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¿Cuál es la postura correcta ante la inmigración?

© STAN HONDA / AFP

José Magaña - publicado el 03/04/13

¿Cerrar las fronteras o papeles para todos? La doctrina social católica enseña que el centro de la política es la dignidad de la persona

1. Las migraciones ¿son malas o buenas?

El hecho de que alguien tenga que abandonar su tierra o su casa para poder vivir no es un ideal. Pero hay circunstancias en las que muchas personas se ven empujadas a ello: unas veces para poder vivir, otras para escapar de situaciones de amenaza y riesgo para su vida o la de su familia y, a veces, simplemente para mejorar su situación personal o familiar.

En ocasiones se ha querido prohibir la emigración o impedir la inmigración. La Iglesia siempre ha defendido el derecho de las personas a ‘poder emigrar’. Y junto a él el derecho a ‘no tener que emigrar’ (Ver la Exhortación Apostólica de Pio XII Exsul Familia).  Y es que, a veces, los Estados quieren encerrar a sus ciudadanos dentro de sus fronteras, pero también hay otras  en las mafias y los poderosos, que se lucran con el tráfico y la explotación de personas, fuerzan las situaciones para que la gente se tenga que ir de su tierra.

2. Parecía que todo el mundo quería venir a Europa o los EE.UU. ¿Están cambiando las cosas? ¿Dónde van los migrantes?

La sensación en Europa de que los inmigrantes nos están invadiendo responde a un tópico falso. Es verdad que los migrantes van donde existen las posibilidades que les permitan escapar de su situación de falta de futuro. Pero también es verdad que se ‘les invita’ desde aquellos lugares en los que se necesita su fuerza de trabajo.

Las migraciones han existido siempre y no son, por supuesto, un fenómeno exclusivo de nuestro tiempo. Los movimientos migratorios han tenido un papel muy importante en la población de nuestro mundo, en la aparición y la evolución de grandes civilizaciones y de grandes imperios (la difusión del cristianismo, desde sus mismos orígenes hasta nuestros días, tiene mucho que ver con la diáspora migratoria -se puede releer en esta clave los viajes de San Pablo o el desarrollo del cristianismo en sus primeros momentos, y si se prefiere un ejemplo de hoy se puede ver el desarrollo y crecimiento de la Iglesia católica en los EEUU).

Las migraciones humanas, por tanto, son muy antiguas, pero también es verdad que en cada época de la historia han sido diferentes: distintas las causas que las motivan y sus formas principales, distintas sus consecuencias y el significado que se les atribuye, así como las emociones que provocan. Sobre la historia todos tenemos noticia de flujos famosos: La llegada a Egipto del pueblo judío y su Éxodo después; la llegada de los fenicios y los cartagineses hasta Hispania; los flujos de los Celtas, los pueblos germánicos y eslavos en el Viejo Continente, etc.

La emigración, como concepto, se corresponde con un fenómeno típicamente europeo hasta entrado el siglo XX. Designa las avalanchas de personas del Viejo Continente hacia los países nuevos. Pero en la segunda mitad del siglo XX se constató una inversión de la tendencia. La falta de hombres provocada por las dos grandes guerras y la necesidad de mano de obra a causa del desarrollo industrial provocan flujos de trabajadores hacia los países centroeuropeos.

Hoy de nuevo la Vieja Europa por razones económicas y demográficas necesita de la inmigración para poder mantener su crecimiento y competitividad. Y lo que es verdad para Europa lo es, aún más, para España por su tasa de natalidad y las perspectivas de envejecimiento de la población. Los expertos hablan ya de que, en el futuro, ante el declive de Occidente las migraciones se dirigirán, sobre todo, hacia Asia.

3. ¿Defiende la Iglesia ‘las fronteras abiertas’, los ‘papeles para todos’?

La Iglesia defiende los derechos fundamentales de la persona. También el derecho que los Estados tienen a regular sus fronteras. El bien común necesita regularse de forma que los remedios no sean peor que la enfermedad. Es cierto que, en la situación generada por la llegada irregular de inmigrantes, los derechos de la persona parecen entrar en conflicto con los derechos del ciudadano (el que paga sus impuestos).

En esas circunstancias especiales, la Iglesia aboga por la salvaguarda de los derechos fundamentales de la persona apelando a la búsqueda del bien común. Para ello invita a la superación del egoísmo, que suele ser la tendencia que prima, y apela a la generosidad de los Estados a no buscar exclusivamente la rentabilidad. Recuerda que el inmigrante es una persona cuya dignidad comporta unos derechos y no solo un instrumento al servicio de la economía del propio país.

La Iglesia siempre ha pedido que se articulen medidas subsidiarias que ayuden al migrante a afrontar la situación de precariedad y desventaja en la que le sitúa el desarraigo y la diversidad cultural que comporta la migración. En ese sentido si antes pedía al propio país de origen del migrante que no lo abandonase a su suerte en manos de los traficantes de personas y trabajadores, en el Motu Proprio de Pablo VI  Pastoralis Migratorum Cura, recuerda el deber de la Iglesia local de acogida de implicarse en la acogida e integración de los inmigrantes.

4. Los flujos migratorios son hoy un ‘signo de los tiempos’.

La afirmación anterior aparece en la Exhortación del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes Erga Migrantes Caritas Christi . Quiero ello decir que es un tema de plena actualidad a través del cual Dios quiere decir algo a los creyentes. Por eso hay que prestarle atención y se convierte en un ‘lugar teológico’ muy fecundo.

Es un tema que está en las agendas políticas y cuya gestión es clave para articular la convivencia en las sociedades actuales en vistas al futuro. Hasta aquí, muy en resumen, han aparecido las claves que la Iglesia articula en los tres documentos citados más arriba. Para terminar quiero citar, como fuente de esa actitud,  el versículo del Evangelio de Mateo 25,35 que dice: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui extranjero y me acogiste…”.

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