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¿Los hijos de padres que no van a la Iglesia deberían ser bautizados?

© DR

Un bebé recibe el bautismo en brazos de su madre

Rafael Higueras - publicado el 09/05/13

Es necesaria una nueva reflexión sobre el modo de administrar los sacramentos

Durante siglos, la Iglesia, en un contexto social cristiano, ha administrado el bautismo a los niños nada más nacer. Sin embargo hoy las cosas han cambiado. A veces, padres que no van a la Iglesia solicitan que sus hijos sean bautizados. La Iglesia no puede negar a nadie la gracia, pero ¿no habría que reflexionar sobre el modo de administrar el sacramento?

Quizás sea oportuno volver a los orígenes para comprender cómo ha administrado la Iglesia este sacramento.

1. Al principio de la historia de la Iglesia, se bautizaba a adultos después de constatar su conversión.

Es preciso recurrir a la historia de la Iglesia, para saber cómo se administraba el bautismo en los primeros siglos.

Y lo primero de todo es recordar las palabras del Señor: Id, y haced discípulos a todos los pueblos, BAUTIZÁNDOLOS en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo (Mat. 28, 19-20); pero el Señor allí mismo añade: Enseñándoles  a guardar todo lo que os he mandado. El mandato de bautizar se une con el de hacer discípulo y enseñar.

Ya en los Hechos de los Apóstoles se habla de distintas ocasiones en que el propio Pedro bautiza a los judíos que, al oírlo, se convertían en masa. El mismo día de Pentecostés, se bautizaron unos tres mil (Hech. Ap. 2,41).

Pedro les había respondido a su pregunta de ‘qué tenemos que hacer’, diciéndoles: Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros… Luego está, en el mismo libro de los Hechos, el bautismo del eunuco de la reina de Etiopía (8, 26 ss) y el bautismo del mismo Pablo (9,18).

Habría que repasar con sencillez y devoción tantos textos de san Pablo que explican la analogía entre  Cristo, muerto, sepultado y resucitado,  y el bautismo: Bajamos al agua, como sepultados en Cristo, para renacer con una vida nueva (cf. Rom.6, 3-4);  o recodar también  la gran lección que da Jesús a Nicodemo sobre ‘el nacer de nuevo’ (Jn. 3).

Parece como si de todo  esto se dedujera que si es necesaria la conversión previa antes de recibir el bautismo, entonces no podría administrarse a los niños.

Cuando llega muy pronto, en la historia de la Iglesia, la etapa de las persecuciones, se llenan los pueblos de mártires. Hasta se da el caso de conversiones tan hondas, precisamente por ese mismo hecho de la persecución: ‘La sangre de mártires es semilla de cristianos’, dirá Tertuliano.

No es de extrañar que quienes pudieran contemplar esa historia de martirio de aquellos cristianos en los primeros siglos de la Iglesia, pudieran reflexionar ante tal hecho.

Lo que predican los cristianos ha de ser verdad, cuando ellos están dispuestos hasta morir por su fe…,  pensarían muchos de aquellos convertidos.

Pero eso también apunta a que eran hombres y mujeres ya adultos, por regla general aquellos bautizados.

2. Cuando terminaron las persecuciones de los primeros siglos, se estableció un “catecumenado” muy rígido. Se aceptaba el bautismo de niños cuando los padres ofrecían fuertes garantías de que iban a educarlos en la fe.

Entonces podría pensarse ¿cuándo y por qué se introduce el bautismo a los niños? El mismo san Pablo había dicho: Fides ex auditu(La fe viene por y desde el mensaje escuchado: Rom. 10,17).

Parece como que el camino normal es: la Iglesia es misionera, enviada a anunciar y a predicar el Evangelio; del Evangelio escuchado y acogido surge la fe; y con la fe aceptada y acogida en el corazón, se acerca el  creyente  -convertido-  a ser bautizado.

Cuando pasa la etapa de las persecuciones, para evitar el relajamiento, ‘las rebajas’ (por decirlo en un argot popular), se ponen los acentos en la necesidad de que el catecumenado o tiempo de preparación al bautismo sea duradero y exigente; no se daba el bautismo tan prontamente a los adultos, como antes en la época de persecuciones. Y lógicamente a los niños tampoco si no había garantía de educación en la fe, salvo peligro de muerte.

Pero cuando los padres eran cristianos, convencidos de su fe y preparados suficientemente, la Iglesia acepta el bautismo de sus hijos pequeños ‘por la fe de los padres’, o sea, ese niño bautizado, tiene ‘garantizado’ su crecimiento en la fe, por la educación que sus padres (convertidos y bautizados) le van a proporcionar.

Ya en el año 385, el papa Siricio, dio normas muy concretas sobre la posibilidad de que los niños fueran bautizados; y siglos más tarde, el papa Benedicto XIV, en 1747, escribe que no sea bautizado un niño contra la voluntad de sus padres.

3. La Iglesia desde siempre, lo que exige de los padres es que se comprometan a educar cristianamente a sus hijos.

Han pasado siglos desde Siricio y Benedicto XIV. La doctrina de la Iglesia no cambia, pero la disciplina sí puede adaptarse.

Ahora quisiera traer a colación una intervención de un jovencísimo obispo en el Concilio Vaticano II, era Karol Wojtyla, quien luego será Juan Pablo II; era el día 7 de noviembre de 1962.

Se discutía en el aula conciliar sobre cómo hacer la preparación de quienes iban a recibir los sacramentos de la iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía). Se recordaban aquellos catecumenados del siglo VII, realmente exigentes y duraderos.

Aquel joven obispo anotaba entonces para las decisiones que tomaría el Concilio: “Es  urgente que los padres y padrinos del bautismo de niños sean preparados de modo que ellos sepan todo aquello que proporciona un catecumenado de adultos, y esto si no hay un ‘gravísimo’ motivo que los dispense”.

Viniendo ya al caso concreto de niños, hijos de padres  que no acuden a la Iglesia, simplemente habría que aplicar la norma general: que se garantice, en cuanto humanamente es posible, que la fe de ese niño va a ser educada suficientemente.

Y aquí está lo difícil: ¿Qué es ‘garantizar’ ese futuro actuar? Porque ello valdrá para el caso de todo niño que vaya a ser bautizado, o de todo el que vaya a entrar en esos sacramentos de iniciación.

Es difícil poner una norma fría y seca que corte a todos por la misma medida. Podría argüirse que «somos todos iguales ante la ley».

Pero respondo con una pregunta o un ejemplo: quien sea estudiante de medicina o alevín de un deporte ¿puede desempeñar en plenitud un quirófano o ser titular en una selección nacional? No es necesario explicarlo.

Pero lo clarificador son las  palabras del Wojtyla en aquella misma ocasión: El cuidado pastoral (o sea, el discernimiento si es oportuno o no conceder en ‘este caso’ el bautismo), sin la celebración de los sacramentos pierde su valor esencial y sobrenatural;  y la celebración de los sacramentos, sin un contexto pastoral en el cuidado de los fieles, pierde su debida fuerza”.

Pero sobre todo importa subrayar que la gracia de Dios, que también y muy principalmente se da en los sacramentos, es GRACIA y no se tiene ningún derecho a ella.

Quizá este principio es muy necesario asimilarlo por los fieles; no debe haber agravios comparativos pero la gracia siempre es regalo de Dios y no derecho del hombre.

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