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La Iglesia en Iraq. Historia y desafíos

© SABAH ARAR / AFP
Fieles entrando a la iglesia del barrio de Karrada (Bagdad) para la misa de Navidad, 25 diciembre 2012
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Testimonio del padre Albert Hisham, sacerdote de la diócesis caldea de Bagdad

En verano del 2009, salí de Iraq por primera vez para continuar los estudios superiores en una de las universidades pontificias de Roma. Durante los primeros días, como es natural, los profesores quieren conocer a los estudiantes nuevos que vienen de todas las partes del mundo. Te hacen siempre la misma pregunta: “¿De qué país eres? ¿De dónde vienes?”. Yo siempre contestaba orgulloso: “Soy iraquí, de Bagdad”. Siempre me llamaba la atención los gestos de sorpresa que veía en los rostros de los demás porque era un “iraquí cristiano” y además ¡sacerdote!, cómo me dijo una persona: “¿Eres iraquí? Pero…¿hay cristianos en Irak?” y otro: “¿quedan cristianos en Irak?”.

Parece que muchos ignoran la verdad de la presencia de los cristianos en Mesopotamia desde el siglo primero, y la presencia de la iglesia más antigua de Oriente Medio “La Iglesia de Cokhi”, al sur de Bagdad, y el descubrimiento de muchos monumentos cristianos y tumbas en Najaf, ciudad que se remonta a los primeros siglos. Ignoran además, que hasta hoy, hay cristianos en Bagdad, Mosul y Bassora, no obstante la herida de la inmigración, que está sangrando el corazón de Irak; cristianos que buscan vivir su fe profundamente enraizada en esta tierra, como dan testimonio, también, sus hermanos musulmanes.

El Cristianismo entró en Mesopotamia durante el primer siglo con San Lucas que anunció la buena nueva mientras iba a la India, y dejó tras él a dos discípulos que continuaron este camino como nos cuenta la historia. En el siglo cuarto, cuando la iglesia ya estaba organizada, sufrió una persecución seria que duró 40 años. Los cristianos –que estaban bajo el régimen del imperio persa- fueron acusados de ser fieles al imperio romano de occidente, porque no se entendía su rechazo a adorar reyes y a príncipes…

Esta persecución costó la vida a miles de mártires, entre los que está el patriarca Shimon Borsobai que fue llevado a la muerte y también un gran número de obispos, sacerdotes, que fueron asesinados un Viernes Santo.

Con la llegada del Islam, los cristianos han dado testimonio de convivencia pacífica y de respeto de las diferencias, han contribuido ampliamente al desarrollo del movimiento científico y cultural, en particular en el periodo del califato abasí, cuando Bagdad se convirtió en la capital del país. Los cristianos constituían, por tanto, una presencia notable en la historia de la interacción cultural en el mundo entonces conocido, y todas las fuentes históricas, antiguas y modernas reconocen su papel.

La historia de nuestra iglesia, de generación en generación y hasta hoy, está manchada con la sangre de nuestros mártires. Sangre de la que estamos orgullosos porque ha desafiado la muerte y las persecuciones para traernos la fe. Y como, en los primeros siglos la fe atravesó el mundo para llegar a China, tenemos la esperanza de que esta fe llegue hoy a los corazones sedientos de Cristo, especialmente en este año de la fe proclamado por la Iglesia, en la persona de Benedicto XVI.

No obstante las dificultades y los desafíos internos y externos que han golpeado su historia, la iglesia de Mesopotamia continuó ofreciendo testimonios y mártires a Cristo, y ha preservado las cualidades que la caracterizaron desde sus orígenes: su catolicidad, porque nunca ha sido una iglesia nacionalista, sino que ha acogido, desde el principio, a pueblos distintos que van desde Mesopotamia hasta China; ha preservado su lengua aramea, la lengua de Cristo y que aún la habla; su pueblo ha amado a su iglesia y ha permanecido a pesar de las persecuciones del terrorismo de los últimos años: bombardeando las iglesias; amenazando, secuestrando y asesinando a sacerdotes, obispos y fieles; obligando a los cristianos a dejar sus casas; quitándoles su identidad nacional de forma que han comenzando a sentirse ciudadanos de segundo grado en sus países de origen.
 
Estas persecuciones y otros acontecimientos han obligado a más de la mitad de los cristianos de Irak a dejar el país en busca de un futuro y seguridad, en busca de quien dé valor a sus existencias, identidades e historia. No hay una parroquia actualmente que no haya perdido más de la mitad de sus fieles. La parroquia que una vez contaba con 3000 familias, hoy cuenta con apenas 300, que están pensando, también ellas, dejar el país lo más pronto posible. Los cristianos hoy no emigran por miedo de las bombas o de las minas que a veces colocaban a las puertas de sus casas, sino que huyen porque tienen la necesidad de que alguien les devuelva sus identidades en esta tierra.

(Artículo publicado en la edición árabe de Aleteia, traducido de la versión italiana por Carmen Álvarez)
 

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