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Comienza en Italia la ostensión del cuerpo de padre Pío

© Roberto SALOMONE / AFP

Gianluigi Pasquale - publicado el 04/06/13 - actualizado el 25/03/17

Una presencia que evoca la Presencia del que no ha dejado solos a los hombres

La “ostensión” permanente de los restos mortales de padre Pío que, a partir del sábado 1 de junio comenzó en la nueva Iglesia en San Giovanni Rotondo (Italia) es un acontecimiento lleno de un alto valor simbólico, y no sólo evocativo, que sale al paso de las necesidades del hombre que vive en la época de la imagen, el hombre de hoy.

Después de varias e insistentes peticiones por parte de numerosísimos fieles, de ahora en adelante se podrá, en resumen, “ver” el cuerpo real – algo retocado – del santo más amado del siglo XX y del primer sacerdote estigmatizado de la historia[1].

Que cada uno de nosotros tenga el deseo de ver – y si es posible, de tocar – a aquel o aquella que ama o por el que es amado, es una característica peculiar de todo ser humano, como bien había intuido el Señor Jesús cuando respondió al curioso Tomás: “Tomás, quien me ha visto a mi ha visto al Padre” (Jn 14,5).

A diferencia de san Francisco de Asís y de san Antonio de Padua, sólo por poner el ejemplo de otros dos franciscanos de los que es posible ver simplemente la tumba pero no los restos mortales, el deseo de los devotos del padre Pío adquiere hoy sentido pleno porque, como decía Deborde, ya no vivimos en la sociedad de las figuras (pictures), sino en la de las imágenes (images)[2] y, precisamente por esto, lo sagrado nos hace más seguros, alejando de nosotros las sombras del inquietante huésped que a veces, aletea dentro y fuera de nuestro corazón: el miedo de habernos quedado solos. Lo que no sucede, en cambio, a quien haya conocido al padre Pío, y haya percibido en su vida, en sus Cartas, en su protección la presencia dulce, tierna y fortalecedora de Dios papá.

A propósito de esto, conozco a muchísimas personas, sobre todo jóvenes, que cada día rezan a Dios a través del padre Pío y con el padre Pío. Lo hacen considerándolo, más bien, aún como “Padre”, a pesar de que hace ya once años que fue declarado por la Iglesia “san Pío” de Pietrelcina.

Y estas personas – muchas en Italia pero también fuera de Italia – se dirigen al estigmatizado del Gargano en los momentos y en los ámbitos más cotidianos de cada día: con una invocación, conservando en el monedero una imagen suya que muestran al primero que les pregunta por su fe, colocando su foto visible en todas las tiendas e incluso en las casetas de los peajes de las autopistas de Italia, leyendo pasajes de sus incomparables Cartas, que se han recogido hace poco en un verdadero Epistolario. Estas cartas, en realidad, constituyen una riquísima mina, aún no del todo explotada, de espiritualidad cristiana, que muestra un profundo amor por la humanidad pobre y humilde, sobre todo por esa que cada día trabaja y sufre, o incluso no consigue ganarse la vida, haciendo posible la historia del mundo y la de la salvación.

Desde hoy la ostensión – es decir, la posibilidad permanente de contemplar el cuerpo de padre Pío – se convierte en una “carta” silenciosa, pero elocuente, que padre Pío dirigirá a los ojos y al corazón de quien le quiera escuchar, hablándole de Dios. Porque normalmente sucede así.

En realidad ese cuerpo, esas orejas, esas manos de padre Pío han escuchado, encontrado y consolado, en su confesionario, a hombres y mujeres durante décadas, necesitados y nunca saciados – como lo estamos nosotros – de poder entrever ese rostro maravilloso de Jesús que nos ha prometido quedarse con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20), también hoy.

Y a esos hombres y mujeres, padre Pío escribía muchas cartas llenas de imágenes y metáforas inéditas tomadas de nuestra más ordinaria cotidianeidad, pero que también se referían a acontecimientos de la naturaleza, a paisajes, al calor de los afectos familiares y de los amigos, en resumen, a ese tejido humano, típicamente italiano, que mantiene aún una naturaleza sólida y una franca religiosidad.

Seguro que Jesús mantiene, también para nuestra época, la promesa de “quedarse con nosotros” todos los días, por lo que sin duda la ostensión de padre Pío se convierte en una ratificación actual de ello. No es casualidad que ambos hayan sido perforados por los “clavos de la historia”, los estigmas, es decir, el signo de ese único amor crucificado que, aunque paradójicamente, es el único que nos ama y nos cura plenamente: Jesús de forma real, padre Pío por gracia y, sin embargo, ambos físicamente.

Los “clavos de la historia” son, de hecho, los del soplo del Espíritu de Dios sobre el hombre, el cual, día a día, nos impulsa a la conversión, haciendo madurar en nosotros los rasgos admirables de la imagen de Cristo (Ef 4,13). Gracias a esta cadencia trinitaria del tiempo, sucede que para todos hay, antes o después, un día de conversión.

En este sentido lo ha sido también para mí, que no sabía casi nada del padre Pío, a pesar de ser de la misma congregación, sino un “he oído decir”.

El descubrimiento del santo comenzó en Alemania, hace ya quince años, cuando era estudiante en la “Sankt Georgen Hochschule” de Frankfurt y huésped del célebre e imponente santuario mariano “Liebfrauen” de esa ciudad, dirigido por los Capuchinos.

Yo estaba en Alemania desde hacía mucho tiempo. Recuerdo aún esa helada mañana de primavera en 1999 cuando el joven guardián fray Paulus Terwitte me pidió que diera dos conferencias sobre padre Pío de cara a su beatificación que iba a tener lugar al poco tiempo, el 2 de mayo, en Roma.

Le pregunté: “¿por qué precisamente yo?”. Me respondió: “no porque eres Capuchino, sino porque eres italiano, como padre Pío”. Mi pregunta, en realidad, no nacía del hecho de que tuviese que hablar en alemán en el santuario donde cada sábado por la mañana (también ahora) dictan sus conferencias los mejores teólogos alemanes, católicos y luteranos, sino del sincero desconcierto de que de Padre Pío no sabía, como he dicho, casi nada.

Acepté, sin embargo, el desafío y fue así como me puse a estudiar asiduamente las fuentes, es decir, las cartas, y a leer todos los libros que conseguía encontrar en la Biblioteca. Me pareció entrar en el filón de una inexplotada mina de oro, no sólo teológica, sino también con un precioso inventario hecho de sugerencias y de intuiciones espirituales para poder vivir hoy según el corazón de Jesús, alcanzando un gran consuelo.

En estos pensamientos, padre Pío ofrecía y ofrece consejos eficaces sobre cómo poder creer en Dios, esperar en medio de las tribulaciones, amar y perdonar al prójimo, gozar en cualquier circunstancia de la existencia. En ellos se siente el vigor del Fraile Capuchino que mira sobre todo a ayudar a las personas a robustecerse en su vida cristiana, considerada por padre Pío como la auténtica propuesta de felicidad para la propia realización humana.

En estos pensamientos, además, se encuentra toda la experiencia pastoral que había madurado en los años de su existencia franciscana dirigiendo muchas almas en los caminos del Espíritu, algunas quizás sólo una vez, otras guiadas pacientemente en lo que hoy se llamaría acompañamiento espiritual.

Me parecía verme a padre Pío delante – aunque no en ostensión – como si fuese a entrar de puntillas en el diario de su riquísima existencia humana, cristiana y franciscana. De hecho, el descubrimiento más seductor de todos fue el de haber conocido finalmente a un padre Pío increíblemente joven y actual [3].

Me di cuenta, después, visitando hace unos años los lugares de su vida en el Gargano (Foggia) y de su infancia en Pietrelcina (Benevento), en cuyos conventos existen aún las fotos de ese joven fraile con unos ojos grandes, límpidos y dulcísimos. Lo que confirma – si fuera necesario – que yo tampoco me conformo con las figuras, sino con las imágenes.

Sucede siempre así para quien vive el tiempo y el paso de los días de modo auténticamente cristiano: que se da cuenta de que “mientras nuestro hombre exterior se va desmoronando, el interior se renueva día a día” (2Cor 4,16). La figura ciertamente envejece, pero la imagen del hombre espiritual presente en nosotros rejuvenece a imagen de Aquel que “es el más bello de los hombres” (Sal 44,3).

Comprender esto es como descubrir un secreto, lo que precisamente padre Pío llamaba “el secreto del gran Rey” (Tb 12,7). Que para un cristiano – no sólo para un franciscano – coincide exactamente con una Persona: Jesús. Aquel al que veremos “a través” del cuerpo en reposo de padre Pío.


——
1)  Cf G. Pasquale, ed., Padre Pio. Modello di vita sacerdotale, Le lettere del Santo di Pietrelcina 8 (Collana: il Pozzo 82), Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2010, pp. 47-51.

2) Cf G.E. Debord, La società dello spettacolo. Introduzione di Carlo Freccero e Daniela Strumia (I Nani 199), Baldini & Castoldi, Milano 2011, pp. 123-145.

3)  Cf G. Pasquale, ed., Secret of a Soul. Padre Pio’s Letters to His Spiritual Directors, translated by Elvira G. DiFabio PhD, Books & Media, Boston 2003.

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