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Papa Francisco: ¿el pecado? Mejor que la corrupción

Aleteia/Jeffrey Bruno

Mirko Testa - publicado el 27/03/13

El corrupto se cansa de pedir perdón y sólo le queda ser curado

La corrupción es la mala hierba de nuestro tiempo que se nutre de apariencia y de aceptación social, se erige como la medida de la actuación moral, y puede consumir el interior, con conductas de “mundanidad espiritual” cuando no “esclerosis del corazón”, incluso a la misma Iglesia. Y si para el pecado existe el perdón, para la corrupción no. Por esto, la corrupción debe ser curada.

Es la dura crítica que surge de algunas páginas escritas en 2005 por Jorge Mario Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires. Este texto ha sido recuperado en un libro: “Curar la corrupción”, publicado por primera vez en italiano (Editorial misionera italiana).

Pecado y corrupción

En su fresco de fuertes colores, Bergoglio explica que la corrupción está ligada doblemente al pecado, pero que se distingue de él. La corrupción no es “un acto sino un estado, un estado personal y social, en el cual uno se acostumbra a vivir”, a través “de la generación de costumbres que van deteriorando y limitando la capacidad de amar”.

Bergoglio resume así los rasgos más destacados de esta plaga:

1) Inmanencia. La corrupción tiende a generar “una verdadera cultura, con capacidad doctrinal, lenguaje propio, maneras concretas de proceder”, se convierte en una “cultura de la sustracción”, donde la trascendencia se acerca cada vez más a esto, hasta convertirse en inmanencia”. El proceso que lleva del pecado a la corrupción es un proceso de “sustitución de Dios con las propias fuerzas”. La génesis se remonta a un cansancio de la trascendencia: frente al Dios que no se cansa de perdonar, el corrupto se erige como autosuficiente en la expresión de su salvación: se cansa de pedir perdón”.

2) Buenas maneras. Esta autosuficiencia humana que se refiere a “un comportamiento del corazón relacionado con un tesoro que lo seduce, lo tranquiliza y lo engaña, “es una trascendencia frívola”. En la corrupción, de hecho, domina un especie de “descaro modesto”, se crea “un culto de las buenas maneras que cubren las actitudes malas”. El corrupto es un equilibrista de la “exquisitez”, campeón de las buenas maneras. Y si “el pecador, en el reconocimiento de su pecado, de alguna manera admite la falsedad del tesoro al que se ha adherido… el corrupto, sin embargo, ha sometido su vicio a un curso acelerado de buena educación”.

3) Medida moral. “El corrupto, escribe Bergolio, tiene siempre la necesidad de compararse con otros que parecen llevar la misma vida (aún cuando se trate de la coherencia del publicano al confesarse pecador)”. Una característica suya es el “modo en que se justifica”, presentando sus “buenas maneras” como opuestas a situaciones de pecado extremas o fruto de una caricatura y en esto se erige “juez de los demás”, se convierte en “medida del comportamiento moral”.

4) Triunfalismo. “El triunfalismo es el caldo de cultivo ideal para las actitudes corruptas”. Sobre esto se refiere el teólogo Henri de Lubac cuando habla de la veleidad y de la frivolidad que anidan en la “mundanidad espiritual”, “la tentación más pérfida” que tiene como meta moral al hombre y su perfección y no la gloria de Dios. Según Bergoglio, la mundanidad espiritual “no es otra cosa que el triunfo que confía en el triunfalismo de la capacidad humana; el humanismo pagano adaptado al buen sentido cristiano”.

5) Complicidad. “El corrupto no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad”, tiende a conducir a los demás a su medida moral. O se es cómplice o se es enemigo. “La corrupción es proselitista”. “La corrupción se camufla con un comportamiento socialmente aceptable” como “Pilato que hace como si el problema no tuviera nada que ver con él, y por esto se lava las manos, también para defender su zona corrupta de adhesión al poder, a cualquier precio”.

La corrupción del religioso

Bergoglio hace, después, un análisis muy lúcido de los “estados de corrupción cotidiana” que lentamente “hacen encallar la vida religiosa”. Se trata de una especie de parálisis que se produce cuando un alma se adapta a vivir tranquilamente en paz. 

Al principio existe “el temor de que Dios nos embarque en un viaje que no podamos controlar”. Pero haciendo así, explica Bergoglio, “los horizontes se encogen al tamaño de la propia desolación o del propio quietismo. Se teme la ilusión y se prefiere el realismo de lo mínimo a la promesa de lo máximo”. Aquí es donde anida el peligro, porque “en la preferencia de lo mínimo, que parece más realista hay ya un proceso de corrupción: se llega a la mediocridad y a la tibieza (dos formas de corrupción espiritual)”, una pendiente que conduce al “desánimo del alma” en una “lenta pero definitiva esclerosis del corazón”.

Por tanto el alma se coge a todos los productos que “el supermercado del consumismo religioso” le ofrece, y por tanto, tenderá a interpretar la “vida consagrada como una realización inmanente de su personalidad”, o bien seguirá “la satisfacción profesional” complaciéndose en el afecto de los demás, o se dedicará a una intensa vida social. De aquí viene la invitación del entonces arzobispo de Buenos Aires: “nuestra indigencia debe esforzarse un poco para abrir un espacio a la trascendencia”, porque “el Señor no se cansa nunca de llamarnos: ‘no tengáis miedo…’ ¿No temer a qué..? No temer la esperanza… y la esperanza no defrauda”.

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