esperanza como una fuerza terapéutica, afirma que “en el hombre la esperanza viene antes que el miedo, por lo que puede elegir esperar activamente”.

En la puerta del Infierno, Dante escribe: “Abandonad toda esperanza los que entráis”. El infierno es allí donde no hay esperanza. Si los padres no la transmiten a los hijos, si ellos mismos no la tienen, para los niños es el infierno. Viven en un espacio sin esperanza, sin luz, sin vida.

Amor

Los padres aman a los hijos, los cuales, sin embargo, a menudo maltratan este amor. Sobre todo en los primeros años, a los padres se les pide muchísimo: es el niño el que marca el ritmo de la jornada, les priva del sueño y exige atenciones constantes.

Y luego está la desilusión de verlo temeroso, inseguro o incluso inclinado a comportamientos destructivos. No era así como imaginaban la educación de un hijo, cuentan muchos padres estresados y de los nervios.

Aquí se abren dos caminos importantes, para que el amor sea estable. El primero es espiritual: confío en que hay en mí una fuente de amor que no se agota nunca.

Es la fuente del Espíritu Santo que, por decirlo con palabras de san Pablo, ha sido derramado en nuestros corazones en forma de amor. Si creo que no lo tengo, intento ponerme en contacto con esta fuente que brota dentro de mí y el amor se derramará también en las situaciones difíciles.

Es más que un sentimiento. Es una fuente de fuerza que me hace capaz de aceptar incondicionalmente a mi hijo y tratarlo bien.

Tener fe significa ver al hombre que hay en un niño. Amar significa tratarlo bien. Puedo amar a mi hijo sólo si creo en su unicidad y en su capacidad.

El segundo camino para renovar el amor en nosotros mismos es tomar siempre en serio precisamente los sentimientos desagradables.

A veces hacia un hijo no se siente sólo amor, sino también agresividad. Conocemos todos a padres que se sienten culpables si sienten agresividad hacia los hijos. Son padres que tienen muchas veces una idea perfeccionista del amor. Amor y agresividad, sin embargo, van juntos.

La agresividad tiene la función de regular la relación entre cercanía y distancia. Si una madre siente agresividad hacia su hijo, es una invitación a cuidarse a sí misma. Necesita una mayor distancia del hijo, necesita tiempo para sí misma.

Pero si tiene un ideal equivocado pensará: “Debo sentir siempre el mismo amor por mi hijo”, reprimirá la agresividad y se decepcionará cada vez que se le presenta. La agresividad entonces puede manifestarse en el miedo irracional a poder hacer daño al hijo.

Una madre me contaba que, cuando en la cocina manejaba un cuchillo grande, le asaltaba el temor de apuñalar y herir al hijo. Naturalmente, esta madre amaba a su hijo, pero pensaba que el amor debía ser absoluto. Por ello había reprimido totalmente la agresividad hacia él, y ésta volvía a aflorar en esos miedos obsesivos.

Si esta madre abandonara el ideal del amor absoluto, podría aceptar y elaborar su propia agresividad, cuya única función es la de recordarle que de vez en cuando necesita dedicar un poco de tiempo a sí misma para poder afirmar su propia autonomía hacia el hijo.

Si nuestra vida no está marcada por una espiritualidad sana, esta se manifiesta a menudo en pretensiones excesivas sobre nosotros mismos. Pretendemos entonces ser capaces de un amor absoluto. Pero sólo Dios puede tener en sí algo absoluto.

Y si no tenemos una imagen de Dios, nos hacemos Dios nosotros mismos para nuestros hijos, pensando que debemos hacerles sentir que estamos siempre allí, que lo podemos todo, que somos capaces de transmitirles una seguridad y una protección absolutas.

Al principio los niños conciben a menudo a los padres como divinidades omnipotentes. Pronto, sin embargo, esta imagen se rompe y los ven en sus limitaciones.

La educación (religiosa) permite a los hijos trasladar las proyecciones divinas desde los padres a un ser superior capaz de ofrecer protección y amor absolutos. La fe en Dios ayuda al niño a aceptar el destronamiento de los padres y a gozar con gratitud de su amor limitado.

[TEXTO TOMADO DEL LIBRO DE ANSELM GRÜN Y JAN-UWE ROGGE, “LE DOMANDE DEI BAMBINI SU DIO” (LINDAU)]
(N. del E. El hecho de ofrecer este escrito del p. Grün no significa que Aleteia se identifique con el conjunto de su obra)

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