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Mortificación: ¿una práctica medieval hoy superada?

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Philippe Lissac-GODONG

Alexandre Ribeiro - publicado el 25/02/13

¿Mortificarse? ¿En el siglo XXI?

1. La mortificación es una dimensión de la ascesis. El término ascesis procede de la cultura griega y significa ejercicio realizado con esfuerzo y método. Para los griegos, la ascesis indicaba cualquier ejercicio físico, intelectual, moral y religioso, realizado con método y disciplina, cuyo objetivo es el progreso constante. Sin embargo, en el ámbito cristiano, la ascesis, especialmente en la Edad Media, estuvo marcada por aspectos negativos.

Para los griegos, eran dimensiones de la ascesis, por ejemplo, el soldado que se ejercitaba en el uso de las armas, el filósofo en la meditación, el sabio en el ejercicio de las virtudes, y el religioso en la contemplación de Dios.

La ascesis no era un término de connotaciones negativas. Al contrario, se comprendía como algo necesario para el desarrollo humano, pues estimulaba y consolidaba la disciplina imprescindible a la conquista de un objetivo.

Una versión actual sería cultivar las virtudes para ser feliz:

Pero en su asimilación por la cultura cristiana, sufriendo influencias de corrientes de pensamiento pesimistas y dualistas – dicotomía alma-cuerpo –, la ascesis quedó marcada preferencialmente por la dimensión abnegativa.

Para varias generaciones de cristianos, la mortificación fue interpretada como muerte literal al cuerpo, considerado como fuente de los pecados.

El cuerpo era visto como la sede de las pasiones, la parte inferior del hombre, en continua oposición a la parte superior, el alma.

La Edad Media fue el período de las más duras ascesis corporales. A pesar de la influencia de san Agustín (354-430) –siendo la ascesis definida como esfuerzo para crecer en la capacidad de amar– y de san Benito (480-547) –énfasis en la humildad–, la espiritualidad occidental, en ese período, en gran parte acabó adhiriéndose a la práctica de los sacrificios físicos.

Formas de penitencia corporal como la “disciplina” (autoflagelación voluntaria) fueron perfeccionadas. A finales de la Edad Media, la “disciplina” cotidiana fue llevada al fanatismo por los “flagelantes”, causando descrédito a la ascesis cristiana.

Los “flagelantes” eran los miembros de movimientos y cofradías medievales que practicaban la penitencia con flagelaciones públicas.

Ese movimiento tuvo su culmen en la segunda mitad del siglo XIII. Estos grupos de personas recorrían ciudades y campos flagelándose a sí mismos o unos a otros mientras rezaban.




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Hoy tales prácticas son rechazadas, pues son fruto de una mentalidad religiosa que ya no es aceptada, debido a su gran pesimismo antropológico.

Pero esto no significa que la mortificación, en su verdadero sentido, sea algo superado e innecesario para el desarrollo de la vida cristiana.

2. El bautismo, sacramento por el cual los cristianos son regenerados como hijos de Dios, es la verdadera fuente de la mortificación cristiana. Así, mortificar no significa dar muerte al cuerpo, sino al pecado. Es tener una vida disciplinada para no desperdiciar la gracia de Dios.

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Dmitry Kalinovsky | Shutterstock

El término “mortificación” tiene su origen en el texto bíblico de la Carta a los Colosenses, capítulo 3, versículo 5. Al inicio de este pasaje, el autor conjuga el verbo “mortificar”, que significa literalmente “mortificarse”, es decir, “dar muerte”, “hacer morir”.

Este verbo está inserto en el contexto integral del pasaje bíblico, que retoma el tema de la muerte del “hombre viejo”, tratado por san Pablo en el capítulo 6 (versículos 1 al 11), de la Carta a los Romanos.

De este modo, el verbo “mortificar” asume el significado de muerte a una existencia pecaminosa. Por tanto, el término mortificación significa muerte al pecado, al “hombre viejo”.

San Pablo, en el referido pasaje de la Carta a los Romanos, afirma que, por el bautismo, el cristiano permanece unido a la muerte de Jesucristo y participa, de este modo, de la vida del “hombre nuevo”.

Estar unido a la muerte de Cristo tiene como objetivo seguirlo en la vida nueva inaugurada por la resurrección.


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Esta comunión con la muerte de Cristo, además, lleva consigo un determinado comportamiento ético, que se resume en la lucha contra el pecado y en la apertura a la voluntad de Dios.

En el bautismo, el cristiano ya está muerto para el pecado y renacido para Dios, en Cristo Jesús. Y dado que ya está muerto, debe continuar muriendo cada día al pecado, en cada situación de su vida cotidiana.

¿Cómo alguien que ya está muerto puede continuar muriendo? Sucede que la resurrección es aún futura para el cristiano. En la situación actual, da los primeros pasos en el camino a una vida nueva, en dirección a la plenitud, que es propia de la resurrección.

Sin la muerte del “hombre viejo” no es posible vivir la nueva existencia, propia del “hombre nuevo”, pues la muerte al pecado es el único camino para conseguir lo que realmente interesa: la vida nueva de la resurrección.


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Para los cristianos, la mortificación sigue siendo no solamente actual, sino necesaria. Ser cristiano es revestirse del “hombre nuevo”, y para que éste viva, el “hombre viejo” tiene que morir en nosotros.

La muerte del “hombre viejo”, ya realizada y celebrada en el bautismo, necesita ser efectiva históricamente. Aunque en el bautismo nos sea concedida la simiente de la nueva vida, ésta necesita ser actualizada y concretada en las actitudes y acciones del día a día.

3. La mortificación sigue existiendo y disfrutando de amplio espacio en la vida de las personas. Evidentemente, no es usa este término, sino el de vida disciplinada, que constituye el núcleo de la práctica de la mortificación. Una vida regulada por dietas, ejercicios físicos e incluso ayunos, es un tema relevante para la cultura contemporánea.

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Jude Infantini/Unsplash | CC0

Personas de todas las edades se entrenan, caminan o corren diariamente y, cuando pueden, se someten a privaciones alimentarias de ciertas dietas y procesos de purificación en “spas”, para recuperar o conservar la salud.

Igualmente, los atletas se someten a exigentes programas de entrenamiento físico para ser competitivos. Todo esto con el objetivo de vencer, o de conseguir bienestar personal y calidad de vida.

Tener disciplina en la vida es un dato fundamental de la existencia humana. Para lograr objetivos, independientemente de cuál sea su motivación, es indispensable el esfuerzo personal.

La mortificación, en sentido amplio, es eso: lucha a muerte contra todo aquello que impide la obtención de un ideal, que obstaculiza la consecución de una meta.

Por esta razón, la mortificación– entendida como valor positivo de la disciplina personal para educar la voluntad– es parte integrante de la educación humana.




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Si en el pasado, con la intención de privilegiar el alma, el cuerpo fue víctima de prácticas exageradas de mortificación, hoy es el alma la gran olvidada.

Pero el alma y el cuerpo son las dos dimensiones constitutivas de la persona humana y, como tal, deben ser igualmente valoradas.

En la vida diaria concreta, matar al “hombre viejo” implica renunciar a todo lo que contradice al evangelio. Significa luchar para vivir según los mismos valores que guiaban la vida de Jesús, en la relación con uno mismo, con la comunidad, con la naturaleza y con Dios.

Esto exige que el cristiano sea determinado y disciplinado, pues lucha contra: sus propias fragilidades, el individualismo, la voluntad de poder, el consumismo, el hedonismo, la religión de la comodidad y de la huida del compromiso con el excluido, la cosificación de las personas y de las relaciones humanas, la imagen distorsionada de Dios. En fin, contra todo aquello que es típico de una existencia humana pecaminosa.


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La mortificación no es más que una existencia en continua conversión. Es la disciplina necesaria para no desperdiciar la gracia bautismal. En este sentido, no es algo pasajero, fruto de una época, sino un imperativo de la vida cristiana en todos los tiempos.

La mortificación capacita al cristiano para discernir, a través de un espíritu crítico y de una vida sobria, las diversas y sutiles formas de tentación que, si no se identifican y neutralizan, acaban conduciendo a alguna forma de esclavitud.

El mismo término “mortificación” es muy sugerente, pues se parece como la lucha a muerte que diariamente debemos entablar con el “hombre viejo” que aún nos habita. Lucha que debe perdurar durante toda la existencia.




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Pregunta respondida a partir de pasajes de la tesis de doctorado del padre José Roberto Palau, vicario general de la diócesis de São José dos Campos (São Paulo, Brasil). La tesis, titulada “La Fuerza Salvífica de la Mortificación – Propuesta de una nueva reflexión teológico-pastoral acerca de la mortificación cristiana”, fue defendida en la Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro, en 2007. Link: http://www2.dbd.pucrio.br/pergamum/biblioteca/php/mostrateses.php?open=1&arqtese=0310394_07_Indice.html

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