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Crisis económica en España, ¿quién ha dicho que no podremos salir?

AFP PHOTO / RAFA RIVAS

Parados se manifiestan en Bilbao (España)

Juan Carlos Valderrama - publicado el 30/04/13 - actualizado el 15/07/17

La economía no es fatalista: depende de decisiones políticas acertadas

Cuando la inseguridad se instala entre nosotros –y no parece que a corto plazo tenga especial deseo de marcharse– pronto la desesperanza comienza a invadirlo todo. Nada entonces, o muy poco, logran los discursos que nos reclaman paciencia, compromiso, constancia en nuestra voluntad de resistir. Socialmente los verbos se conjugan en futuro. Cuando se achica éste, cuando desaparece incluso como un tiempo en el que pese a todo sigue siendo posible confiar, cualquier apelación al buen ánimo se convierte en una ilusión o, lo que es peor, en un sarcasmo. No todos tenemos las hechuras de los héroes. Y si vivimos en sociedad, de hecho, es para no necesitar tenerlas.

Claro que conviene no desesperar. Los agoreros del desastre más tarde o más temprano se ven obligados a posponer el triunfo del mal que profetizan. Por lo demás, al tiempo que los males se presentan, también lo hacen los signos de una recuperación que harán de este momento, como de otras épocas, un intermedio entre dos fases de crecimiento. ¿Será así? Todo dependerá de las decisiones que se tomen, de la resistencia que de un modo general mostremos ante la incertidumbre que ahora parece dominarlo todo y del buen juicio con que sepamos afrontarla. Sobre todo eso: del buen juicio.

El rumbo reformista del Ejecutivo de Mariano Rajoy en España, como en los demás países dentro y fuera de nuestro entorno, era cosa impuesta por unas circunstancias cuyo origen haríamos bien en no limitar a los años inmediatamente anteriores al desbordamiento de la actual crisis económica. Además, la cada vez mayor interdependencia entre las economías nacionales, cuya dirección escapa al poder de decisión de los gobiernos, sitúa la propia marcha de los mercados en un contexto tanto más difícil de controlar cuantos más factores externos entran a formar parte de él. La responsabilidad política en materia económica radica precisamente en eso: en cómo, en ese escenario tan complejo, las autoridades públicas se muestran capaces de prever su desenvolvimiento a corto y medioplazo y en qué medidas adoptan para intervenir del modo más ventajoso posible en él y mitigar, llegando el caso, sus efectos negativos sobre la población a la que sirven. Que no sólo de comisión se peca, sino de omisión e imprevisión también. Y de ésta aquí –según parece– ha habido mucho.

¿Entonces? Nos equivocaríamos si le concediéramos a la economía tal grado de autonomía respecto a todo lo demás que pensáramos que, en el fondo, tanto el actual escenario en el que nos encontramos como las medidas que permitirían reducir su impacto, caen sobre nosotros con la misma inercia con que nos impone la naturaleza física sus leyes, o sus conclusiones las operaciones matemáticas. La naturaleza de los problemas actuales no es sólo económica, sino política. Se trata, en esencia, de decidir, sin entregar la responsabilidad política a los brazos de la simple tecnocracia. Esa presunta necesidad con la que a veces parece que funcionan los mercados, presupone objetivos deliberados sobre los que desde luego cabe pronunciarse. No son pura fatalidad. Tampoco la racionalización del gasto público y la puesta en marcha de reformas estructurales que, en nuestro caso más concreto, permitan sanear las cuentas del Estado. Quizá no estemos ya en la hora de decidir no hacerlo. Aún así, se trata –se trataba ya desde hace tiempo– de un imperativo incluso ético.

Ahora bien, hay que tener en cuenta ciertas cosas.

1. La eficiencia en el gasto y la inversión públicas no tienen nunca condición de fin, sino de medio. Constituyen un medio necesario para que el régimen económico pueda servir eficazmente a su destino público, no vaya a ser que la bandera de la política social se convierta en la peor de las políticas sociales.

2. Precisamente por ser medios para el servicio público, la reducción del gasto y el incremento de la recaudación fiscal deben acompañarse de un programa de reformas estructurales que impida que la presión recaiga predominantemente sobre el tejido familiar y empresarial, de cuya estabilidad de renta depende tanto la generación de la riqueza como el equilibrio social. La asfixia fiscal de las clases medias afecta a su capacidad de consumo y las incapacita para cumplir su papel intermediario en el tejido social, tanto en su propia capacidad de iniciativa como en la distribución de su renta libre con fines sociales. Frente a la fractura social son un elemento clave de equilibrio.

3. Por otra parte, es preciso que la presión fiscal, todo lo necesaria que ésta fuese, no descanse sólo en medidas impositivas, sino incentivas. Conviene ser realista: la fuerza, a largo plazo, no es garantía suficiente. Prolongada en el tiempo suele generar desánimo y éste, cuando se extiende, incapacita para abrirse a lo común. Podemos contar con el afán desinteresado y la paciencia; pero no siempre. Deben incentivarse mediante estímulos que generen suficiente confianza, sin la cual la economía –como lo demás– colapsa. En nombre de la urgencia no puede sacrificarse este aspecto en provecho de las solas medidas recaudatorias y de contención del gasto.

4. Esto obliga a hacerse una pregunta, que ahora sólo planteamos: ¿a quién le pertenece la solidaridad? ¿Quién es responsable de los otros, en especial de los ahora en riesgo? ¿Lo es el Estado? No tendría sentido que en nombre de la justicia social, las administraciones públicas ejercieran cada vez mayor presión sobre las rentas de sus ciudadanos para que éstos, al final, se vean con menos renta pero más carga social. La “caridad social” que nos atañe a todos, debe contar con estímulos que también la hagan posible.

5. Y una última cuestión. Vivimos en una época que ha hecho de la economía su destino. Todo parece reducirse a ella. Cuando las cosas van mal y cuando marchan satisfactoriamente. Pero la economía –decía Julien Freund hace unos años– no es el destino: también ella está al servicio de un ideal ético de vida, de una cultura. Y no es éste, ni mucho menos, el menor de los problemas. Vale la pena encararlo a partir de una nueva lectura del hermoso programa de Benedicto XVI en su Caritas in Veritate y en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año 2013: la búsqueda de un “nuevo modelo económico” –pedía– basado en la “creatividad humana para aprovechar incluso la crisis como ocasión de discernimiento”. Todo un reto, porque somos nosotros mismos quienes hemos entrado en crisis.

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crisis
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