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¿Por qué no me puedo confesar directamente con Dios?

Julio de la Vega-Hazas - publicado el 18/04/13

¿Por qué no me puedo confesar directamente con Dios? Si Dios es el que perdona, ¿por qué tengo que contarle mis pecados a un cura? ¿Qué pasa si no se los cuento?

La respuesta a esta pregunta debe necesariamente dividirse en dos partes. La primera responde a la cuestión de si Dios lo ha querido así; la segunda, en caso afirmativo, contesta a las razones de por qué lo ha querido así.

Sobre la voluntad divina al respecto, hay un texto clave en el evangelio de San Juan: “Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. La misión –el envío- de Jesucristo dura hasta el final de los tiempos. Se trata pues de una potestad conferida a la Iglesia, para ejercitarla por medio de sus ministros. Obviamente, lo que se otorga no es un poder arbitrario: se debe perdonar en nombre de Dios a quien tenga el necesario arrepentimiento de sus pecados, y “retenerlos” a quien carezca de él. Pero para ello se hace necesario manifestarlos. Es el tribunal de la misericordia divina, pero para poder sentenciar esa misericordia es necesario conocer la causa que se juzga, que aquí son los pecados del penitente.

Esto no significa que el perdón divino se circunscriba únicamente a la celebración del sacramento de la Penitencia, pero sí que el cristiano debe acudir al mismo siempre que sea posible (y cuando no es posible de momento, en cuanto lo sea). Rechazarlo supone querer  poner uno las condiciones del perdón divino, y entonces esa búsqueda del perdón divino queda viciada. Las condiciones las pone el ofendido, no el ofensor. Y no se debe olvidar que a la Penitencia se va fundamentalmente a obtener el perdón por parte de Dios, no simplemente a tranquilizar la propia conciencia.

¿Por qué lo ha querido así? Hay una razón teológica y unas cuantas razones que podríamos calificar de humanas. La primera tiene mucho que ver con la naturaleza de la Iglesia. Ésta es nada menos que la continuidad de Cristo en el mundo, que convierte al pueblo de Dios en cuerpo de Cristo, de forma que Jesucristo actúa a través de ella para darnos los medios de salvación, particularmente la doctrina y la gracia, esta última principalmente con los sacramentos. La gracia del perdón no es una excepción, y se distribuye a los fieles a través del medio más adecuado y al mismo tiempo querido por Dios: el tribunal de misericordia instituido por Jesús y configurado como sacramento (no debe olvidarse que el sacerdote perdona no ya de parte de Cristo, sino “convirtiéndose” en la misma persona de Cristo: yo te absuelvo…).

Las razones humanas son más fáciles de entender. La primera es que garantiza la objetividad. Esto es muy importante cuando se cae en la cuenta de la facilidad con que uno puede excusar sus propios fallos, pensar que su caso debe suponer una excepción, restar importancia a lo que es objetivamente grave. De esto tenemos experiencia todos… solo que suele tratarse de experiencia ajena, no propia. Dicho de un modo castizo, la confesión nos obliga a llamar al pan, pan; y al vino, vino.

La segunda guarda relación con la anterior. La confesión supone un magnífico medio de formar la propia conciencia.  Hay personas con conciencia laxa, que tienden a no dar importancia a lo que la tiene; y conciencias escrupulosas, a veces incluso rayanas o inmersas en lo patológico, que exageran cualquier nimiedad. Hay conciencias laxas para unas cosas y escrupulosas para otras.

Otras veces lo que hay son problemas complejos que generan dudas, o situaciones en las que no se sabe muy bien como proceder para portarse bien. En ocasiones las dudas pueden venir por la dificultad de valorar hasta qué punto uno era consciente lo que hacía o pensaba, o de separar un pecado de lo que no pasa de ser una tentación, quizás algo obsesiva en algún caso, o sencillamente un estado de ánimo. Para todo esto la confesión es guía y luz. Es fácil entender que la tranquilidad de conciencia que se genera es un bien inapreciable.

La tercera razón es lo conveniente que resulta “soltar” en voz alta (que evidentemente solo debe oír el confesor) el lastre interior que uno guarda a causa de sus pecados. A veces esta conveniencia se aprecia cuando nos encontramos que, a falta de un cauce idóneo, hay gente que se desahoga de la forma más inoportuna, contando lo que le pesa cuando y a quien no procede (“a alguien se lo tenía que decir…” se oye a veces), o incluso en medios de comunicación públicos como radio o TV. Es fácil entender que este sacramento supone una ayuda psicológica nada despreciable.

La cuarta razón es algo que se pone muy en evidencia hoy en día. Estamos en una época en la que florecen todo tipo de asesoramientos personales, algunos acerca de los asuntos más íntimos. Proliferan psicólogos, asesores matrimoniales, y todo tipo de coaching. En el sacramento de la Penitencia el sacerdote está llamado a ser juez –de misericordia, se entiende- pero también guía, médico de almas, pastor y consejero espiritual, otorgando así un gran servicio a quien acude al sacramento.

Podría encontrarse alguna razón más, pero en todo caso estas son las principales. Ponen de manifiesto la sabiduría de Dios –que se adapta al ser humano, con sun nobles deseos pero también con sus limitaciones y miserias-, y también su misericordia, pues no se limita a dar el perdón, sino que también otorga paz a las conciencias y una inestimable ayuda para proceder con rectitud y ganar la vida eterna. 

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