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El «matrimonio» homosexual es irracional

© Marie ACCOMIATO / CIRIC

Una boda entre personas homosexuales

Marcelo López Cambronero - publicado el 07/06/13

Una unión que está de suyo vedada a la procreación no puede ser un matrimonio

El debate sobre las uniones homosexuales y el nombre con el que deben ser legal y socialmente reconocidas es un ejemplo de las absurdas discusiones en las que nos enzarzamos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Entiéndase bien, lo absurdo de estos debates públicos no es su objeto, o la pregunta a la que se quiere responder, que por lo demás suele ser interesante.

La incoherencia de las disputas deviene de la manera artificiosa de afrontarlas: en lugar de atender a la naturaleza de la cuestión a tratar, cada cual escribe o habla sobre el tema intentando imponer su paradigma ideológico y reduciendo la realidad según su gusto sentimental. Este camino no ayuda a aclarar los matices, a encontrar los argumentos más decisivos ni, por supuesto, a lograr concordia, sino que enfanga el panorama con una mezcla de ideología, emociones desaforadas y mucha, mucha voluntad de poder.

No creo que el lector me niegue que para realizar un juicio sobre una cosa concreta es conveniente tener una noción lo más precisa posible sobre lo que es. Precisamente el "robinsonismo", que agudamente denunciaba José Ortega y Gasset hace ya un centenar de años, consiste en opinar sobre una materia sin haberse tomado la molestia de reflexionar larga y concienzudamente sobre la cuestión, sin conocer los argumentos de otros y, en fin, sin tener ni una idea pajolera del asunto.

Pero hacerse cargo de lo que una cosa o institución es no resulta sencillo: necesitamos saber muchos detalles para lograr construir una versión razonable sobre la realidad de un algo determinado. Nos es preciso tener su apariencia externa, el sentido que tiene en la circunstancia concreta, y además sus fines.

Imagínese el lector a sí mismo sentado ante un puñado de personas que juzgasen (penalmente) la veracidad de las narraciones de Gulliver a la llegada de sus disparatados viajes. Tendría ante sí a un grupo de hombres serios y graves enfundados en togas negras de tela brillante, con finas puñetas de encaje y coronados con una ridícula peluca empolvada a modo de disfraz. Uno de ellos, para más señas, portaría un martillo de madera con el que reducir al silencio a todo el que no siga el milimétrico protocolo. Sin duda todos estos datos externos le llevaría a usted a pensar que se encuentra ante un tribunal de justicia de hace años, pero como no hay nada que se parezca más a un tribunal de justicia verdadero que uno falso, lo que le permitiría salir de dudas sería verles en acción, es decir, cumpliendo o intentando cumplir sus fines, es decir, buscando como topos la justicia del caso concreto. Téngase sabido, ya por adelantado, que lo que hace que esta reunión de hombres de leyes sea un tribunal no es ni siquiera que todos ellos sean juristas, y tampoco el que efectivamente logren llevar su eficacia hasta el extremo de retomar en cada sentencia el hilo de la justicia perfecta, sino meramente el desear e intentar cumplir con su fin.

No podemos saber lo que las cosas son desatendiendo a cuáles son los fines que han de cumplir. Un martillo que no pueda hacerse cargo de su "oficio" no ha sido nunca o ya no es un martillo, y un hacha roma perdió ya su "hachedad" y, o bien recupera la capacidad para cumplir sus fines, o pasará a ser otra cosa, cualquiera sabe, igual un martillo.

Vayamos pues al tema que anunciábamos al inicio, hechas ya las presentaciones. Si queremos comprender qué es un matrimonio no podemos reducirlo a una sola de las perspectivas o puntos de vista que podemos experimentar sobre él, sino que tendremos que intentar acoger lo que es atendiendo al mayor número posible de sus rasgos

. A veces nos encontramos una verdad chiquitita y nos emociona tanto la veracidad que atesora que ya no podemos mirar para otro lado y no vemos más, perdiéndonos, por ejemplo, la verdad grande: ya está aquí el que se planta en la cabeza la bacía del barbero.

El matrimonio es un acto social y solemne en el que se suele cuidar la belleza de la decoración, del vestido, en el que se celebra un gran banquete, etc., y en esto no se diferencia de muchos otros eventos en los que participamos de vez en cuando. Desde una perspectiva formal es un contrato y, como tal, conlleva unas consecuencias jurídicas y económicas, como la compraventa de un vehículo o el alquiler de un burro para subir las cuestas de la Alhambra de Granada. Estos datos, y muchos otros a los que podríamos hacer referencia, son sin duda importantes para la descripción de lo que un matrimonio es, pero no olvidemos nunca que otro elemento fundamental, sin el que tendríamos un matrimonio falso que, como tal, sería lo más parecido a uno verdadero, son los fines que se pretenden con el casamiento.

¿Y cuáles son los fines del matrimonio? En primer lugar el bien de los cónyuges y su ayuda mutua, en todos los sentidos en los que pueda comprenderse esto. Cada uno de los contrayentes considera al otro una parte de su vida sin la cual ésta amenazaría desfallecer, y la/lo toma y se entrega a él/ella para que sea compañía y sostén en la vida, con sus mil avatares, alegrías y desconsuelos. La verdad es que también nos casamos con la esperanza de que entre los dos podamos llenar el agujero que tenemos en nuestra alma, y que nos hace sentir como pozos sin agua. No se casa uno con la conciencia de que ha de durar la unión un par de meses, y si es que tuviese esto planeado se habrá comprado el traje y los anillos, habrá celebrado banquete con buenas caramesas, pero no habrá contraído matrimonio nunca, mas que le pese.

El segundo fin del matrimonio es la procreación y el acompañamiento o formación de los hijos, y aquí topamos con el canicular e histriónico abrazo de la polémica.

¿Por qué la procreación es un fin del matrimonio? ¿No basta con amarse, con estar juntos, con querer estarlo mucho tiempo y todo eso que tanto pinta para este caso? El motivo es sencillo y radical. El bebé no es un accesorio, sino la cumbre y encarnación de la unidad de los cónyuges, y en él culmina, pero también con él o ella toma continuación, la historia de amor. "Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos / seguiremos besándonos en el hijo profundo. Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,/ se besan los primeros pobladores del mundo", que tan profundamente diría Miguel Hernández.

Si la unión se produce con el deseo consciente de no tener descendencia en ningún momento, tendremos ante nosotros otra realidad distinta a un matrimonio, tengan los contrayentes los sexos que tengan: pares o impares. Es cierto que esa realidad distinta puede estar repleta de bienes magníficos como el compromiso, la fidelidad, la estabilidad, y que seguro tendrá sus broncas, sus reconciliaciones y su todo como toca, y que se merece una atención y un reconocimiento con los efectos jurídicos, sociales, económicos, etc., que correspondan con exactitud y precisión a su propia naturaleza; pero no es un matrimonio.

Me detengo un momento, como el río en un requiebro, porque alguno estará pensando en las parejas heterosexuales que no pueden tener hijos y en la adopción como una posibilidad tanto para ellas como para las parejas homosexuales, lo que puede parecer un término de comparación. Si uno de los fines del matrimonio es la procreación, ¿por qué se considera como tal a una unión estéril? Y si se acepta que así sea, ¿por qué dos personas del mismo sexo no pueden ser tenidas en cuenta bajo el mismo criterio?

Preguntas justas, pero algo miopes. Por supuesto que los fines del matrimonio, aún con el deseo, la voluntad y un esfuerzo grande por parte de los cónyuges, pueden llegar a no cumplirse. Yo todavía diría más: hay una distancia entre nuestro deseo, entre nuestra vocación o anhelo del ideal, y lo que somos capaces de conseguir. "Esto es así", que diría un castizo. Pero en un matrimonio heterosexual estéril, el impedimento no es estructural, esencial, sino accidental. Que en este caso una pareja no pueda tener hijos, por las causas que sean, no hace el matrimonio inexistente. Tampoco lo va a hacer que ambos descubran en el otro poca ayuda y mucho incordio. Pero nunca habrá matrimonio, sino como mucho "apariencia de", si me uno a una mujer con fines que no sean los de éste.

Si los políticos obligaran a los motoristas a llevar orinales por cascos no creo que los moteros quedaran menos que perplejos e iracundos… y los que no usen motocicleta tampoco aceptarían la norma. No debe extrañarnos, pues, que ante la declaración de que una unión de dos personas del mismo sexo se denomine "matrimonio" muchos eleven una voz enojada: entre ellos, seguro, los habrá homófobos recalcitrantes y esas cosas que el odio suscita en contra de unos y de otros, pero sospecho que la mayor parte de esas voces pertenecerá más bien a gente a la que ofusca la insensatez.

He aquí que los nombres que ponemos a las cosas intentan describir lo que ellas son y, como vimos, una unión que está de suyo vedada a la procreación no puede ser un matrimonio, por lo que aplicarle ese nombre, aparte de ideologías y demás bastarderías de nuestros heridos y queridos tiempos, es simplemente irracional.

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