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Las preferentes y el timo de la estampita

© Cristina QUICLER / AFP

César Nebot - publicado el 26/03/13

O cómo se engañó al pequeño ahorrador

Cuentan que una vez, don José se encontró en la calle a un disminuido psíquico que lucía unos jugosos billetes anunciándolos como estampitas. Un tercero les abordó recomendando y orientando a don José para lo que podía ser un buen intercambio. El señor confiado y viendo una posibilidad jugosa de ganancia decidió comprarle un sobre cuantioso a precio ventajoso. Una vez en su casa, descubrió que todo había sido un timo, los billetes eran simples papeles.

Pero la historia no quedó aquí. Cuando don José acudió a comisaría para denunciar a los timadores, el agente, de forma incomprensible, le explicó que a pesar de conocer a esos pillos no les iba a pasar nada; antes bien, el agente se explayó en calificativos acerca de la actitud cándida y codiciosa de don José y, en remarcar, que debía asumir las pérdidas de esa operación. Don José, cabizbajo y con una sensación de impotencia fue a su casa con la sospecha de que posiblemente el agente de policía estaba en connivencia con esos timadores. 

La primera parte del relato es el conocido timo de la estampita que Tony LeBlanc se encargó de grabar en la memoria cinematográfica de este país allá por el 1959 en la película “Los tramposos”. Hasta aquí, nada nuevo. Pero si le añadimos la segunda parte de la narración, la actuación negligente del que debe vigilar, hablamos de una nueva versión. Hablamos del timo de las preferentes.

Si analizamos los datos, veremos que la colocación de participaciones preferentes no es una novedad. Desde el 2001 hasta el 2012, se han registrado un total de 109 emisiones de participaciones preferentes por un importe total de 29.656 millones de euros (Datos de la Comisión Nacional del Mercado de Valores).

Del 2001 hasta el 2006, las Cajas de Ahorro habían actuado como un actor necesario bajo el grito de Groucho Marx de “Más madera” para alimentar un mercado inmobiliario español con unas tasas de crecimiento desmesuradas. El problema es que las Cajas, si querían participar de este tren de jugosas rentabilidades, necesitaban capitalizarse y no podían hacerlo como los Bancos, con una ampliación de capital mediante acciones. Así nacieron las participaciones preferentes como productos híbridos entre acciones y renta fija; sin vencimiento, de carácter perpetuo puesto que el partícipe pasa a ser copropietario de la Caja; que participan del riesgo de la entidad, pagando cupón ( intereses) sólo si entidad obtiene beneficios y con un subyacente que cotiza en el mercado. Si la Caja se hunde también lo hace el subyacente de la participación cosa que un depósito de renta fija no.

Cuando la burbuja estalló y la locomotora se paró, la visión cortoplacista económica en connivencia con la casta política, que controlaba los Consejos de Administración de las Cajas, siguió pidiendo más madera pero, en este caso, para cubrir la falta de solvencia de una actuación sobredimensionada que había dejado unos balances con activos poco líquidos que se devaluaban día tras día. La emisión de participaciones preferentes en el año 2009 fue de 11.660 millones de euros, un 40% del importe total de todas las participaciones preferentes emitidas. ¡En plena crisis!

Alguien podría preguntarse porqué si las Cajas precisaban capital no acudían al mercado interbancario. La respuesta es simple, por lo mismo que Tony LeBlanc no podía vender las estampitas del timo en el Banco de España. En plena burbuja, es difícil que el mercado te preste a un tipo de interés real negativo. Sí, negativo. Donde el prestatario recibe poder adquisitivo por pedir prestado. Esto sucedía cuando el Euribor era inferior a la inflación española hinchada por la especulación inmobiliaria. Nadie en su sano juicio prestaría dinero y pagaría por ello en lugar de cobrar, el mercado tampoco.

Cuando estalló la burbuja y la inflación pasó a ser negativa, el problema era ya el riesgo. Era complicado convencer a los participantes del mercado interbancario que prestaran fondos para cubrir falta de solvencia cuando el valor de los activos se estaban desmoronando.

Así que, tanto en un caso como en el otro, el pequeño ahorrador que acudía a las Cajas donde depositaba no sólo el dinero sino también la confianza, se convirtió en objetivo. Era de fácil acceso a través de su red comercial, si se le ofrecía alta rentabilidad aceptaría y confiaba en el criterio inversor del director de sucursal de turno de igual manera que confían en el criterio de su mecánico de toda la vida. ¿Desconocimiento del riesgo, falta de cultura financiera, candidez del ahorrador, codicia?…hemos de recordar que por aquel entonces se había vivido un panorama de “pelotazos” con altas rentabilidades. El pequeño ahorrador podía pensar que era plausible una rentabilidad de un 8% cuando el vecino, cuñado del concejal de turno, había duplicado su capital en sólo un año.

Hoy, con una visión casi completa de cómo se ha desarrollado la colocación de participaciones preferentes y su resultado económico y social, no es identificar a las sucursales de las entidades como Tony Leblanc, de gancho. A las propias entidades como a Antonio Ozores, en un papel de recomendación y de traje largo de experto y digno. A los pequeños ahorradores como el paleto del pueblo al que le toman el pelo.

Para culminar la tragicomedia, el 22 de marzo pasado, el Consejo de Ministro aprobó un Real Decreto (otro más) en el que se intenta dar una “solución” cobrando una derrama al sistema bancario sobre los depósitos (sí, todo el sistema actual, los que siempre fueron bancos también) y dando una horquilla de pérdidas para las preferentes entre el 40% y el 60% tras el anuncio de que se valorará si en la colocación medió la mala fe. Ante reacciones de este tipo, a uno se le hace difícil no identificar al árbitro en esta contienda con el agente de la segunda parte de nuestro relato que, tras poner en duda el engaño, le anuncia que debe perder dinero en todo este timo de las preferentes. 

Lamentablemente, aunque haya pasado más de medio siglo y estemos en la Unión Europea, todavía nos queda ese tufo rancio de postguerra en el que el pícaro sigue saliéndose con la suya tal como caracterizó el gran Tony LeBlanc, que en paz descanse.

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