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Islamistas contra Occidente: asesinos criados en nuestras cunas

© PAUL ELLIS / AFP
Disturbios protagonizados por jóvenes musulmanes en Birmingham (Inglaterra)
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Abran los ojos: el fundamentalismo islámico contemporáneo es un fenómeno occidental y moderno

Hasta ahora hemos pensado que el peligro del fundamentalismo islámico provenía de los abruptos valles del Rif, que acaban frente al Mediterráneo en acantilados inaccesibles y violentos, o bien de las lejanas e inhóspitas regiones en los alrededores de Tombuctú, la mítica y más bien sosa ciudad abrazada al Níger; o de la Arabia acanelada, melosa y seca. Imaginábamos a los fundamentalistas como pastores de larga barba y corta frente, ignorantes, analfabetos, de un sentimentalismo atávico y abigarrado, que escuchan hablar de un Corán que no pueden leer de boca de hombres tan cortos y furibundos como ellos, pero enterados al menos siquiera lo justo.

Espero que ya nos hayamos dado cuenta usted y yo, querido lector, de que ningún pastor de cabras de Arabia o de las profundidades de la península arábiga recibe en su aldea de casas de adobe los cursos que capacitan para el pilotaje de un Boeing 767 que ha de estrellar con toda precisión en las Torres Gemelas de Nueva York. El fundamentalismo islámico contemporáneo es un fenómeno occidental y moderno.

Michael Adebolajo ha saltado a las portadas de todos los periódicos porque se acercó a una cámara de televisión enseñando sus manos ensangrentadas y, después de haber asesinado a sangre fría a un militar que pasaba por allí, sin más, nos gritó a todos a la cara, sin vergüenza ninguna: "Juramos por Alá el Misericordioso que nunca pararemos de luchar contra vosotros, la única razón por la que hemos hecho esto es porque hay musulmanes que mueren cada día, la muerte de este soldado es un ojo por ojo, diente por diente."

Lo que llama la atención es que Adebolajo había nacido en Inglaterra, en una familia cristiana de origen nigeriano y matriz puritana. Estudió en un colegio de Romford, en el norte de Inglaterra, una pequeña ciudad en la que siempre ganan los conservadores, sólo el 1,6 % de la población es de origen africano y más del 75% de los habitantes se declaran cristianos. En el colegio le recuerdan como "un buen chico". Su criminal compañero, menos efusivo ante los medios pero igual de carcomido por la ideología, estudiaba en la Universidad de Greenwich. No eran islamistas formados en Arabia, no habían formateado sus mentes en campos de entrenamiento pakistaníes. Eran dos jóvenes occidentales que hasta hace pocos años estaban perfectamente adaptados a la vida en nuestro mundo moderno, al igual que los estudiantes que protagonizaron la matanza de Boston.

Ya lo he dicho: el fundamentalismo islámico contemporáneo es un fenómeno moderno y occidental y no la fantasía de un grupo de vesánicos reaccionarios, turbulentos y nescientes que añoran algo así como un Medioevo global y musulmán. Los fundamentalistas no pretenden la vuelta a un momento histórico pasado, sino la construcción de una sociedad distinta según un programa ideológico monolítico que apenas se parece a la religión que afirman (y hasta se creerán) profesar. No es que sean malos creyentes -eso lo somos más o menos todos los creyentes-, es que aquello en lo que creen no es en Dios, llámese Alá, sino tan solo en sus propias peroratas simplonas y efectistas. ¿Qué puede explicar, si no, que un muchacho hable de "Alá Misericordioso" para justificarse a pocos metros del cadáver degollado de su víctima?

Sin embargo, sería de una ingenuidad culpable considerar simplemente como atontados radicales (o radicalmente atentados) a quienes se dejan caer en los brazos del fundamentalismo islámico. Osama Bin Laden sería todo lo que usted quiera, pero no era tonto. Algo hay, y posiblemente algo de verdad, en el discurso de los radicales para que consiga atraer a personas de diferentes nacionalidades, credos y paradigmas culturales a sus posiciones extremistas.

No podemos obviar que antes de diez años, según los profetas estadísticos, el número de conversos al Islam en el Reino Unido será mayor que el de los que nacieron en una familia musulmana y que, puestos ya a ver datos llamativos, se convierten a la religión del Profeta un 400 % más de mujeres que de hombres. ¿Cómo es esto posible?

Tal vez la respuesta pueda estar en estas palabras de una conversa entrevistada por el London Times: "no hay ninguna mujer musulmana que esté sola, ni una sola madre que se sienta abandonada, ni siquiera podrá usted encontrar a una mujer musulmana enferma mental que se sienta sola. Esta forma de comunidad no es usual dentro de Occidente". En esto último seguro que tiene razón. En Occidente lo normal es que la gente se sienta sola, tanto en el sentido de no percibir una compañía verdadera como en el de no concebir un significado convincente sobre la vida. La joven muchacha terminaba su explicación con estas palabras: "las musulmanas tenemos todo aquello que quiere conseguir el movimiento feminista, salvo el aborto y el lesbianismo [que, por supuesto, no les interesan]". Si usted es una mujer que percibe la soledad y el vacío de la vida y escucha este testimonio sincero de otra mujer, ¿por qué no acercarse a la comunidad de la que habla? ¿Acaso los ideólogos de Occidente pueden prometer, o siquiera desean ya, algo así?

Un ser humano que ame la vida no puede sostenerse en pie ante las dificultades si carece de una certeza sobre el valor de la existencia. Como los occidentales hemos desacreditado sistemáticamente nuestra cultura y nuestras tradiciones demoliéndolas como niños que lanzan al aire la vajilla de la abuela, aquellos que miran la realidad y la dureza de la existencia y se toman en serio sus ganas de vivir se encuentran ante dos opciones: o la ideología o la religión. Unos queman contenedores, asesinan a gente indefensa o se vuelven cínicos y perversos, llenos todos de ira y desesperación; otros forman comunidades pacíficas en las que esperan sea posible protegerse de la destrucción y encontrar una vida vividera para el hombre.  Estos últimos buscan, y donde encuentran algo ponen su tienda. Son gente seria. "El hombre busca la verdad y alguien de quien fiarse".

La religión es una respuesta al deseo de felicidad y sentido que todos nosotros tenemos, y la pretensión contemporánea y occidental de enterrar ese grito bajo toneladas de arena es siempre un ejercicio de violencia. Violencia que genera una sociedad crispada, de sujetos aislados, de gente que se mueve a la búsqueda de su interés, en la que las comunidades humanas, los afectos verdaderos y el amor a uno mismo son excepciones que ya ni se esperan. Si esto se lo cuentan a un chico angustiado de los suburbios de El Cairo puede creérselo, sobre todo si ya ha sentido latir cabe sí ese occidente demacrado y cruel, por ejemplo en la imposición de alguna de las múltiples dictaduras, muchas de ellas sanguinarias, que ha promovido la "razón de estado"; si se lo cuentan a un chaval que vive en los arrabales de Londres le bastará con abrir los ojos y ver. "Queridos yihadistas: cabalgando en vuestros elefantes de hierro y fuego habéis entrado con furia en nuestra tienda de porcelana. Pero es una tienda de porcelana cuyos propietarios, desde hace mucho tiempo, se propusieron hacer añicos todo lo que había allí atesorado. Es más, sobreviven sólo para eso. Sois los primeros demoledores que atacan a los destructores, los primeros bárbaros que la toman con los vándalos." (Philippe Muray)

A partir de la revolución francesa hemos probado dos de los tres caminos que su lema proponía: la igualdad con los regímenes comunistas y la libertad en las democracias liberales que han tenido un éxito sobresaliente pero que parecen agotadas y se han tornado infieles a sí mismas. Es el momento de experimentar la fraternidad. Para esto debemos liberarnos de los discursos prefabricados, de los mensajes que nos cierran al mundo y a los demás y que son casi los únicos que parece que sepamos pronunciar hoy en día. Hemos de liberarnos de las ideologías, porque ellas nos impiden ver en el otro un hermano, y nos llevan a percibirlo con extrañeza, como alguien que no es de los míos, porque no comparte mi relato artificial sobre lo que las cosas son, ese relato que me niego a comparar con lo que hay ante mí por miedo a perder asidero.

La ideología mueve a matar sin misericordia clamando con blasfemia a un "Alá Misericordioso", a golpear a un policía porque es policía, a poner una bomba debajo de un coche para liberar a un pueblo ahogándolo con la sangre de sus víctimas inocentes.
           
Escribe Karen Armstrong: "El fundamentalismo es un hecho universal que ha aflorado en todas y cada una de las principales religiones como respuesta a los problemas planteados por la modernidad… Este tipo de fe afloró inicialmente… en Estados Unidos, a comienzos del siglo XX".
           
           
Karen Armstrong, El Islam. Mondadori, Barcelona, 2001.
           
Philippe Muray, Queridos yihadistas. Nuevo Inicio, Granada, 2010.
 
Philippe Muray, El imperio del bien. Nuevo Inicio, Granada, 2012.
           
 

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